1 eduardo matos

El Marrón, Cajobabo

En un cuarto improvisado, Eduardo Matos Columbié, poblador de El Marrón, en Cajobabo, guardaba las pertenencias de su sobrina, quien se encuentra de viaje y aún desconoce las pésimas condiciones de su hogar. “Cuando los vecinos de por aquí supimos de la magnitud de ese fenómeno nos movimos enseguida para zonas seguras”, comenta mientras señala la dirección hacia donde se evacuaron.

“Las casas de por aquí son de tejas y no resisten fuertes vientos, y mucho menos el de un huracán de tal magnitud, el peligro era inminente. También teníamos la mar detrás, los nervios, confieso, me atacaron”, narra este moreno de 42 años.

“Lo que sucedió es indescriptible, me cuesta todavía hablar de ello, estuve en la casa de un familiar, junto a otras personas, y con cada racha que se sentía, todos comenzábamos a gritar angustiados, en ese momento me aferré a mis tres hijos, quienes lloraban desconsoladamente, y no los solté hasta que todo aquel infierno pasó.

“Éramos 25 personas en una casa de zinc con un pedacito de placa, hubo un momento en el que el viento arreció y comenzó a levantar ese zinc, los hombres tuvimos que salir, bajo lluvias torrenciales, a tratar de enmendar la cubierta, el remiendo aguantó poco tiempo, luego todo comenzó a desplomarse y tuvimos que movernos urgente para el sitio de placa, ahí, todos amotinados y cuidándonos”, relata impresionado la peor experiencia de su vida.

“Cuando amaneció regresamos con trabajo a la casa, la carretera estaba cubierta de piedras que dificultaban el paso y, cuando finalmente llegamos, la encontramos sin techo, así estaban todas”, dice mientras muestra el interior de una de ellas.

Aunque destrozados anímicamente, precisa Eduardo, no perdieron tiempo y comenzaron con la recuperación. Actualmente él no habita su hogar por cuestiones de seguridad, “hay que pasarle la mano a las paredes que están resentidas, por eso en las mañanas estamos en la zona y por la noche nos movemos a otra casa a dormir”, señala con tono exhausto, mientras manifiesta su anhelo de poder contar en El Marrón con una edificación confortable, que en tiempos de contingencia garantice el refugio.

2 eduardo enrique

Imías

Desde que comenzaron las primeras lluvias en Imías se desconoció por un momento la pista de Matthew, colapsó la electricidad y los pobladores perdieron todo vestigio de ese poderoso huracán, así lo asegura Eduardo Enrique Núñez Pérez, periodista de ese municipio.

“A partir de entonces comenzamos a recibir información por vía telefónica de personas de otras provincias que colaboraban con nosotros, pegaban el teléfono a la bocina del televisor para que escucháramos el parte meteorológico.

“Por suerte, uno de los vecinos, rebuscando encontró un radiecito de pila con el cual escuchamos con dificultad Radio Rebelde, y de corredor en corredor transmitíamos las últimas noticias, que también hacíamos llegar con algunos choferes a las zonas más alejadas.

“La vivienda en la que me guarecí con mis hijas y mi esposa era una biplanta y cada vez que la azotaba el viento, con un ruido similar al de un tractor, se sentía cómo temblaban hasta los cimientos; pensé que se derrumbaría, pero por suerte todo salió bastante bien, no lamentamos pérdidas humanas”, subraya el periodista mientras reconoce la preparación del pueblo, que aseguró mucho de los techos con sogas y sacos de arena.

Mientras esperaban la calma, recuenta Eduardo, algunas personas tomaban calmantes o café, mientras otros hacían chistes para aliviar la tensión, “los más serenos tratábamos de transmitirles confianza a los demás.

“Ahora resta prepararnos mejor para próximos eventos metereológicos, trabajar por reconstruir el territorio y erradicar las dificultades que presentamos con las comunicaciones y los aseguramientos”, precisa mientras recuerda a Sandy en Santiago de Cuba.

3 marta

La Farola, Baracoa

Casi a orillas de la carretera, justamente en la entrada de El Bagá, y en la falda de una montaña, se encuentra la casa de Marta Gamboa Osorio, quien junto a su esposo e hijo mayor tentaron a la suerte y hasta al peligroso Matthew. “Pasamos el mal tiempo allí, solo se evacuaron mi hija y mi nieta”, refiere esta señora mientras alude que le costaba abandonar sus pertenencias.

Cuando comenzó a deteriorarse el tiempo, ya era tarde para que Marta y su familia salieran del medio de la nada y pudieran llegar hasta un lugar seguro, “estaba indecisa si nos íbamos o no, finalmente, se hizo imposible salir y tuvimos que quedarnos.

“La casa empezó a caer de atrás hacia delante, solo nos quedó la parte de la puerta con un techito y ahí nos abrazamos los tres. Vi cómo volaban las tejas, rodaban las piedras y caían los árboles y palmas, una verdadera pesadilla, solo miraba hacia el cielo esperanzada de ver llegar la calma”, dice mientras reconoce, que la vida le regaló una segunda oportunidad.

4 marbelis

El malecón de Baracoa

Al ritmo de las calmadas olas del malecón de Baracoa se mecía en un estropeado balance la joven Marbelis Cobas Montero, quien miraba detenidamente hacia el horizonte. Sentada en la primera planta de uno de los edificios convertido en ruinas por el inclemente mar, esperaba ecuánime a su hermano para terminar de recoger las pocas pertenencias que encontraron.

“Vivía en la tercera planta con mi hermano y mis dos pequeños hijos, pero como ves no hay escaleras para subir, además el mar se llevó parte del segundo piso y entonces no sé si resista el mío, del que no quedan ventanas, ni muebles, todo está húmedo y desolado, no sé cómo decirles a mis niños.

“Digo que perdí poco en comparación con algunas personas que tristemente se quedaron solo con lo que llevaban puesto”, expresa con voz melancólica y mirada puesta en la mar.

“No sé cuándo nos volvamos a recuperar, la desesperación está en todos, ahora nos vamos para el Museo Matachín hasta que vean adónde vamos a vivir en lo adelante”, dice en la despedida mientras dibuja una pequeña y dolida sonrisa.

 

5 camila

Mi Primada en ruinas

La joven holguinera Camila Gómez Abad, devenida baracoense, aún camina nerviosa por las enfangadas calles rodeadas de escombros de la Ciudad Primada. “Esto no tiene nombre, ni palabras para explicarlo, la ciudad está en ruinas”, dice y trata de explicar con gesto cada una de las palabras.

“En la casa de mi esposo se quedaron más de tres familias, una de ellas con un niño de meses, que abrigamos y acomodamos en una colchoneta. Sentíamos cómo se derrumbaban las casas de al lado, las tejas y otros objetos caían en el techo de nuestra vivienda.

“Fue imposible contenerse y comenzamos todos a llorar, la mar salpicaba la casa y mojaba las ventanas, el ruido del viento era ensordecedor y nos ponía los pelos de punta, pensé que no viviríamos para contarlo”, narra su aterradora vivencia.

“En un momento de relativa calma aprovechamos para acomodar algunas cosas y mirar afuera. La tranquilidad no reinó por mucho tiempo, todo, todo se puso peor, arreciaron las rachas y el miedo, nunca antes había temblado tanto”, comenta mientras explica que no tendrá sosiego hasta que sepa noticias de su familia con la cual aún está incomunicada.

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