Ortografía se escribe sin h
Por Eyder La O Toledano
19 de febrero de 2010, 09:00 pm
Guantánamo (Redacción Digital Venceremos)
- Fuera de contexto, las anécdotas mueven a risa: cojer por coger; baliente por valiente; aser, por hacer… La lista, con hache de horror, es larga. Lo preocupante viene cuando ponemos la historia en tierra: quienes la cuentan son profesores, y los comisores de semejantes descalabros, alumnos universitarios.
Tuve ejemplos propios como miembro eventual de los tribunales en las pruebas de aptitud para estudiar Periodismo, en la que cientos de jóvenes de preuniversitario miden conocimientos de cultura general.
Sin hablar de la falta de datos elementales de la historia, la lengua, la cultura y la política, los errores ortográficos me hicieron dudar de si en realidad me encontraba ante estudiantes que aspiraban, imagino que seriamente, a una profesión que precisa del buen uso de las palabras.
La verdad: antes de la nueva ofensiva cubana por la ortografía, escribir cada letra en su sitio no era imprescindible para pasar de un grado a otro, vencer todo un nivel de enseñanza y graduarse hasta de la universidad.
El curso pasado, por fin se abrieron las cortinas a lo que ya venía como una preocupación para muchos cubanos: la buena ortografía como necesidad en la enseñanza, la vida y el ejercicio de cualquier profesión.
Ante el bienaventurado imperativo, se aplicó un examen de ortografía a los estudiantes de último año en las sedes universitarias municipales y facultades de Ciencias Médicas. El método, sin dudas intempestivo, inquietó a alumnos y, ¿será posible?, a algunos profesores.
Los primeros vieron las grandes avenidas de estudio que se les venían encima; los segundos, confirmaron, quizás sin quererlo, la idea de que la ortografía, por lo menos en muchos de sus educandos, sí andaba perdida.
El dato de cuántos deben repetir la prueba, (sí, porque sólo el aprobado garantiza el derecho a la discusión de las tesis de grado o al examen estatal), nunca fue publicado, al menos en Guantánamo. La calle, sin embargo, me reveló unos cuantos de los que quedaron en el camino hasta el próximo intento.
La prueba trajo nuevas preguntas centradas, sobre todo, en la exigencia de los maestros, los métodos de aprendizaje y la falta de hábitos en los estudiantes en la consolidación de los elementos de la lengua madre.
Algunos dijeron que las teleclases y la reducción de la imagen del profesor escribiendo y llamando la atención, in situ, sobre palabras que podrían acarrear dudas, eran algunas de las causas. Otros fueron más lejos y señalaron falta de creatividad en los métodos de enseñanza.
Una conclusión precisa requeriría investigaciones, este reportero desconoce si existen. Eso sí, la ortografía se aprehende escribiendo y ese debe ser el principio de cualquier camino: ¿cómo es posible valorar el uso correcto de la lengua, la caligrafía, en un estudiante que entrega los trabajos de clase impresos, práctica tan usual en los últimos tiempos?
La tecnología no puede verse como un enemigo, pero el acomodo que brinda puede crearnos hábitos facilistas de estudio y, las más veces, de reproducción mecánica de conocimientos.
El aula siempre será el templo más alto. El maestro, el mayor responsable. La familia, otro eslabón del aprendizaje.
Buscar métodos que conjuguen intelecto con diversión y nuevas tecnologías parece posible y, me aventuro a comentar, eficiente.
Convertir las clases de Español en talleres en los que cada palabra revele su origen e historia, para hacerlas más interesantes. Fomentar hábitos de lectura, por su parte, hará del buen uso del idioma, que tiene mucho de memorización, un proceso de incorporación por medio del gozo.
Formarnos, como maestros, mejores que nuestros alumnos, es otra garantía que, me consta, no es todavía realidad en las aulas. A fin de cuentas, ¿qué se puede pedir a los discípulos si el educador yerra?.
Por lo pronto, el rumbo quiere corregirse. |