La historia de la guantanamera Diosdada Pileta George no difiere de la de cualquier adolescente de origen humilde, a quien la Revolución abrió las puertas a la educación. Oriunda de Yateras, con apenas 11 años integra el grupo de muchachas que llegan a Ciudad de La Habana, como parte del plan de estudios de las escuelas Ana Betancourt.
A su regreso de la capital del país, los años finales de la década del 60 y los primeros de la del 70 son muy intensos en la vida de Diosdada: estudia para maestra en Topes de Collantes y Minas de Frío, imparte clases en escuelitas serranas de Yateras, trabaja, de forma voluntaria, en siembras de café y zafras azucareras, ingresa a la UJC y es seleccionada para cursar una carrera militar.
En 1975, un hecho cambia su vida: su esposo Alcides Salazar Núñez (fallecido), joven oficial del MININT, es seleccionado para formar parte del cuerpo de seguridad de la embajada de Cuba en Portugal, que radicaba en los pisos quinto y sexto de un edificio de 10 plantas, en una de las céntricas calles de Lisboa.
A Portugal llega la joven pareja con su pequeño hijo de tres meses, Wilber Salazar Pileta. En la sede diplomática cumplen diferentes responsabilidades, y Diosdada establece rápida empatía con Adriana Corcho Callejas, funcionaria de la embajada.
“Adriana era un ser maravilloso, a quien un día vi inmóvil y cubierta de escombros, tras el estallido de aquella bomba, cuya onda expansiva acaba también con la vida de Efrén Monteagudo, y provoca graves heridas al compañero Alberto Alvarez Alfonso”, dice Diosdada, mientras su rostro se contrae y unas lágrimas corren por sus mejillas hasta caer encima de una foto que sostiene entre sus manos.
¿Cómo sucedieron los hechos de aquel jueves 22 de abril de 1976?
“Era un día normal como cualquier otro de trabajo en Lisboa, la mayoría de los funcionarios de la embajada cumplían diferentes misiones fuera de la instalación y casi en su totalidad eran mujeres las que estaban a esa hora en las oficinas.
“Los únicos hombres que permanecían en la sede en ese momento eran Efrén y Alberto, quien formaba parte del cuerpo de seguridad. Adriana y Elena Jiménez Martínez se percatan de que han dejado un portafolio entre el ascensor y la puerta de la oficina, y como en esa época se vivía un ambiente hostil y de amenazas, suponen que podría ser una bomba. Eran entre las 4:00 y 4:45 de la tarde.
“Ellas rápidamente dan la voz de alarma, y comenzamos, por teléfono, a llamar a Efrén y al resto de las oficinas: ¡Hay una bomba, protéjanse!
“Fueron minutos muy dramáticos, primero comenzó el humo y un olor asfixiante a pólvora. Adriana se preocupa por proteger la caja fuerte, todo lo relacionado con la economía y otros documentos importantes. Después escucho su voz, que nos ordena a Elsa y a mí: Apriétense la nariz y métanse debajo de un buró”.
La voz de la entrevistada está totalmente entrecortada, sus dedos tiemblan y los ojos se cierran, como si volviera a vivir aquel instante fatal.
“Luego ocurrió la explosión, inmensa, ensordecedora; todo quedó en penumbras por el polvo, tras el derrumbe de las paredes. Entre los escombros encontramos a Adriana, quien preocupada más por los compañeros que por sí misma no cumplió su propia orden de protegerse. Aún vivía, pero su cuerpo estaba totalmente destruido, cerca, Alberto se desangraba a chorros por la cabeza; después conocimos de la muerte de Efrén, en uno de los pasillos.
“Minutos después del estallido de la potente bomba, la población se concentró en los alrededores del recinto, y comenzó a solidarizarse con nosotros”.
Su hijo pudo estar entre las víctimas…
“Al igual que los otros niños, en ese horario siempre regresaban de la escuela y se concentraban en la sede, para luego marchar con sus padres hacia los hogares, pero por suerte esa semana era de receso docente.
“Mi hijo tenía solo 11 meses y yo había comenzado a llevarlo a un infantario (círculo infantil). Ese día le insistí a Adriana para ir a buscarlo temprano, pero ella me aconsejó que no lo hiciera para que lograra adaptarse. De seguro mi pequeño se hubiera asfixiado o muerto con la explosión, pues su coche, que estaba en el baño, quedó totalmente destruido”.
¿Cómo recuerda a Adriana y Efrén?
“Todo el colectivo de la misión diplomática era muy unido, pero Efrén resaltaba tanto por su carácter jovial como por su profesionalidad. Adriana era para mí alguien especial y sentía un gran cariño por mi hijo. Como sabía manejar, nos enseñaba la ciudad, fue mi guía, una gran militante y muy buena amiga”.
Miembros del CORU, una organización contrarrevolucionaria creada por Orlando Bosch y Luis Posada Carriles, fueron los autores de ese horrendo crimen en Lisboa. Hoy los dos terroristas se pasean por las calles de Miami. ¿Qué opinión le merece esta actitud del gobierno norteamericano?
Lógico, no podría ser de otra forma. Esa actitud ha sido hostil contra nuestra Patria, desde el propio Primero de Enero de 1959, no entienden que esta Revolución ha resistido 48 años, y seguirá enfrentándolos mientras existan hombres y mujeres valerosos como Adriana Corcho y Efrén Monteagudo”. |