187 1003705 americas dxm¿Hasta cuando el planeta Tierra podrá aguantar el creciente volumen de residuos de la actividad humana genera? ¿Con los modelos lineales de la economía de consumo que imperan hoy podremos disminuir, antes que sea demasiado tarde, el efecto medioambiental que acarrean nuestros propios desechos?

La primera de esas interrogantes carece de una respuesta exacta, pero teniendo en cuenta la celeridad con la que avanza el cambio climático -deshielo en los polos, aumento del número de huracanes y su potencia, lluvia intensas y prologadas sequías, por solo citar algunas- es evidente que si no ponemos manos rápidas sobre el asunto, el desenlace final puede estar más cerca que lejos.

En el caso de la segunda pregunta, definitivamente la contesta es un NO rotundo, porque con el modelo económico lineal que se basa en la extracción y transformación de materias primas y su utilización para originar bienes y productos, la posterior comercialización y consumo, y finalmente el desecho de los mismos, ahorita habrá tantos residuos que tendremos que convivir con ellos prácticamente a la puerta de la casa.

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Y esto último no es una metáfora, pues se estima que para el 2025 en el planeta se generaran cerca de 7 millones de toneladas de basura, y se espera que de seguir la cosa como va, para el 2070 la situación va a ser tan grave que entonces tendrán que llegar forzosos cambios radicales -y aquí regresa la incertidumbre de si los cronómetros de la golpeada “madre natura” aguantarán hasta dicha fecha.

A todo lo anterior se suma el agotamiento paulatino de los recursos naturales que la especie humana utiliza como materias primas, sobre todo debido al crecimiento desmedido del consumo y por tanto de la producción y comercio a nivel internacional.

¿Cómo evitar entonces que el propio apetito del hombre regrese como bumerán a cortarle la cabeza? ¿Existe una forma de aligerar el deterioro?

Estas preguntas formaron parte del sentir que provocó la celebración de la Cumbre de Río de Janeiro sobre Desarrollo Sostenible, del 3 al 14 de junio de 1992, reunión que marcó el despertar en muchos gobiernos y pueblos de la necesidad de cambiar los métodos y principios que regían hasta entonces en los planes de desarrollo económico y social.

De hecho, entre los 27 principios que se aprobó por la mayoría de los países en la Declaración de Río, queda bien claro que el derecho al desarrollo debe responder equitativamente a las necesidades de progreso y ambientales de las generaciones presentes y futuras.

cuales son los recursos naturales

También, que en la búsqueda del desarrollo sostenible la protección del medio ambiente resulta vital, con el propio ser humano como centro de las preocupaciones y teniendo en cuenta que la erradicación de la pobreza es tarea esencial y que los Estados tiene responsabilidades comunes pero diferenciadas, porque todos no ejercen igual presión sobre los recursos naturales, ni tienen el mismo poder financiero y económico –y de irse el planeta a pique se lleva consigo a los “bolsillos llenos” y los “sin bolsillos”.

Dicho así, era inevitable que se planteará la obligación de reducir y eliminar las modalidades de producción y consumo insostenibles, todo a partir de legislaciones nacionales que moldearán el tema para cada nación y logrando la implicación y sensibilidad de la población mediante la educación y la comunicación.

Claro, después de 1992 los ritmos de desgarre de los recursos naturales, producción, comercialización y consumo siguieron aumentando, así como las desigualdades entre naciones bajo el lema de “los ricos cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres”.

En 2017, por solo citar un ejemplo publicado en el diario digital cubano Granma, el 82 por ciento de la riqueza mundial fue para el uno por ciento más rico de la población mundial, ahondando la brecha entre pudientes y no pudientes, estos últimos registrados a inicios de 2018 en una cifra de 3 700 millones de personas.

No obstante, lo cierto es que después de 1992 el tema medioambiental entró en la agenda política internacional, y han sido varios los foros sobre el mismo, entre ellas la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, que concluyó 12 de diciembre de 2015 con el Acuerdo de París, y que cuenta con el respaldo de la mayoría de los países, a excepción de unos pocos como Siria y Estados Unidos –este último firmó y luego se retiró tras la llegada a la presidencia de Donald Trump.

Economía circular, una de las posibles soluciones

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En 1987 apareció por primera vez el término desarrollo sostenible en el Informe Brundtland, presentado por la Comisión para el medio ambiente y el desarrollo de la Organización de Naciones Unidas, encabezado entonces por la doctora. noruega Gro Harlem Brundtland.

Después surgió el concepto de ecoeficiencia, aporte del filántropo y empresario suizo Setphan Schmidheiney que señalaba la imposibilidad de que un negocio pudiera ser competitivo si dejaba de lado al medio ambiente.

Estas definiciones sirvieron de base para la irrupción de la economía circular en 1989 en un libro de los británicos David W. Pearce y R. Kerry Truner titulado Economía circular, estrategia y competitividad empresarial.

Cuando entre 2008 y 2009 el mundo se vio envuelto por una profunda crisis financiera y económica, que tuvo parto en Estados Unidos y se extendió a todos los continentes, varios gobiernos, con mayor fuerza de la Unión europea, asumieran en serio la economía circular (EC) como una alternativa que permitiera un camino de desarrollo sostenible, ecoeficiente y más seguro, al menos para garantizarle futuro a la vida terrestre.

Una de las conceptualizaciones más aceptadas para su implementación es la esgrimida por la Fundación Ellen MacArthur -surgida en Gran Bretaña en 2010- que la define como: “una economía restauradora que tiene como objetivo mantener la utilidad de los productos, componentes y materiales, y conservar su valor.

