La presencia francesa en Baracoa
14 de agosto de 2011, 02:00 pm
Por Alejandro Hartmann Matos
Guantánamo (Redacción Digital Venceremos) - En la última década del siglo XVIII, con motivo de la Revolución Haitiana, arribó a las costas baracoesas una oleada de más de 100 familias que establecieron allí sus domicilios, mejorando con su industria aquel pueblo atrasado que servía entonces de amparo a muchos corsarios españoles y franceses que, con frecuencia, depositaban o vendías sus presas allí mismo.
Su presencia trajo a la isla la introducción del café y la aplicación de las nuevas técnicas, el cultivo del añil y el jengibre, y el incremento de las plantaciones cañeras, pero también Baracoa recibió de ellos sus reglas de cortesía, lo último de literatura y filosofía, sus concepciones religiosas, sus costumbres, su moda y sus comidas, el mensaje estético de la música y el arte, así como los avances científicos de la época.
En 1802, Baracoa fue visitada por el Vizconde de Noaillés y 700 hombres del cuerpo de ejército de Leclere (general enviado por Napoléon Bonaparte para restablecer el poder colonial y la esclavitud en Haití), que el gobernador alojó a distancia, partiendo por tierra a unirse con el acampado en Santiago de Cuba, en Cayo Smith.
El auge económico producido entre 1791 y los ocho primeros años del siglo XIX, dio florecimiento a la ciudad, el primero tras siglos de penuria y pobreza. El cultivo del café ocupó un lugar cimero en los renglones de la nueva agricultura aportada por los franceses. Más de 20 cafetales se construyeron en los partidos de la jurisdicción de Baracoa: Mabujabo, Cabacú y la Celaduría.
En 1808, cuando los sucesos del 2 de mayo, resultado de la invasión de Napoleón a España, se fue creando un malestar de los peninsulares contra los franceses, que se hizo sentir en Baracoa y se convertiría más tarde en la expulsión de estos últimos hacia Estados Unidos, aunque algunos se españolizaron y recibieron el apoyo de las autoridades locales. De ese fecha a 1813, en que volvió al trono Fernando VII, la producción de café, azúcar y otros productos en manos francesas, mermó considerablemente.
El retorno de los emigrados, después de establecida la paz entre España y Francia, les permitió volver a sus antiguas posesiones. La mayoría se ubicó en la jurisdicción de Santiago de Cuba, y otros en Baracoa.
Un desarrollo económico y social comenzó a gestarse con prontitud y eficiencia en los años venideros. El alza del café propició a los franceses desarrollar nuevas áreas de siembra, aunque también hicieron inversiones en la industria azucarera.
Catorce trapiches horizontales, distribuidos en los distintos partidos de Baracoa, pertenecerían a las familias Lalé, Maché, Brocard, entre otras. Esas pequeñas máquinas produjeron raspadura y mascabado para el consumo de la región baracoana, pero también para la exportación. El puerto había sido habilitado para esas funciones, por Orden Real, desde el 24 de julio de 1803.
Otra huella que dejó la presencia francesa en Baracoa fue el caso del doctor Enrique Fabert, quien llegó en 1819 a la ciudad, se presentó al Alcalde Municipal con algunos documentos que lo acreditaban como Doctor en Medicina de la Universidad de París, y con la autorización para ejercer la profesión, otorgada por el Fiscal del Promedicato de Madrid. Trajo una referencia de sus servicios prestados en campaña, en los ejércitos de Napoleón.
Inmediatamente adquirió prestigio y sus magníficas relaciones le propiciaron muchos pacientes. Conoció a una distinguida joven baracoesa, llamada Juana de León, y le propuso matrimonio, hecho realidad el 11 de agosto de 1819, en la Iglesia Parroquial de Nuestra Señora de la Asunción de Baracoa.
Pasó el tiempo hasta que, un día, su esclava descubrió que el doctor era una mujer. La noticia, que muy pronto circuló entre emigrados franceses y españoles, hizo que se le pidiera la anulación del matrimonio por ocultación civil y fisiológica, y falsedad de documentos públicos. Fue condenada a 18 años de reclusión en la Casa de Recogida, pero mereció un indulto con la condición de que abandonara la isla.
La fuerza de los emigrados franceses resultó tanta, que en la distribución de los barrios citadinos había uno llamado el Cuartel Francés, situado al oeste como parte de los barrios de La Punta, La Iglesia, Matachín y El Cocal.
Han pasado casi dos centenares de años y todavía queda en Baracoa una extensa lista de apellidos franceses, entre los que sobrasalen Toirac, Lambert, Font, Barthelemy, Dupotey, Guilveaux, Legrá, Maché, Lalé, Laborí, Brocard, Durán, Manzanet, Vidaillet, Garon, Tur, Martín, Durive y Darux.
Fuente: Prensa Latina |