Baracoa: Agresión detrás del muro
Si no hay conciencia del peligro medioambiental que es convertir al área del malecón baracoense en un vertedero de inmundicias, habrá que imponerla

Los escombros de muchas de las obras que en este minuto se terminan o impulsan a propósito de los 500 años de fundación de la Villa, han ido a parar al arrecife.
Por: Haydée León y Yisel Reyes
Fotos: Leonel Escalona
29 de julio de 2011, 06:00 pm
Guantánamo (Redacción Digital Venceremos) - Muchos baracoesos creen que un pez grande cerca del litoral es señal de una desgracia. Pregúntele si no, a quienes a principios de marzo del 2008, disfrutaron el espectáculo de un par de ballenas danzando a orillas de la costa que bordea la ciudad, y dos semanas después vivieron la más grande tragedia climatológica de sus vidas, cuando un mar de leva devastó a la primera en el tiempo.
Hoy, los propios habitantes de la Primada, próxima a cumplir 500 años, no saben si es un mal presagio o un milagro ver a un pez cualquiera cerca de sus costas, y que con ello haya desaparecido la típica estampa del hombre con sus atuendos de pescador en las proximidades de ese símbolo indiscutible de identidad de nuestra señora de la Asunción de Baracoa: el malecón.
Eso lo sabe muy bien Lázaro Emilio Chavez, quien vive muy cerca de allí: “Yo me mudé para aquí en el año 80 y cuando aquello, todavía se podía pescar, y de hecho mucha gente lo hacía, pero desde hace ya un buen tiempo ni se puede estar cerca del arrecife pues lo han convertido en un basurero, refugio de cucarachas, ratones y vaya usted a saber cuántas cosas más”, lamenta.
Lázaro Emilio, quien vive en las proximidades del litoral, que no es asunto solamente de las autoridades medioambientales sino de cada ciudadano, detener la contaminación en el malecón.
“Si las personas no perciben que arrojar toda clase de desperdicios en el litoral, más que una indisciplina social es un atentado medioambiental, entonces las autoridades tienen que hacerlo notar, cortando el mal de raíz, sobre todo ahora que no se ha propagado a todo lo largo del malecón, sino en cuatro puntos”, agrega.
Dirigente de los CDR de esa zona, Lázaro Emilio, opina que debe tomarse en serio, que no es asunto solamente de las autoridades medioambientales sino de cada ciudadano. “Ahora mismo están trabajando en varias construcciones, y todos los escombros van a parar entre las rocas, pegado al muro; hay entidades como por ejemplo Comercio, que acumulan los desechos de alimentos varios días, porque los recogedores de basura tardan en pasar y los botan ahí”, comenta.
“Si no hay esa cultura ambientalista, entonces hay que imponerla”, sugiere.
Golpes en los dientes
Aunque áspero y agresivo, el diente de perro se queda indefenso ante la avalancha de suciedades que cada día le va encima. Y según el testimonio de varios vecinos, los trabajadores de Servicios Comunales sí limpian constantemente el área pero no dentro del arrecife, donde la labor se hace bien difícil para el hombre, pero no para las olas, pues llegan al rompiente y se llevan al mar toda esa suciedad.
No en toda su extensión, puede la gente disfrutar del malecón.
“El principal problema es que el hombre ha invadido la zona, es el ecosistema más dañado de la ciudad, por una parte porque la urbe carece de alcantarillado y el 50 por ciento de los residuales líquidos que en ella se generan va a parar al mar, y por otra, los desechos sólidos también se vierten, especialmente en horario nocturno”, asegura Ricardo Suárez Bustamante, delegado del Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medioambiente en Baracoa.
En tanto, la ciudad no cuenta con una dotación completa y eficiente de medios, dígase camiones, contenedores, hombres, para que se haga la recogida periódica y constante de los residuales, entonces prima la indisciplina social.
“Así las cosas, hay que incrementar la labor regulatoria para hacer más palpable el trabajo de los inspectores de higiene e integrales, que entre otras obligaciones, existen para que después no se tengan que lamentar esos problemas completamente subjetivos”, aseveró.
Levantar el tapete
Aunque Leudis Legrá Mendoza, director municipal de Comunales, está claro de que la del malecón es una de las avenidas más importantes y bellas del municipio, con su envidiable vista al mar, admite que las condiciones materiales no siempre permiten que su higienización sea óptima.
Está concebido –informa- que el barrido sea dos veces al día, y que en el verano se extienda hasta por las noches, aunque contamos sólo con un par de camiones e igual cantidad de tractores.
El director de Servicios Comunales en Baracoa, Leudis Legrá Mendoza, está claro de que las condiciones materiales no siempre permiten que la higienización sea óptima en la ciudad.
Al abundar en la particularidad de la labor de higienización a lo largo del rompeolas, el dirigente advierte que el accionar de los trabajadores de Comunales se ciñe al barrido de la calle, recoger los desechos, limpiar la alcantarilla y la orilla de la vía. ¿Y lo que está detrás del muro?
Ese es el punto: allí muchos echan, casi todos contemplan y nadie impide que varios sitios continúen siendo focos de contaminaciones, que no han desaparecido a pesar de recientes medidas adoptadas, como la designación de una brigada cuyo contenido es sanear detrás de la muralla.
El caso es que no parece ser suficiente tal decisión, pues de las viviendas y entidades aledañas continúa la agresión, como si no fuera más deseable rescatar la estampa aquella del pescador con su vara al pie del insigne muro, que esa imagen del basurero sobre el arrecife, refugiando cucarachas, ratones, y vaya usted a saber cuantas cosas más.
El malecón de Baracoa, que se reconoce como el primero construido en las ciudades del Mar Caribe, es una de las obras más representativa de la Ciudad Primada. Es el espacio público que más se utiliza en la ciudad para actividades político-recreativas, por su ubicación privilegiada dentro de la Villa. Por la cercanía al mar, su geometría, materiales utilizados en su construcción, cargas actuantes, cimentaciones métodos constructivos, utilidad pública y la relevancia económica que posee, esta obra de ingeniería es objeto de admiración para los visitantes nacionales y extranjeros. El malecón, con una extensión de dos kilómetros, no posee la misma sección en todo su recorrido, siendo la misma muy variable: tiene desde el Museo Matachín hasta el restaurante El Caracol siete metros; desde el Caracol hasta el Hotel La Rusa, 16, y desde este último hasta la Plaza Cacique Hatuey 14. Debido al efecto que producen los vientos alisios sobre esta, ya que son de mucha velocidad y además de las constantes penetraciones del mar a que se encuentra expuesto, en esta zona no se reproduce todo tipo de vegetación.
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