
Mira que ha tenido días duros antes y después, pero Lucía Rebeca Carnegie Squires no puede olvidar lo que le sucedió hace más de 20 años, justo cuando terminaba una guardia de 24 horas como especialista de otorrinolaringología en el hospital pediátrico Pedro A. Pérez, de la ciudad de Guantánamo.
“Llovía a cántaros y el ambiente en el centro asistencial era abrumador, los pasillos, anegados, limitaban el habitual desempeño de los médicos. Llegaba al cuerpo de guardia cuando entraban un pequeño que se ahogaba, su aspecto era muy grave. La madre sollozante lo traía en brazos y se tambaleaba por el peso.
“Una residente de guardia y yo tomamos al pequeño y salimos a toda carrera buscando el camino más corto hacia el quirófano. Extrajimos el hueso que asfixiaba al muchacho, dimos la buena noticia a la madre y continué con otros casos.
“Ese fue un día tan intenso para mí, que siempre lo recuerdo”, revela esta especialista médica guantanamera, con más de cuatro décadas de sobresaliente ejecutoria en su especialidad quirúrgica, la investigación y la docencia, tanto en el país como en el extranjero.
Común en su vida profesional eso de unir un día de trabajo con otro. “Luego de una guardia, aunque terminara exhausta, me era imposible abandonar el hospital sin pasar por la sala a ver a los pequeños pacientes, y hacer las acostumbradas entrevistas a sus acompañantes, porque el médico no solo diagnostica, debe también alentar a los familiares sobre la mejoría del enfermo”.
“¿Ves esa figura de allí?”, señala con satisfacción sobre la mesa de la sala de su hogar la estatuilla de La Fama, Símbolo de la Ciudad, que le fue conferido en diciembre de 2014, como reconocimiento a sus aportes a la localidad.
“Nunca pensé recibirla. Yo siento que mi trabajo es salvar vidas y eso es suficiente, por eso fue algo grande, pues ahí están los años de trabajo y el esfuerzo de una y los de todos los que incidieron en mi formación como persona, estudiante y profesional”.
A Guantánamo ha dedicado su vida, su ánimo y sus palabras cada vez que ha sido necesario defender, frente al fatalismo o la altanería, su pedazo de suelo. “No me gusta que me hablen mal de mi provincia, de mi ciudad, es como si vinieran a hablar mal de mi familia, eso no se le permite a nadie”.
Sabe, no obstante, que la ciudad que la vio nacer en 1945 tiene mucho que mejorar, aunque también entiende que esa responsabilidad es de cada uno de quienes la habitan.
“Yo siento que hice mi parte. He trabajado toda mi vida aquí, y cuando fue necesario sacrificarme, y sobre todo a mi familia, para traer progreso a la especialidad, no lo pensé dos veces”.
Y cuenta. Revela, por ejemplo, en pleno periodo especial, tuvo que dejar a sus hijos con su familia para pasar un curso en otra provincia para traer hasta Guantánamo la cirugía de cuello y cabeza, pues hasta ese momento los pacientes necesitados del proceder tenían que trasladarse a otro territorio.
Y pudiera seguir, pero no lo hace, quizás porque sabe que no es necesario: Las historias de su sacrificio andan caminando por las calles.
Vida profesional
“Nadie imaginó que sería médico, en mi familia nunca los hubo. Quizás el padecer de amigdalitis e introducirme objetos extraños en las fosas nasales, y por ello requerir el auxilio urgente del facultativo para resolver la travesura, me provocó empatía por la profesión”, explica.
Una pasión que se hizo firme luego de décadas de estudio que la llevaron hasta La Habana, donde cursó la carrera de Medicina, pues la especialidad pudo hacerla –solicitud personal mediante- en el propio Guantánamo, a la buena sombra de doctores como Manuel Oriarte y Manuel Velázquez.
En el Hospital Pediátrico vertió sus primeros años, para luego consagrarse en el General Docente Dr. Agostinho Neto, como jefa del servicio, mientras no detuvo la autopreparación ni los postgrados, la superación en todas sus formas, ni sus inclinaciones hacia la docencia, de acuerdo a la responsabilidad de continuar la tradición formativa que la hizo lo que es:
Especialista en Segundo grado de Otorrinolaringología, fundadora de la Facultad de Medicina de Guantánamo, miembro Titular de la Sociedad Cubana de Otorrinolaringología; merecedora de la Distinción Manuel Fajardo, la Medalla por la Alfabetización, el Premio Anual de Salud por la excelencia en el trabajo en 1998, y el Premio Anual de Innovación Tecnológica…
La lista de distinciones es larga. La más reciente es que, a sus 70 años, es uno de los médicos cubanos colaboradores en Etiopía. “Pero la mayor de todas es mejorar la vida de mis pacientes, siempre se los digo a mis estudiantes. El médico tiene que tener conocimientos, pero lo más importante es el amor y el sacrificio. Esa ha sido mi fórmula, si es que existe algo como eso”.