30 de marzo de 2011, 10:45 am
Por Eusebio Leal Spengler*
Fotos: Leonel Escalona Furones
Guantánamo, 30 de marzo (Redacción Digital Venceremos)-
Hace cinco siglos, Baracoa surgió a la historia; más bien nació Nuestra Señora de la Asunción. Baracoa ya existía; era tierra de indios, y tierra de desembarco -en primer término, por la costa oriental- de los pueblos que, procedentes de los altos Andes, como se ha demostrado, descendieron todos esos escalones de montañas hasta llegar a la costa de la actual Venezuela, y luego saltando por ese collar de islas, se aproximaron por las que fueron llamadas Antillas Menores y Mayores, conforme con la definición que el sabio Toscano, Paolo del Pozo, había dado al propio Cristóbal Colón según el concepto antiguo de que, más allá de las columnas del mundo conocido, existía una Antilia maravillosa, una Antilla que dio el nombre a las nuestras.

No menos mágica, sin dudas, que aquella primigenia, dorada y desaparecida son las islas del Caribe, tanto las islas que hoy conservan su identidad, la identidad primera, como aquellas que, como resultado del gran debate en que se transformó el Caribe como Nuevo Mediterráneo Americano, pasaron a ser imperios de otras lenguas, de otras culturas y civilizaciones.
De cualquier forma, el Caribe fue el lugar de encuentro, y como aquel otro Mediterráneo, fue lugar de fusión, fue lugar de pasiones, y fue lugar de debates.
 
Nos queda pues, en las Antillas Mayores -con la excepción de la parte de la Isla Española, que ocupa la República de Haití, cuyo glorioso destino en América no han podido eclipsar ni el gran huracán, ni el terrible terremoto, ni los grandes avatares de su historia- toda una arquitectura maravillosa que aún allí se conserva. Recuerdo que una de mis grandes emociones al visitar la Isla (Española) fue contemplar aquella arquitectura de madera, preciosamente decorada, cuidada con esmero por sus poseedores que tenían orgullo por ella. No sé qué destino les habrá deparado el destino mismo -valga la redundancia- en aquellos grandes movimientos telúricos, pero lo cierto es que fuimos depositarios de esa historia y de esa interpretación.
Al llegar los conquistadores castellanos al oriente de Cuba, cumpliendo el mandato del Comendador de Lares, bahilio de la Orden y Gobernador y Virrey de Santo Domingo, hoy sepultado en una iglesia abandonada cerca de Cáceres y muy próximo al Puente Romano, Nicolás de Obando decidió, primero, poner fin a la leyenda que el último viaje de Colón había convertido a Cuba en parte de un continente inhóspito, y no en isla, como la imaginó primeramente.
 
Y el desembarco significó el nacimiento de las siete ciudades que hoy forman parte del Patrimonio Nacional y parte de la memoria de España en América, y nuestra propia memoria.
Es significativo que se asentaron en los sitios donde el tainato había puesto sus plantas por vez primera. Y aún también, donde los pueblos de igual estirpe que los precedieron, habían avanzado del oriente hacia el occidente.
 
Y fue allí, en Baracoa, tierra india, a la vista del Yunque -que más parece obra humana, en la belleza trunca del corte de aquella montaña, que obra de la naturaleza- donde se asentó Nuestra Señora de la Asunción, y a partir de ahí el San Salvador del Bayamo, Santiago de Cuba -el segundo Santiago de América; el primero en Santo Domingo, en La Española-, y así sucesivamente hasta San Cristóbal de La Habana.
Tres ciudades, tres villas fundadas, tres campamentos conservaron su nombre, el nombre apostólico de la expedición conquistadora: Santiago Apóstol, que pesaba tanto en el peso de la batalla librada hasta el año 1492 para consolidar el poder real en tierras musulmanas de España, ocupadas por los musulmanes desde el año 711 de Nuestra Era.

El segundo: la Santísima Trinidad de Cuba, porque era una invocación demasiado poderosa para poder ser acompañada por otro nombre, y también, el Espíritu Santo.
De esa manera, Sancti Spíritus, Trinidad y Santiago de Cuba fueron absolutamente nombres nuevos, pero sobre cacicazgos y tierras indias, mientras que Baracoa, el Bayamo, Camagüey -llamada Santa María del Puerto del Príncipe- y aún La Habana, sobre el nombre de su jefe comarcano, Habaguanex, conservaron ese apellido y lo unieron a aquel nombre.
Surgió entonces esa arquitectura maravillosa, que fue el refugio del conquistador, nunca imaginado. Fue el bohío, fueron los caneyes, fueron las barbacoas que ven con asombro cuando llegan a esas grandes casas abandonadas y tratan de encontrar a sus moradores, que han huido.
 
Es aquel puerto de mares y es aquel arribar a las costas actuales del oriente cubano, a las tierras de Holguín actual, donde Colón hace las asimilaciones culturales imaginadas.
Aquello le parece la Peña de los Enamorados, cerca de Sevilla. Aquello otro le recuerda a las margaritas y veleros que florecen en Andalucía, en verano. Y todo eso es visión, y todo eso también es poesía; y de esa poesía y de esa visión se ha perpetuado una simbiosis cultural arquitectónica que es, precisamente, lo que la Cátedra (Gonzalo de Cárdenas, adjunta a la Oficina del Historiador de La Habana) defiende, tratando de que la necesidad de modernizar, el deseo de prosperar, se compatibilice sin condenar a alguien a vivir por nuestro placer en el neolítico, pero que se conserve lo nuevo y lo nuestro como parte de lo nuevo y de lo futuro.
Fuente: Prensa Latina
|