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Mireya Piñeiro Ortigosa: En busca de una dama escurridiza

Uno de los más esperados textos presentados en Guantánamo en la XIX  Feria Internacional del Libro fue Polvos del Sahara,  recopilación de la obra poética de esta autora. En su vida, una de las etapas “más interesantes y constructivas” fue en la dirección de la editorial El Mar y la Montaña, que cumple 10 años publicando valiosos libros en esta ciudad

Mireya Pineiro Ortigosa, escritora guantanamera.

Mireya Pineiro Ortigosa, escritora guantanamera.

Por Cecilia Vega Elías (Estudiante de Periodismo)
Foto: Lilibeth  Alfonso M.

8 de marzo de 2010, 08:20 am

Guantánamo (Redacción Digital Venceremos) - Conozco a Mireya hace tanto tiempo, como años de amistad y relaciones de trabajo ella tiene con mi madre. La he visto en muchas de sus facetas: concentrada entre papeles, bromista a su manera, furiosa más de lo aconsejable. En ocasiones he tenido que padecer hasta sus regaños; pero el día en que le pedí que me concediera esta entrevista, sentí que podía estarme acercando a una persona desconocida. De todas las preguntas que le hice y de todas las respuestas que me dio, estas pudieran resumir ese momento en que volví a conocerla.

¿Qué es para usted la poesía y por qué le gusta escribir sonetos y otras formas que están sometidas a estructuras tan rígidas?

Conozco hermosísimas definiciones de lo que es la poesía; pero para mí es, sencillamente: un intento por transmitir una emoción personal. Me parece que la mayor parte de mi poesía fue escrita en eso que se ha dado en llamar “verso libre”; pero también me gustan algunas formas “cerradas”, y pienso que se deba a una intención de ponerle contención a lo que quiero expresar. El exceso de palabras dentro de la poesía suele caer en una verborrea inútil y confundidora de lo que, en esencia, se pretende decir. 

¿Es verdad que no sólo le gustan los libros para leerlos, sino también para contemplarlos?

Así es, me encantan los libros como objetos o “artefactos”, para decirlo con un vocablo que ahora suele emplearse en algunos círculos. Los libros son portadores de una forma y de un diseño que, de resultar efectivos, los convierten en verdaderas obras de arte. Para mí es tan placentero leer como contemplar una estantería o disfrutar el contacto de un libro entre mis manos.

Hace tiempo, más que poemas, publica trabajos dentro del género de la crítica literaria. ¿Terminó con la poesía y ahora piensa dedicarse al ensayo?

Pudiera decir que la poesía terminó conmigo. O también: que la forma de asumir este género dejó de “sintonizar” con los derroteros de mi poética. Como en tantas cosas de la vida, en la literatura también existen las modas, y como para mí escribir es un acto de autenticidad y no de mimetismo ante lo que sea “de buen ver” o “funcione” en un momento determinado, dejé de hacerlo.

Sobre lo otro que me preguntas, aunque a veces me “anuncian” como ensayista o crítica literaria, no me considero ni una cosa ni la otra. Respeto demasiado el instrumental teórico y la profundización intelectiva que exigen estas dos categorías como para suponer que soy merecedora de semejantes calificativos. Lo que yo hago, sencillamente, es ofrecer mis opiniones, tratando siempre de ser objetiva en los argumentos que expongo.

Pero no puede negar que es una defensora de la crítica…

Ya lo creo que sí. Sin la existencia de la crítica no hay validación posible para ninguna obra. Un autor puede haber publicado muchos libros, la mayor parte, o todos ellos, fallidos; pero si nadie se lo dice, si ningún especialista se anima a señalar lo que estuvo bien o lo que resultó fallido, ¿ese autor llegará a tener una perspectiva real de su propia obra, de sus logros, errores o estancamientos? Imposible. Pero los escritores solemos ser criaturas muy críticas y enjuiciadoras de las circunstancias sociales que nos rodean; sin embargo resultamos los más intransigentes a la hora de aceptar, o apenas escuchar con ecuanimidad la más mínima frase que ponga en entredicho nuestra obra. Por lo general no asumimos la crítica como la más saludable de las advertencias, sino como la más indigna de las injurias personales. Y por ese camino falso caminan algunos, complacidos y vanagloriados, porque no existe esa elemental contrapartida que toda obra, no ya literaria, sino humana, requiere: la crítica oportuna, justa y fundamentada.

Sabemos que dirigió la editorial El Mar y la Montaña durante algunos años, ¿cómo recuerda esa etapa de su vida?

Sin dudas como la más interesante y constructiva. No sólo porque siempre soñé con trabajar en una editorial, sino porque me esforcé en encauzar un trabajo que no fue en vano, porque cada vez El Mar y la Montaña da muestras de incuestionables progresos profesionales. Nuestros libros mejoran editorialmente en todos los sentidos, y la revista, a la que suelo llamar “la niña linda de la editorial”, no deja de proponerse en cada número ser mejor. Y como una muestra del empeño que hemos sostenido con esta publicación puedo decir que la revista El Mar y la Montaña se fundó en el año 1987, y hasta el 2001 sólo se editaron 8 números. En el 2002 la responsabilidad de su publicación pasó a nuestra editorial, y en estos 7 años ya vamos por el número 20, que saldrá en la próxima Feria del Libro.

¿Cuán amable y cruel suele ser la vida de un editor?

Todo lo amable que resulta su propia razón de ser: materializar el trabajo, las aspiraciones y los sueños de aquellos que practican “el más solitario de los oficios”: los escritores. Todo lo cruel radica en cometer errores en un trabajo como este, que se concibe para la eternidad bibliográfica. Y desgraciadamente nos equivocamos, a veces en los detalles más simples, como el que voy a ejemplificar con un error mío: durante esta Feria del Libro se presentará el libro de Juan Carlos Zamora Tríptico de Pasternak; aparte de invitar a que lo compren, porque es una interesantísima propuesta sobre el pensamiento ruso, una vez que lo tengan, observen la página 4, que es la de los créditos, y allí verán que no advertí un error en la escritura ¡de mi segundo apellido! Detalles como estos pueden amargar el más hermoso de los trabajos: ser un editor.

Si no fuera poeta ni editora, ¿qué hubiera sido Mireya Piñeiro Ortigosa?

Bueno, ya he sido muchas cosas: profesora durante 20 años, costurera por contrato en el Fondo de Bienes Culturales (¡a que eso no lo sabía nadie!), guionista de la radio; durante cuatro años trabajé por cuenta propia en un merendero (donde te comías una paleta después de tus clases de gimnasia); nunca he dejado de ser ama de casa a media jornada (por suerte mi madre se ocupa de la otra mitad). En fin, que pudiera haber sido cualquier cosa, pero siempre con un solo Norte: tratar de conquistar, insoportable e infructuosamente, a esa dama escurridiza que se llama Perfección.

 
 
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