“A eso de las once de la noche tocaron en el dormitorio y nos dijeron que todos los esgrimistas fueran para el salón. En el salón de reuniones había médicos, enfermeras, profesores. Había un micrófono sobre una mesa. Entró el director, se sentó frente al micrófono, agachó la cabeza y nos dijo: todos sus compañeros han muerto”.
Así supo que sus compañeros del equipo juvenil de esgrima habían perecido, víctimas de un atroz sabotaje, cuando regresaban a la Patria procedentes de Venezuela, después de participar exitosamente en los Juegos Centroamericanos y del Caribe; una competencia a la que ella no pudo asistir por una de esas casualidades que reserva el destino en raras ocasiones.
“Fui seleccionada para participar en esos juegos pero tuve una lesión en la pierna antes de la salida y entonces Virgen Felisola va en el puesto mío”, aclara la ex atleta mientras su mirada se pierde en los abismos de un doloroso recuerdo.
Sobre el mediodía del seis de octubre de 1976 el vuelo 455 de Cubana de Aviación era blanco del más repudiable acto terrorista jamás perpetrado contra un avión civil. Por eso esta baracoense, entonces una joven de 17 años de edad, no alcanzaba a entender la razón del vil sabotaje, fraguado por mentes asesinas.
“Yo no entendía en aquel momento que eso pudiera pasar con esos muchachos tan jóvenes. Aquello fue horrible. Yo pude haber sido una de esas víctimas. Yo creo que nací ese día”.
El día siete cientos de personas amanecieron conmocionadas en Baracoa, no solo por la irreparable pérdida de 73 vidas inocentes; también porque presumían que entre los muertos estaba una coterránea: Josefina Muguercia Yácer. Sus padres, Ramón y Josefa, nunca olvidan la angustia y la desesperación de la familia en aquel momento:
“Eso fue una cosa muy grande, muy dolorosa –cuenta la madre-. Nosotros pensábamos que se había ido porque había salido en el periódico que ella iba a ese viaje y pensábamos que había caído también. Ese día por la mañana mi hijo salió y oyó decir que le habían hecho un sabotaje al avión de los esgrimistas y vino y nos lo dijo. Imagínate, nosotros llorando y todo el que pasaba por la calle preguntaba”.
“Desde aquella fecha hasta ahora lo sentimos mucho –interviene el padre-. Cada vez que llega esa fecha el acontecimiento revive, porque es algo que nunca podremos olvidar”.
Luis Posada Carriles y sus compinches en el sabotaje contra el avión cubano y en otros macabros actos han disfrutado durante décadas de la impunidad que brinda el gobierno norteamericano a personas de su calaña.
La indignación de Josefa Yácer y Ramón Muguercia es mucha pues la misma administración que da cabida a esos asesinos condenó injustamente a cinco jóvenes cubanos luchadores contra el terrorismo y emprende una incesante escalada guerrerista mundial, cuyos únicos saldos son miles de civiles masacrados y el incremento vertiginoso en el planeta de los ataques terroristas.
“Eso fue muy grande para nosotros porque aunque ella no cayó fueron sus compañeros y sentíamos por ellos también”, dice Josefa con voz temblorosa por la emoción. Su esposo acude en su ayuda y retoma la idea, pero las palabras vibran como si quisieran romperse, frágiles como cristal.
“Nosotros nunca nos perdemos la mesa redonda cuando se trata de ese criminal, de Posada Carriles, que fue el autor de ese atentado. El sentimiento que uno tiene en el corazón es tanto que no puedo explicar las cosas como yo las sentía y las siento. Ese fue un golpe muy fuerte y estoy hablando con sentimiento porque han caído muchos compañeros por causa de ese terrorista”.
El triste recuerdo de aquel infausto seis de octubre de Mil 976 permanece indeleble en la memoria de Josefina; a quien, no obstante, el deber de revolucionaria y de internacionalista permitió sobreponerse de las secuelas psicológicas que prevalecen para partir a una nación hermana como colaboradora deportiva. Esas mismas razones ayudaron a su padre Ramón a confiar.
“Ella ahora fue a Venezuela a cumplir misión y yo tenía temor, pero confiando siempre en la Revolución y en el cuidado que tiene el gobierno con esos compañeros. Ya la tenemos aquí en Baracoa trabajando”.
El sabotaje al vuelo 455 de Cubana de Aviación que en 1976 arrebató la vida a 73 personas, impactó en los habitantes del más nororiental municipio guantanamero. El terror truncó sueños y aspiraciones de muchachos que retornaban victoriosos de una importante cita deportiva regional. También marcó la existencia de la baracoense Josefina Muguercia Yácer y de sus padres. Josefina perdió de golpe a todos sus compañeros del equipo juvenil de esgrima, aunque por casualidad, o porque lo quiso el destino, ella no corrió la misma suerte.
“Eso me ha afectado mucho, mucho… yo no puedo olvidar nunca porque allí perdí compañeros que quise mucho y que no podré olvidar nunca”.
El crimen de Barbados continúa impune. A nuestro pueblo y al mundo les sobran razones para no cejar en el reclamo de justicia.
(Tomado del sitio www.radiobaracoa.cu) |