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protesta baragua archivo

Arsenio Martínez Campos, representante de la Corona en Cuba en 1876, partió desde Miranda acompañado por brigadieres y escoltas, rumbo a una trascendental entrevista que pretendía definir la situación política y militar de la Isla.

Antes del alba cabalgaba también Antonio Maceo, acompañado por los generales Manuel Calvar, Quintín Banderas, Limbano Sánchez, Flor Crombet, Félix y Fernando Figueredo, Guillermo Moncada y Pedro Martínez Freire, jefes de las regiones de Guantánamo y Baracoa, respectivamente.

Era viernes 15 de marzo de 1878, y el encuentro estaba pactado para Mangos de Baraguá.

El Zanjón

Un documento corroído por el derrotismo y la traición en las filas mambisas se había aprobado el 10 de febrero de 1878 en Camagüey, para poner fin a la guerra y asegurar la dominación española sobre Cuba.

Falta de unidad en las filas insurrectas, indisciplina, ausencia de fidelidad a los principios y proyectos con que había iniciado la revolución; caudillismo y regionalismo, sumados al cansancio acumulado en una década de duro batallar, condujeron a jefes e insurrectos cubanos reunidos en el Comité del Centro, a aceptar un acuerdo de paz sin independencia ni abolición de la esclavitud… sentenciaban a muerte la República en Armas.

Mientras tenían lugar las claudicantes conversaciones, tropas comandadas por Antonio Maceo obtenían brillantes triunfos en las montañas de Santiago de Cuba, demostrando a fuerza de combate la gloria ganada en acciones anteriores como la Campaña de Baracoa, en 1876, donde protagonizó acciones en Sabanilla, Duaba, El Purial, Los Indios, La Caoba, Hato del Medio y Sabana del Cayo.

El Titán de Bronce, como le llamaban, emergía como líder de un puñado de hombres dignos que, contrario a las previsiones de cesacionistas y traidores, no asumieron el Pacto de Zanjón como salida, y protagonizaron un encuentro en el que defendieron los más sagrados derechos del pueblo cubano a la libertad.

Desencuentro

Cuentan que a las seis de la mañana ya se encontraban en Mangos de Baraguá el General Antonio y sus compañeros. Tiempo después llegó Martínez Campos y la comitiva de cubanos que les sirvió de guía.

Hechas las cortesías y presentaciones, el Jefe Español intentó convencer a los cubanos de que aceptasen la paz, previos halagos al jefe mambí por su tenacidad y valor.

Había llegado -dijo el ibérico- el momento de trabajar juntos para la reconstrucción del país.

Irreductible, Maceo lo interrumpió: "No estamos de acuerdo con lo pactado en el Zanjón; no creemos que las condiciones allí estipuladas justifiquen la rendición después del rudo batallar por una idea durante diez años, y deseo evitarle la molestia de que continúe sus explicaciones porque aquí no se aceptan".

¿Qué querían entonces los cubanos?, fue la interrogante del peninsular, que previó sería fácil convencer a los insurgentes, como había sucedido con los integrantes del Consejo del Centro, integrado por los jefes cubanos de Camagüey y las Villas que firmaron el acuerdo de deposición de las armas.

Félix Figueredo dio la respuesta: independencia y abolición de la esclavitud.

Como era de esperar, Martínez Campos respondió con una negativa, que replicó el mayor general Calvar, dejando claro que para los cubanos aceptar el Pacto del Zanjón era una deshonra.

El español, alegando que los cubanos presentes no conocían el convenio, insistió en leer su contenido. Lo frustró por tercera vez el General Antonio: “Sí, y porque las conocemos es que no estamos de acuerdo”.

-Es decir, que no nos entendemos, pronunció Martínez Campos.

-No, no nos entendemos, fue la rotunda respuesta de Maceo.

Ocho días después se reanudaría la guerra.

Maceo y sus fuerzas orientales no se resignaban a la paz sin la independencia. Lo anunciaba una criollísima frase del capitán de combate Fulgencio Duarte, mientras se retiraba la comitiva española:

¡Muchachos el 23 se rompe el corojo!

Eterna intransigencia

En Baraguá tomaron cuerpo los ideales de las masas populares más radicales, decididas a continuar luchando al precio de cualquier sacrificio y puso de relieve el principio de no rendirse jamás ni claudicar ante las dificultades.

La obra, el gesto, la postura de Antonio Maceo, sintetizaba la respuesta del pueblo cubano a los claudicantes, respaldado por miles de combatientes salidos del campesinado, de las dotaciones de esclavos, de las ciudades y pueblos que abrazaron la causa de la independencia.

Baraguá es uno de los capítulos más glorioso de nuestras luchas independentistas, mostró la intransigencia y el valor del mambisado, heredado y multiplicado por los hombres y mujeres de esta tierra a lo largo del proceso revolucionario, único y ascendente, que desde el pensamiento de Fidel Castro toma como principio lo aprendido en aquella gesta para respaldar las nuevas batallas que ponen a prueba la capacidad de lucha y resistencia del pueblo cubano en su camino hacia la construcción del socialismo.

Cada batalla ganada por la Cuba que queremos es continuidad histórica de la Protesta, que es, a decir de Martí, “de lo más glorioso de nuestra historia".