
A 32 años del vil atentado contra el avión de cubana en Barbados, una familia guantanamera espera porque se haga JUSTICIA
Por Rebeca FROMETA GONZALEZ
Foto: Leonel ESCALONA FURONES
Guantánamo, 10 oct (Redacción Digital Venceremos) Un pesado velo de dolor permanece anclado en la familia del joven Martí Suárez Sánchez, quien en función de supervisor de tráfico internacional, viajaba en el DC-8 de Cubana de Aviación, que el 6 de octubre de 1976, hicieran estallar en pleno vuelo frente a las costas de Barbados, confesos terroristas pagados y entrenados por el gobierno de Estados Unidos.
“Fue un golpe muy duro que dejó sembradas secuelas difíciles de reparar. Martí era como el juguete preferido en la casa. De niño jugaba balina, pelota, y empinaba papalotes con los demás amiguitos del barrio de Ahogados entre 8 y 9 Norte, donde nos criamos y supo ganarse el cariño de los vecinos de allí.
“Recuerdo, ya siendo un joven, lo alegre que llegaba a casa cuando resultaba ganador de las distinciones otorgadas por la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC) , en distintas fechas históricas, pero su satisfacción fue mayor al integrar en 1970, las filas del glorioso Partido Comunista de Cuba ”.
Así, con voz entrecortada por la emoción, rememora a Venceremos Eloína Suárez Aldana, algunos pasajes del joven que a los 11 años de edad colaboró, llevando medicinas y mensajes, con las tropas del Ejército Rebelde, en el cual no fue aceptado como soldado por su corta edad.
Tras una pausa, hace acopio de entereza, retoma el dialogo y explica: “Mi hermano recibió la noticia de que iría a Conakry, capital de Guinea, responsabilidad en la cual se adiestraba al ocurrir el viaje a Barbados para cumplir funciones de su especialidad.
“Se sentía orgulloso, pues como internacionalista tendría la oportunidad de trasmitir sus conocimientos y experiencias a otros trabajadores”, precisa y prosigue:
“Otro de sus grandes propósitos era poder honrar el apellido Martí de nuestro Héroe Nacional, que a él le asignaron como nombre por nacer coincidentemente un 28 de enero”.
Eloína señala a Irene, la madre, de 93 años, y asevera: “Ese acto vandálico, fruto del odio irracional del Imperio yanqui contra Cuba, le hizo perder la alegría y se desvinculó de la vida social, pero eso sí, hasta que su salud se lo permitió, trabajó como jefa de lavandería del hoy hotel Brasil”.
Irene, golpeada no sólo por los serios problemas de salud que padece, los cuales agudiza el infinito dolor que hace 32 años la martiriza, en momentos de lucidez, llama y recuerda entre sollozos al hijo que le arrebataron los asesinos confesosLuis Posada Carriles y Orlando Bosch, quienes andan libres por las calles de Estados Unidos, país que contrariamente comete la gran injusticia de mantener en sus cárceles a cinco jóvenes cubanos por luchar contra el terrorismo.
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