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adelinaAdelina: “El ejemplo de Manzanita me acompaña siempre”.

Año 1957. La proximidad del 13 de marzo acrecienta la ansiedad de Adelina. Ese día la marcará para siempre, ella lo sabe con semanas de antelación, aunque no sospecha el verdadero motivo. “Esa tarde me aprestaba a defender la tesis de Doctora en Pedagogía.

“Mi tutor y yo, en compañía de varias compañeras de estudio, precisábamos los últimos detalles de la defensa en un aula del Alma Mater -esboza 62 años después Adelina Llamos Sierra-. De pronto tocan a la puerta, el profe abre, le dicen algo en voz baja, él se dirige a nosotras y nos alerta: 'Muchachas, salgan rápido por detrás y vayan urgente para la casa, están atacando el Palacio'.

 

“Salimos a toda prisa. Yo, mi hermano Narciso, y un grupo muy pequeño de estudiantes de Medicina, vivíamos alquilados en el segundo piso de una casa de huéspedes situada en la esquina que forman las calles M y Jovellar, a una cuadra de la universidad”.

 

Llegaron raudas al aposento. Sobresaltadas, curiosas, y sin reparar en los riesgos, se asomaron al balcón que daba a la calle y ofrecía una perspectiva estupenda.

 

“Ya se escuchaban los tiros -recuerda. De súbito irrumpió un auto por Jovellar; en el asiento contiguo al chofer, con la puerta semiabierta y una pistola en la mano, venía José Antonio Echeverría (Manzanita), de quien hacía meses no teníamos noticia. Atrás iban otros dos jóvenes. Después supimos que venían de Radio Reloj.

 

“Manzanita arengaba a los estudiantes; decía que el tirano estaba acorralado, y repetía: 'Para la universidad a pelear, para la universidad a pelear. Su intención era hacerse fuerte allí, y ofrecer resistencia. Un poco más adelante, en sentido contrario al carro en el que viajaban los jóvenes, casi a la entrada del hospital Calixto García, aparece un patrullero del régimen, y empieza el fuego cruzado entre los revolucionarios y los esbirros. Tres de los muchachos logran saltar el muro hacia la universidad, pero José Antonio no tuvo tiempo, recibió una descarga al salir del auto, y cayó.

jose antio sonrisaEl inolvidable líder estudiantil.

“El vehículo de los uniformados pasó frente a nosotras; tenía perforado un cristal. Dentro atendían a un gendarme, al parecer, herido. En esos momentos en una de las aceras de Jovellar apareció Ángel Luis Torres, otro estudiante guantanamero; '¿es Manzanita?' -le preguntamos. Es él, está muerto, respondió”.

 

No mediaron palabras entre las jóvenes, solo había indignación y dolor; “Manzanita siempre inspiró un cariño especial entre el estudiantado; era muy carismático, afable. Estudiaba arquitectura, pero solía pasar por las demás Facultades, e intercambiar con todos; tenía gran amistad con Elvira Díaz, presidenta de la Facultad de Educación, a la que pertenecía yo, y pude verlo de cerca más de una vez. En la última ocasión le informé el extravío de una de mis notas finales, la cual, de no aparecer, me dejaba sin derecho a discutir la tesis de graduación”, rememora.

 

“Vamos al rectorado” -invitó el líder estudiantil. Exigió la búsqueda y apareció la nota, el problema se resolvió. Así era de diligente con todos; la multitud lo cargó en brazos cuando fue elegido presidente de la Federación Estudiantil Universitaria (FEU).

 

“También era muy temerario, arengaba a los estudiantes antes de salir para las manifestaciones y se ponía al frente junto a su ejecutivo, tras el cual marchaba la multitud. En ocasiones salían con sillas y pupitres al hombro para hacer barricadas e interrumpir el tránsito. Otras veces algunos subían a los ómnibus en un punto, esparcían propaganda impresa y descendían en la siguiente parada. Así eran aquellos jóvenes.

 

“Cuando Manzanita bajaba del Alma Mater arrastraba a quien le pasara cerca, lo hizo el día que cayó el guantanamero Rubén Batista Rubio, en una de las jornadas más tristes de mi vida universitaria -continúa relatando Adelina-. Rubén y yo éramos buenos amigos, hicimos el bachillerato en la misma aula, en Guantánamo. Cuando lo alcanzó la bala enemiga, escuchamos el disparo y detrás el rumor: 'Hay un muerto', decían. En realidad estaba herido, murió dos semanas después. Fue un golpe duro”, recuerda.

muerte jose antonioCayó heroicamente en valeroso enfrentamiento con la policía batistiana frente al recinto universitario.

“Nada de eso detenía a José Antonio, por el contrario, se hacía sentir con más fuerza, los batistianos lo odiaban, pero nosotros odiábamos aún más al dictador y a sus agentes, fuimos testigos de los abusos que cometían”, enfatiza, y evoca la tarde en que fue testigo de otro ensañamiento brutal contra un adolescente que regresaba a su casa. Un auto patrullero se le acercó por detrás; alguien le ordenó que corriera.

 

“No he hecho nada malo”, respondió el muchacho; “que corras te digo”, ripostó el batistiano; “no tengo motivos para correr”, reiteraba el joven. Entonces el policía descendió del vehículo y, con una patada en los testículos, derribó al inocente; en el suelo lo golpeó con la fusta. “Nosotras desde arriba le gritamos 'abusadores, salvajes, malditos, algún día responderán por sus crímenes. Aún no sé cómo no nos dispararon”.

 

Adelina llegó a la universidad sin ideología definida, la adquirió allá, en medio de las circunstancias: “Nadie permanecía inmutable ante una realidad tan dura, las crueldades que vimos nos hicieron tomar conciencia y convertirnos en oponentes naturales de la tiranía. Coincidir con un líder como José Antonio, y percibir la huella de Fidel en aquel recinto, fue definitorio para nosotras; el Alma Mater es símbolo de cultura, pero también de Revolución”.

 

El 13 de marzo de 1957 marcó el final de su estancia en la Universidad de La Habana. Al día siguiente fue clausurada, Adelina emprendió el retorno a Guantánamo; “acordamos que si en el trayecto detenían a alguno del grupo tendrían que llevarnos presos a todos. Hicimos el viaje por tren, nos revisaban en cada estación, los policías estaban de mal humor. Recuerdo a uno de ellos pasando trabajo para abrir una de las maletas: 'Ella está protestando', ironizó mi hermano, el casquito lo miró con ojo de diablo, pero la cosa no pasó de ahí”.

jose antonio fidelJunto a Fidel en la nación azteca, donde firmó la Carta de México, alianza del M-26-7 y la FEU que suscribía la sólida unión para derrocar la tiranía y hacer la revolución cubana.

A quienes la clausura de la universidad les interrumpió la actividad de culminación de estudios, transcurridos los primeros meses de 1959 les fueron otorgados los títulos por los que optaban. Adelina recibió el suyo; desde entonces, se integró a la revolución educacional. Toda una vida entregada a la educación, a los jóvenes.

 

“José Antonio hizo causa común con Fidel para guiar a la juventud, protagonista esencial del derribo del despótico sistema, y la que hoy da continuidad a la obra por la que se entregaron valiosas vidas.

 

“Hemos pagado un precio elevado por negarnos a tener amo, pero vale la pena. Hoy el enemigo apunta precisamente a los jóvenes, intenta inocularle el germen del consumismo y la indiferencia, y no es posible subestimar ese riesgo. Los ejemplos de Martí, José Antonio, Che y Fidel son talismanes de la Isla frente al coloso imperial.