Cartas de Regino Eladio Boti: un acontecimiento cultural

Por Pablo Soroa Fernández
30 de julio de 2010, 11:50 am
Guantánamo (Redacción Digital Venceremos)
- Al fallecer en esta ciudad el 5 de agosto de 1958, el bardo guantanamero Regino E. Boti Barreiro dejó cerca de 3 mil poemas inéditos, muchos de los cuales no formaron parte de ningún libro específico, y desde la aparición de su último libro de poesías (Kindergarten) en 1930, el egregio intelectual renunció a publicar, asqueado, confesó, por la corrupción imperante en la pseudorrepública.
Ese mutis editorial ha llamado la atención de los críticos, pero desigual suerte ha corrido su epistolario tan rico como su obra lírica y ensayística, el cual ha sido menos divulgado que sus acuarelas: no debe obviarse que ese versátil intelectual incursionó también en las Artes Plásticas, y, puede decirse, que fueron escasas las ramas del saber por las que no anduvo.
En entrevista exclusiva, el Máster en Psiquiatría, Regino Rodríguez Boti, nieto y albacea literario del autor de Arabescos Mentales (1913) y el Mar y la Montaña (1921), familiarizó a este reportero con algunas gemas engarzadas en Cartas de aquí y de allá, volumen en preparación que reúne el epistolario de ese renovador de la lírica hispanoamericana del primer tercio del siglo pasado.
La futura entrega, según el autor de La sexualidad en el atardecer de la vida y de varios ensayos sobre su abuelo, es la continuidad lógica y ya anunciada por José M. Fernández Pequeño en Cartas a los orientales (Editorial Letras Cubanas, 1990).

El revolucionario Pablo de la Torriente Brau también figura en el epistolario
Cartas de aquí y de allá.
En el prólogo a esa antología, se afirma “que para dar a conocer completamente la correspondencia literaria de Regino E. Boti sólo restaría la edición del epistolario sostenido por el guantanamero con los intelectuales del resto del país y extranjeros, muy importante por las firmas que lo calzan y porque a partir de 1925 aproximadamente, se hace más copioso y gana relevancia en la misma proporción que disminuye el intercambio epistolar de Boti con los intelectuales de la provincia de Oriente”.
La concesión de este diálogo es un adelanto de la idea esencial antes expuesta, en torno a ese compendio en el cual, según el entrevistado, aparecen, como todo un latir o sonar de la época, cartas de Bonifacio Byrne, Agustín Acosta, Ramón Vasconcelos, Don Fernando Ortiz, Higinio J. Medrano, Pablo de la Torriente Brau, Arístides Sócrates Nolasco, Max Henríquez Ureña, José Santos Chocano, Emilio Roig, Pedro Henríquez Ureña, Hilarión Cabrisas, Raimundo Cabrera, y naturalmente, la poetisa uruguaya Juana de Ibarbourou , a la cual se dedica este artículo.
Esa correspondencia cruzada, el ir y venir de criterios y de loas que refleja, el desfilar de figuras del quehacer literario de Latinoamérica en la primera mitad de la anterior centuria, cuyo escenario es el libro en cierne, se contradice con una realidad incongruente: quien la originó sigue siendo el escritor de primera línea menos conocido y estudiado de la literatura contemporánea cubana, salvo en su natal Guantánamo, quizás, donde para algunos asemeja un Chateaubriand fuera de época.
A estos últimos, más que a quienes no le abren las puertas de su cenáculo, se parece la opinión generada en Juana de América (como popularmente conocían a la Ibarbourou), por nuestro coterráneo, como reflejan las dos cartas que ella le envió en febrero de 1928 y octubre de 1929, respectivamente.

Facsímil de una carta de Juana de Ibarbourou a Boti.
En la primera epístola, la autora de Cántaro Fresco y Estampas de la Biblia, “saluda atte. al escritor cubano Regino E. Boti y le agradece profundamente el envío de su magnífico estudio La nueva poesía en Cuba”.
Expone la uruguaya su coincidencia con los elogios prodigados por el guantanamero a su compatriota, el intelectual Juan Marinello Vidaurreta, “lo felicita por todo lo que de él dice” y le manifiesta cortésmente que queda “con toda simpatía a sus órdenes”.
La segunda misiva a Boti, desde Suramérica, sirve para acusar recibo de un ensayo sobre la lírica cubana y del poemario Kodak Ensueño, entonces recién publicados por el Bardo oriental.
En torno al citado texto, la remitente añade que el libro refleja exquisitamente la naturaleza y el alma del autor, y su lectura deja una deliciosa sensación de frescura, de ensueño y de vida.
Juana de Ibarbourou, cuyo verdadero nombre era Juana Fernández Morales, nació en la ciudad uruguaya de Melo, el 8 de marzo de 1892, y murió en Montevideo el 15 de julio de 1979, 21 años después del cubano.
Éste, por su parte, falleció en esta ciudad el 5 de agosto de 1958, a los 80 años de edad, asqueado según testimonio propio, de la corrupción imperante en la pseudorrepública en que le tocó vivir.
El magno poeta, cuya obra según Roberto Fernández Retamar, fue de las pocas felicidades de aquella época (20 de mayo de 1902-31 de diciembre de 1958), publicó en vida cinco libros de versos, de los cuales el único que falta por citar en estas líneas es La Torre del Silencio, “cerrado en 1919” y publicado en 1926.
De ese cúmulo de fechas, cabe deducir que fue su obra anterior a la escapada editorial de 1930, la acreedora de aquel elogio y el de otros grandes de la literatura latinoamericana, entre ellos Virgilio Piñera, para quien la labor poética de Boti “es después de la gran aventura de Julián del Casal, el inicio de la lírica cubana”. |