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¡Mi vecina!

Por Raciel Sayú Font, estudiante de Periodismo

27 de enero de 2009, 11:00 am

Guantánamo (Redacción Digital Venceremos) - Son las cuatro de la tarde y el lunes parece no romper con la monotonía que lo caracteriza. Detrás, quedan los días de fiestas, buenos momentos, descargas, compartir con la familia, o el descansar de aquellos que prefieren con la cama quitarse el cansancio de la semana.

Las cinco de la tarde y poco a poco las casas cobran vida y con ellas la cuadra: Juana llega del trabajo, Ariadna recorre el barrio en busca de compañía, mi madre se dispone, sin remedio, a cocinar, yo me siento a leer.

Las cinco y media, y el día está a punto de romper el tedio, faltan segundos para que una persona obligue al vecindario, con un movimiento de dedos, a compartir su rutina. La veo llegar desde mi ventana, sube los escalones, cierro el libro y aguardo… no sé cuál será la  primera, pero igual espero.

   “Esto es un perreo de esos que te vuelven loca…”, fue la presentación de lo que sería otra noche de ruido: mi vecina estaba en el barrio. Son las cinco y cuarenta de la tarde y la cuadra está completa.

  A las seis son inaudibles las voces en el televisor. Desconcertado por la bulla, una palabra obscena me obliga a levantarme del balance: afuera, José y Senaida discuten nuevamente. El agua con desperdicios de comida, orina y heces fecales de los animales que éste mantiene en su apartamento corre por el patio de aquella, a pesar de las exigencias de Higiene.

   Las seis y treinta. Feliciano se alista para competir con mi vecina en duelo musical, con el resto del barrio entre el fuego cruzado. En la calle, Ernesto, el “mango” del barrio, comprueba la potencia de su moto y, de paso, llama la atención de Roxana.

   Dan las siete y Félix, cumpliendo con los pedidos de Magali, da golpes en la pared de prefabricado para colgar el cuadro que le regalaron a ella en un intercambio. Tras la puerta de enfrente, Esther trata de dormir a su niña de cinco meses.

  Pasan cuarenta minutos. El habitual grupo de la esquina comienza su discusión cotidiana: que si Industriales, si la crisis, si Roxana y el tipo de la moto. Por la acera se acerca Fernandito: una vez más borracho y dejando rastros donde no debe.

   Son las ocho y el noticiero parece controlar un poco la situación, pero Feliciano y mi vecina siguen compitiendo…

   ¡La novela!... La única capaz de retrasar reuniones, parar fiestas, apaciguar disturbios. La Inviolable acapara para sí la atención de mis personajes. ¡Cuarenta y cinco minutos de paz! Pero ya lo dijo mi abuela: “La felicidad no es eterna”.

   Son las nueve de la noche y un “tac” indica  que inicia la peña de dominó. En el éter, mi vecina ha ganado la batalla y comparte con todos el fruto de su victoria.

   Savón y Ernesto, mientras, se encargan de que todos conozcan el desarrollo del juego de pelota: su radio tropical es viejo, pero su volumen respetable.

   Las nueve y cincuenta de la noche. Aunque la Calabacita ya pasó, Paquito y su pandilla juegan a las escondidas. Lo sé por los continuos gritos y piedras que se pierden en la oscuridad.

  Son las once de la noche. Mi vecina se ha cansado. Mañana tiene escuela. La peña de dominó es el enlace de un día con otro. Paquito y los suyos han sido llamados al sueño. Al fin puedo dormir.

Antes de rendirme a la almohada recuerdo que dentro de dos días toca la Asamblea del CDR, allí seguro podría plantear el problema aunque luego algunos vecinos me miren como si fuera un apestado. Pero, bueno, podría resultar. ¿Quién dice que los problemas de casa no podemos resolverlos allí mismo, a pesar de todos los ruidos?

Martes. Como siempre, con los bullangueros en el trabajo, el edificio está en calma. Son las cuatro de la tarde y el día seguro romperá su aburrimiento. Mi vecina llegó de la escuela y comienza a provocar a Feliciano. Esta vez no espero. Cierro el libro, toco a su puerta y le digo: ¿Por favor, podrías bajar la música?

 
 
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