fistula operacionLa cirugía duró más de cuatro horas. Fotos: Cortesía del equipo médico

Apenas tiene 18 años y podía haber perdido un brazo… incluso la vida. Esta historia es la de un hallazgo que la llevó a pasar más de cuatro horas en un salón de operaciones.

Arlín Fuentes González, la joven del relato, es de Palenque, en el municipio de Yateras, y cursa el primer año de la carrera de Medicina en la provincia. Durante sus últimas vacaciones de pre-universitario decidió visitar La Habana con su madre, y allá, sin imaginarlo, la vida le jugó una mala pasada.

 

Todo se desencadenó tras una extracción sanguínea en la capital del país. En el centro asistencial la enfermera localizó, puncionó y canalizó la vena.

 

La sangre fluía; retiró la liga del antebrazo, y solo al sacar la aguja, la preocupación y hasta la alarma se adueñaron del ambiente:

 

“Cuando terminó, sangraba mucho. Pensé que haciendo presión iba parar, pero no, apareció una protuberancia que era cada vez mayor, a la que siguieron, en el decurso de los días, hematomas en la piel del brazo, las venas se oscurecieron, y el dolor inmovilizaba el miembro superior”, relata la joven.

 

Un mes estuvo en la capital, un mes con fomentos en el brazo, para combatir lo que creían en la familia que era “una flebitis” (inflamación de las venas que suele ir acompañada de coágulos de sangre en su interior). Error.

 

Ya en Guantánamo y tras el inicio del curso escolar en la Facultad de Ciencias Médicas asiste al Hospital General Docente Dr. Agostinho Neto, donde pensaba le prescribirían antibiótico, pero… sorpresa, el tratamiento de elección era quirúrgico, había que intervenir, y pronto, una fístula arteriovenosa que laceraba su brazo.

 

“Las fístulas arteriovenosas son comunicaciones anormales entre una vena y una arteria, pueden ser de origen congénito, pero también creadas por necesidad quirúrgica (hemodiálisis) o traumáticas si resultan de un accidente o herida penetrante que rompe simultáneamente la pared de una arteria y vena cercanas, como el caso en cuestión”, explica Yusmila Zerelda Mena Bouza, especialista en Angiología y Cirugía Vascular.

 

Este accidente puede ser detectable por simple inspección, al presentarse como un saco pulsátil superficial (protuberancia que late en la piel), y en otras circunstancias su detección implica realizar una arteriografía.

 

arlin fistula operacionPara evitar que le queden cicatrices a la paciente, la sutura se realizó por dentro. Fotos: Cortesía del equipo médico

La cirugía

 

“Antes de operarme daba miedo ver mi brazo: latía mucho, las manchas se oscurecían cada vez más, y además de dolor me avergonzaba, era antiestético.

 

“Al iniciar la cirugía estaba muy nerviosa: un simple pinchazo me traía al salón de operaciones… temblaba, me parecía irreal. El equipo médico me inculcaba calma y seguridad”, comenta.

 

Aunque pudiera parecer sencilla, en realidad es una intervención complicada, laboriosa, pues la zona implicada es de considerable sangrado y los vasos muy delicados.

Asevera la doctora que estuvieron más de cuatro horas en el quirófano: realizaron una primera incisión en la parte superior del brazo para controlar el flujo sanguíneo, y tras localizar la unión con la vena estabilizaron el funcionamiento arterial y devolvieron la movilidad al brazo.

 

El diagnóstico temprano de la fístula arteriovenosa es fundamental, pues luego de dilatarse las venas sobresalen protuberancias, puede producirse robo de sangre que conlleva a complicaciones mayores y terminar en amputación del miembro, sin descartar el riesgo de que estalle y se produzca una hemorragia con peligro para la vida.

 

De acuerdo con los angiólogos del Agostinho Neto, la institución tiene antecedentes de intervenciones de fístulas, pero es la primera vez que se interviene por haber sido provocada por una punción, en este caso durante el abordaje venoso para una extracción sanguínea.

 

El trauma experimentado por la muchacha se convirtió, de hecho, en referencia para sus condiscípulos de batas blancas, para quienes la evolución preoperatoria era “obligado” material de estudio.

 

“La amarga experiencia y el infortunio del “mal pinchazo” al final me dieron la oportunidad -y hay que mirar el lado bueno de las cosas, dice- de presenciar el proceder quirúrgico, vivirlo y sentir cómo variaba mi balanza vocacional hacia la Angiología”.

 

Un poco en broma, un poco en serio y sin pizca de atrevimiento le auguró finalmente a su doctora: “Seré angióloga”.

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