primera visita de fidel a gtmo

Ya era leyenda la primera vez que pisó tierra guantanamera. Dicen que venía tal como Naborí lo pintó en una pincelada poética: “Fidelísimo retoño martiano, asombro de América, titán de la hazaña”: “Era Fide”, recordaba Zelma Carvajal Borges. Hace más de una década, el azar me colocó frente a ella, y fue mágico el privilegio. Su relato me arrastró hasta la multitud enardecida que abarrotaba el parque José Martí, de la ciudad de Guantánamo, el 3 de febrero de 1959.

Cuenta que habían pasado las 3 y 20 de una tarde cálida y memorable, cuando, a bordo de un jeep descapotado, el líder de la Revolución victoriosa irrumpió en el centro de la urbe. Zelma, que tenía 9 años, estaba allí acompañando a su madre, Cuchita, quien integraba la Brigada de Primeros Auxilios del Movimiento 26 de Julio. “Cuando el auto llegó, mi mamá recitó una poesía; entonces el Comandante le dijo: ꞌCon mujeres como ustedes, cualquier pueblo se liberaꞌ; ahí mismo cantamos el Himno Nacional”.

 

La pequeña portaba un ramo de gladiolos rosados para obsequiárselo a Celia Sánchez; se abrió paso en el hombro del teniente del Ejército Rebelde José Antonio Borot, y alcanzó el auto del Comandante. “Estas flores son para Celia”, dijo la niña. Entonces alguien de la comitiva le dijo que La flor más autóctona… no había podido venir. Fidel, percatado del gesto, la tomó por el brazo y le dijo: “Vamos conmigo”.

-¿Y tu mamá? -preguntó el Comandante.

 

-Allí -señaló la pequeña, a pocos metros del carro, donde estaba la “poetisa” del recibimiento, quien la observaba perpleja.

 

-Oiga, Comandante, cuídemela bien, ella es lo único que yo tengo -fue lo

único que Cuchita atinó a decir.  

 

Zelma recorrió 10 cuadras junto a Fidel. El periplo, aunque corto, demoró bastante entre el río humano, “en las calles no cabía ni un alma, había gente hasta en los techos, alcancé a ver un hombre encima de un poste del tendido eléctrico -evocó-. Fidel me dijo: “Sujétate de mi cananaꞌ, y acto seguido puso mi mano sobre el objeto, dando por sentado que yo no había entendido la indicación.                                                    

 

“Me decía ꞌsaluda, saluda al puebloꞌ. Pero yo solo miraba sus ojos, el uniforme verde olivo intenso, la barba negra. Estaba hechizada con su imagen y hasta con las gotas de sudor que le adornaban el rostro”.

 

Llegaron a la Escuela de Comercio y Zelma ocupó un lugar en la tribuna, cerca de Fidel. “Terminó el acto y un jeep militar me llevó a casa, donde esperaba mi madre. Quedé prendada del Comandante; aquel día no pude despedirme de él, que jamás se despedirá de nosotros”.

 

Los 60 años transcurridos bastan para confirmar la anunciación de Cintio Vitier: Aquel día “comenzaban otros combates, pero desde entonces el devenir tiene raíz, coherencia, identidad”.

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