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A pesar de que para Maritza Mendoza Oliva la artesanía comenzó como un pasatiempo infantil hoy siente que esta práctica como el vino, mientras más añeja, mucho mejor se pone.

Bastó solo llegar a su hogar -en Paseo entre Pedro Agustín Pérez y Martí, en la ciudad de Guantánamo- una tarde para descubrir la historia que se entraña más allá de cada creación de esta artesana, cuya labor es conocida en la urbe del Guaso.

Las primeras puntadas

“Todo comenzó cuando tenía como once años, las cosas que veía en la naturaleza, sobre todo los animales, me llamaban la atención. Después que terminaba las labores de la casa me encerraba en el cuarto, y en tela comenzaba a dibujar lo que veía, un gato, un perro… Cocía a mano y no salía hasta terminarlo”.

En su natal Palma Soriano, en Santiago de Cuba, Maritza contaba con familiares que tenían habilidades para la artesanía, pero su temprano traslado a vivir en Guantánamo la condujo a que fuera en esta tierra donde comenzara esa historia contada a través de hilos, telas, colores.

“Frente a la casa vivía una señora que tejía muy bien, yo iba y me sentaba a ver lo que hacía. Un día incluso compré una aguja de tejer e hilo y mirándola a ella me atreví a hacer unos zapaticos y un gorrito. Mi mamá al ver aquello le preguntó a la vecina si me había enseñado, pero ella le aclaró que no fue precisamente así, que yo solo me sentaba tranquilamente a observar”.

Con el paso de los años el oficio, fruto del empirismo, fue cobrando otras dimensiones para esta santiaguera devenida guantanamera.

“Cuando mi mamá compró una máquina de coser comencé a vestir y hacer muñecas de quince, y por la aceptación empezaron a realizarme encargos, además, las cosas que me proponía las hacía”.

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Más allá de la tela

La historia laboral de Maritza, a pesar del gran apego que tiene a lo que realiza desde pequeña, no ha quedado resumida a la artesanía entre las paredes de su casa. No obstante, desligarla del tejido, la creación y la costura resultó siempre imposible en su recorrido por la vida, según reconoce ella misma.

“Yo trabajé un tiempo en la fábrica de tabaco, en la Casa Central –Villa La Lupe- atendiendo a los huéspedes, pero cuando llegaba a mi hogar siempre dedicaba un chance para confeccionar algo. En el 2003 comencé a trabajar en Servicios Técnicos del Fondo de Bienes Culturales, pero no había plaza de artesana y laboré como costurera”.

La diversidad temática de sus creaciones desborda la sala de la casa, conformando un mundo casi fantástico donde se conjugan frutas, flores, brujitas, almohadones... Ella no se atreve a definir con seguridad qué tipo de confección le apasiona más, sencillamente asume seguir los instintos que le sorprenden y dictan las órdenes a sus manos para trabajar.

“Me gusta todo lo que hago, incluso en ocasiones he decorado botellas, copas, es algo difícil de explicar, y si tuviera que referirme a alguna preferencia podría decir que me encanta hacer muñecos, lo disfruto mucho”.

La Maritza del barrio

Los trabajos de Mendoza Oliva no solo han sido concebidos con fines comerciales, con su arte la comunidad también ha sido estimulada y motivada a partir de varias iniciativas que llevan el sello de sus habilidades.

“Cuando vivía en 1 Oeste entre 16 y 17 Norte en una ocasión hablé con el presidente del Comité de Defensa de la Revolución (CDR) para atraer a los cederistas. Venía el Día de los Padres y entre las mujeres acordamos multarnos para comprar pañuelos, yo preparé algunos muñequitos y llaveros. Luego para el Día de los Niños ideamos algo parecido y estimulamos a los más destacados en trabajos voluntarios, después ellos mismos me preguntaban: Maritza ¿cuándo hay trabajo voluntario de nuevo?”

Ella ha recibido reconocimientos a su talento como creadora y por sus iniciativas en el barrio. En 2005 el Sindicato Nacional de Trabajadores del Comercio, la Gastronomía y los Servicios la reconoció como Destacada y los CDR la estimularon como cederista Vanguardia en el año 2004 y 2005.

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Instintos que construyen anécdotas

Maritza asume ser víctima de la inspiración, de los deseos que asaltan su mente y conspiran para comenzar cualquier trabajo, diseños que llegan de repente como enviados desde lo más hondo de su interior a veces sin clara explicación. Rememorarlos aquella tarde nos sacó una inevitable sonrisa.

“Una noche estaba sentada mirando la novela y de repente sentí algo extraño: me vino la idea de hacer un bolso lleno de flores. Cuando logré el bolso tal y como lo concebí, vino una muchacha y al verlo me dijo -¡qué lindo! ¿de dónde lo trajeron de Ecuador o de Venezuela?- y le respondí, que de Venezuela.

“Ella trabajaba en una farmacia cercana y buscó el dinero y regresó a comprarlo. Luego comenzaron a venir personas de allí, y ante el aprieto no me quedó más remedio que afirmarles que tenía que ir a ver a la muchacha que los traía de Venezuela y si le quedaban más, los traía”.

La pasión por este oficio hoy se combina con situaciones familiares y el deseo de ayudar, así Maritza alimenta los motivos para aun a sus más de sesenta años levantarse cada día con el mismo ímpetu, no obstante ella no deja de lado la comodidad espiritual que sienta, es ahí donde su intuición también se vuelve consejera de su manos

“Hubo un tiempo en que yo realizaba confecciones de naturaleza muerta, estaba muy de moda en aquella época, a mi no me gustaba del todo, lo hacía por encargo pero tenía una sensación extraña, en una ocasión vino una vecina a encargarme algo así pero yo le dije que ya iba sacar todo eso porque no iba a realizar más ese tipo de trabajos”.

“Un día viendo un programa en Multivisión habían dos artesanos de naturaleza muerta y uno de ellos comenzó a hablar de una serie de sucesos personales malos que ocurrieron en su vida cuando comenzó a confeccionarlas, la muerte de su esposa, el encarcelamiento de su hijo y otras cosas, ese día dije, ¡nunca más!”

El día a día

Más que a comprar alguna de las tentadores creaciones de Maritza una visita a su hogar lleva al encuentro con una mujer enamorada del ritual al que diaramente acude junto a su máquina de coser, rodeada de materiales que de una tarde a una mañana cobran forma en payasos, muñecas, osos… ella misma afirma no tener fecha todavía para jubilarse.

“Ya estoy acostumbrada, todas las mañanas me siento acá y es como si fuera un trabajo igual a los demás. En la familia los nietos a veces colaboran y se sientan conmigo, aprenden e incluso han hecho algo con mi ayuda, pero dice mi hija que para esto hay que nacer”.

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