DEISY FRANCIS MEXIDOR
"Dilo, chica, dilo, exprésate, di lo que estás pensando. No te quedes con nada por dentro, que eso es malo. Ya sé, quedó feo el cuello de la enguatada, pero quién se va a fijar en eso... Un besote grande, te amo", se lee en el reverso de la foto recién llegada. Los ojos de Adriana Pérez observan la imagen de Gerardo.
Las fotos, las cartas, las llamadas telefónicas, cuando se puede, el saberse uno para el otro, sustentan el amor de Adriana y Gerardo. Él, en una prisión de máxima seguridad en Victorville, California, y ella, en La Habana. No saben hasta cuándo durará el sufrimiento, pero están conscientes de que debe terminar algún día.
¿Cuánto tiempo hace que no han podido verse?, pregunto en este diálogo rápido, muy rápido. Ella llega del trabajo. Abre la puerta. La casa está sola. Sobre la mesa, cartas y fotos de Gerardo. La habitación dispuesta. Como cada 4 de junio ella cambiará las sábanas. Es el regalo de cumpleaños a Gerardo, "porque es lo que le gustaba a él: estrenar sábanas limpias ese día".
"Ya va para 41, pero en enero cumplimos ocho años sin vernos", dice ella con una voz serena. ¿No has vuelto a pedir la visa después de la negativa reiterada de las autoridades estadounidenses en octubre pasado?, inquiero. "No, aún no". Tenemos 20 líneas, Adriana, le comento. "Bueno, repite en las 20 líneas, lo amo, me ama. Nos amamos" |