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Bien certero estuvo José Martí cuando al explicar los fundamentos del Partido Revolucionario Cubano, surgido para enfrentar el régimen colonial español, destacó entonces que los cubanos… “han entendido ya que, para vencer a un adversario deshecho, lo único que necesitan es unirse”.

Al fundar esa organización estratégica, el Apóstol  demostró su capacidad para aunar al pueblo y dirigirlo hacia el logro de sus más altos propósitos: la independencia y soberanía.

Aquella máxima del Héroe Nacional de Cuba sirvió de guía a su más ilustre alumno, el Comandante en Jefe Fidel Castro, para quien “un país fragmentado es el más perfecto para dominarlo, sojuzgarlo, debido a la inexistencia de una voluntad de la nación, dividida en muchos fragmentos y lo que consigue es una pugna constante e interminable”.

Un país del Tercer Mundo no se puede dar ese lujo y como se lo dan se mantienen subyugados y dominados, sobre todo para una sociedad que tenga que enfrentarse a los problemas del desarrollo en las condiciones difíciles del mundo de hoy, aseveró el máximo líder de la Revolución Cubana al clausurar, en 1991, el X Período Ordinario de Sesiones de la III Legislatura de la Asamblea Nacional del Poder Popular.

“De modo que tengo la más profunda convicción de que la existencia de un Partido es y debe ser, en un muy largo período histórico -que nadie puede predecir hasta cuándo- la forma de organización política de nuestra sociedad”, razonó entonces con su aleccionadora experiencia sobre el proceso unificador, tres décadas antes, el antecedente histórico más inmediato de la formación del Partido Comunista de Cuba (PCC).

Con la convicción martiana de que los árboles se han de poner en fila, para que no pase el gigante de las siete leguas, surgieron bien temprano las Organizaciones Revolucionarias Integradas, formadas por el Movimiento 26 de Julio, liderado por Fidel; el Partido Socialista Popular, bajo la dirección de Blas Roca; y el Directorio Revolucionario 13 de Marzo, al frente del cual estaba Faure Chomón.

Una decisión de ese tipo obedeció a la imperiosa necesidad de un acercamiento entre los revolucionarios, de esos que “arriesgan el pellejo para probar sus verdades”, de acuerdo con la premonitoria advertencia del Guerrillero Heroico Comandante Ernesto Che Guevara, que empleaban métodos distintos con el objetivo común de consolidar la Revolución Cubana.

Pocos meses después nació el Partido Unido de la Revolución Socialista de Cuba y el reencuentro común de sus fuerzas cristalizó en 1965, cuando adoptó el nombre definitivo de Partido Comunista de Cuba, el mismo que utilizaron en 1925 Julio Antonio Mella y Carlos Baliño, quien acompañó a Martí en la fundación del Partido Revolucionario Cubano.

En consecuencia, y con  toda convicción, porque la Revolución y nuestro pueblo tienen derecho a existir por voluntad propia, el proyecto de constitución sometido a debate popular, establece que el PCC es la vanguardia organizada de la nación, sustentado en su carácter democrático y la permanente vinculación  con el pueblo, es la fuerza dirigente superior de la sociedad y del Estado.

Uno de sus propósitos clave constituye la preservación y fortalecimiento de la unidad patriótica de los cubanos y por el desarrollo de valores éticos, morales y cívicos, ante el creciente injerencismo de las administraciones norteamericanas desde 1959, cuando los enemigos propalan que el conflicto Cuba-Estados Unidos obedece al indiscutible liderazgo de Fidel y así ubican el inicio del antagonismo mutuo.

Sin embargo, sus orígenes son desde las legendarias doctrinas estadounidenses, que ahora Donald Trump modificó por la de América primero, y que no ha sido otra hasta nuestros días de tratar de dominar a Cuba y la determinación de la Isla por alcanzar y mantener su soberanía.

Pero gracias a contar con un Partido único, capaz de aunar y dirigir los esfuerzos de la nación, la Mayor de las Antillas sigue siendo ejemplo para el mundo en materia de independencia y soberanía.

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