“Por lo tanto, minimiza la necesidad de nuevos insumos de materiales y energía, a la vez que reduce las presiones ambientales relacionadas con la extracción de recursos, las emisiones y los desechos.

“Una economía circular proporciona así oportunidades para crear bienestar, crecimiento y empleo, a la vez que reduce las presiones ambientales. El concepto puede, en principio, aplicarse a todo tipo de recursos naturales, incluidos materiales bióticos y abióticos, agua y tierra”.

Llegaba la era de que el viejo modelo lineal de producir, usar y tirar comenzara a ser sustituido por el de reducir, reusar y reciclar, que todavía no se encuentra tan extendido como urge para el mejor desarrollo de naciones, empresas, organismos y de los diferentes componentes de las sociedades.

ECONOMIA CIRCULAR DOS

Entre los presupuestos principales de la EC, de acuerdo a la página web Sostenibilidad.com, se encuentran: convertir el residuo en recurso; lograr que todo el material biodegradable retorne a la naturaleza y el resto se reutilice; reusar ciertos residuos o partes de los mismos que todavía pueden funcionar para la elaboración de nuevos productos; encontrar una segunda vida a los productos estropeados y aprovechar energéticamente los residuos que no se pueden reciclar.

Además, la EC considera los impactos medioambientales a lo largo del ciclo de vida de un producto y los integra desde su concepción, así como establece una organización industrial con base en la gestión optimizada de los flujos de materiales, energía y servicios.

Importante ha resultado la creación de centros que desde diversas partes del mundo se dedican a investigar y proponer a sus respectivos gobiernos las formas de lograr desde las leyes, la organización, la educación y la comunicación, el cambio a la EC.

En algunos de los territorios integrantes de la Unión Europea no es inusual encontrar campañas dirigidas a impulsar el consumo sostenible en las personas -que incluye explotar más los alimentos locales-, a que estas lean las etiquetas de lo que compran para saber su composición y origen para luego saber la forma de reciclarlo, introducir el uso compartido del transporte y el hábito de reparar los aparatos electrónicos en caso de rotura, entre otros.

La experiencia francesa

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Francia, la sede de la negociación y firma del Acuerdo de París, es uno de esos ejemplos de esfuerzos estatales serios para mudarse de la economía lineal a la circular.

En 2015 la Asamblea Nacional de Francia aprobó la Ley de transición enérgica, que aunque era dedicada a dar respuesta al sistema de dependencia energética actual, en su título IV expone el objetivo de luchar contra el despilfarro y promover la economía circular, con una definición clara que luego fue introducida también en el Código de Medio Ambiente, dándole mayor alcance.

Esa nación europea cuenta con el Instituto Nacional de Economía Circular, liderado por el político ecologista y diputado francés François-Michel Lambert -curiosamente nacido en Cuba aunque de padres franceses y presidente del Grupo de Solidaridad Francia-Cuba de la Asamblea Nacional de la tierra de la Torre Eiffel-, que en interrelación con universidades y prestigiosos estudiosos realiza investigaciones que sirven de guía para la renovación y consolidación de los modelos económicos.

Entre los campos de influencia de dicho Instituto destacan la ruta de la EC, las leyes de Consumo, Energía, Desarrollo y Competencia de Regiones, la organización y funcionamiento de la región metropolitana del Gran París, y la realización de planes territoriales y de conferencias medioambientales.

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Sobre la ruta de la EC, este año Francia lanzó un paquete de 50 medidas para una economía 100 por ciento circular, que va dedicado a producir y consumir mejor, a gestionar con mayor efectividad los residuos y a movilizar a todos los agentes, y cuyas metas deben empezar a causar efectos visibles de 2020 en adelante.

La idea del cambio se puede notar en cada esquina de París donde se ven los cestos de basura diferenciados por tipo de material a acoger, o al recorrer los centros de procesamiento de residuos sólidos de la Isla de Francia o escuchar la intensión de ampliar considerablemente, en plazos no tan largos, el número de vehículos eléctricos y la red de transporte público y potenciar el mayor consumo de energías renovables.

Claro, todo esto no se encuentra libre de problemas, uno de ellos, en palabras de François-Michel Lambert en un encuentro parlamentario francés, el hecho de que “el 85 por ciento de los franceses no saben a qué se refiere el término de economía circular, razón por la cual aún es necesario trabajar con la sociedad para que se apropien los valores que ella promueve, especialmente porque la economía circular se basa en el principio de participación, y el trabajo conjunto y comportamiento de la sociedad representan un factor importante para el éxito de sus puesta en marcha”.

Otro, a juicio de este redactor, es que aunque Francia logre implantar este cambio en la forma de asumir su economía capitalista, y así servir de punta de lanza para otros países de Europa que también trabajan con ese objetivo, lo cierto es que se debe buscar la forma de qué el resto de las naciones -incluyendo las de economía planificada y medios fundamentales de producción en manos del pueblo- puedan asumir este reto, sobre todo esa gran mayoría que se encuentra en vías de desarrollo y que por muchísima buenas intensiones que tengan, se encuentran bien lejos financieramente de poder dar un salto a corto plazo -porque muchos de los cambios que pone en marcha la EC para arrancar demandan dinero y recursos-, al menos en el que necesita el planeta para no morir, pese a que no sepamos con exactitud cuándo pudiera arribar la “pelona”.

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