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Dos personas que conversan, varios transeúntes camino a sus destinos, un vendedor de tamarindo, alguien que reposa sentado en el muro y otra que cuida una bicicleta confluyen debajo o en la acera frente al abandonado almacén que antes resguardaba harina en la calle Los Maceo entre Flor Crombet y Emilio Giró, en la ciudad de Guantánamo. Todos andan inmersos en sus vidas y no presienten el peligro que les acecha.

El antiguo almacén de harina, ubicado en Los Maceo entre Flor Crombet y Emilio Giró, representa un riesgo inminente a la vida en una concurrida arteria, donde justo al lado tiene al popular Mercado climatizado Santa Catalina.

Basta con solo mirar hacia arriba para notar cómo la parte más alta de la fachada se sostiene como por “magia”, esperando que la gravedad termine de hacer cumplir su ley y mande al piso o a la cabeza de alguien, todo ese concreto suspendido. Las columnas ya no cumplen objetivo y el portal ha ido soltando de poco en poco su falso techo y adornos. Ningún cartel anuncia el peligro de derrumbe y cuando existió en el vecino local de dos pisos en la sede de la Unión Nacional de Arquitectos e Ingenieros de la Construcción, también con riesgos, la gente ni caso hacía y seguían pasando por allí como si nada amenazara.

La ruina de lo que antes fue un taller en Los Maceo entre Bartolomé Massó y Donato Mármol, sigue desafiando a la vida. Tiene más potencialidad de ser un parque o plaza, que nuevamente edificio.

Podría parecer un problema aislado lo que ocurre, pero no es así. Por la urbe del Guaso se diseminan varias edificaciones que, maltratadas por el tiempo y el abandono, ponen en riesgo a quienes se aventuran o viven por sus alrededores, sin que se adopten medidas que, al menos, puedan evitar accidentes, ante lo complejo que sería en el actual contexto económico recuperarlas todas.

Muchos de esos sitios, en el caso de los estatales, antes del deterioro acogían a trabajadores, impulsaban la vida y, de pronto, cerraban para una reparación o mantenimiento, cambio de uso o locación, y ahí comenzaban a desaparecer techos, ventanas, puertas, vigas… -como hemos visto, ha ocurrido en la práctica cotidiana- y las paredes iban quedando solas como testigos del tiempo, de los planes que no se llevaban a cabo, de inversiones mal planificadas y peor ejecutadas, de la decisión sin mirada futura, ni pies en la tierra de alguien.

La Plaza del Mercado Centro ya perdió una de sus distintivas cúpulas, y el deterioro no deja de avanzar en las restantes y en la parte aún sin reparar del interior.

Ejemplos de lo anterior sobran en diferentes espacios citadinos, pero el colmo es que, con el abandono y el paso de los días, esos edificios “con cuerpo, pero despojados de su alma”, además de aportar tristeza a los colores del paisaje urbano, comenzaron a desafiar la vida de quienes por obligación o elección se acercan a sus predios, muchas veces sin tan siquiera poder advertir un cartel o indicación que les ponga en alerta.

Aunque se ha intentado, por migajas, su recuperación, el deterioro no deja de avanzar en la otrora sede de la compañía Danza Libre, en Máximo Gómez entre Donato Mármol y Bernabé Varona.

La casa más antigua que se conserva en la ciudad de Guantánamo, sita en Bernabé Varona entre Moncada y Los Maceo, hace casi dos años, cuando Venceremos alertó en el reportaje El peligro cuelga de los balcones, sobre el deterioro que tenía el portal, donde sencillas columnas de madera carcomidas por los años sostenían el peso de las tejas rojas, hoy, tristemente, ya se perdió, para dolor de sus moradores, pero también de todo el que siente por el patrimonio, por la ciudad.

Esta edificación en Máximo Gómez esquina a Emilio Giró amenaza a los transeúntes que pasan sin advertir el ya borroso cartel que anuncia Peligro.

Lo ideal sería tratar de recuperar cada una de esas locaciones, ya sea por sus dueños legales u otros que pudieran pasar a tal rol con el compromiso de accionar en lo inmediato, pero ante una economía que solo puede batallar por mantener lo vital, al menos, se pudieran buscar soluciones que le aportaran otra utilidad, le dieran sostén en espera de recuperación futura o se eliminen los riesgos.

Las altas y pesadas vigas del proyecto de convertir al inexistente cine América en cine-teatro, se vuelven una amenaza cuando llega la temporada ciclónica, donde existen posibilidades de huracanes con fuertes vientos.

Señalizar, apuntalar paredes, vigas y portales, y tapar espacios cuesta menos que tener que lamentar la pérdida de vidas humanas, el daño a instalaciones aledañas o que tengamos que prescindir definitivamente de algún edificio que forma parte de nuestro patrimonio y distinguió en su esplendor la fisonomía citadina. Algo tenemos que hacer con esos monumentos del abandono, actuar ahora desde el ingenio y las alternativas, porque la inercia, siempre tiene consecuencias, en estos casos, nefastas.

La tienda La Nueva República es una nota discordante en la calle Pedro A. Pérez. El intento de impedir el paso y así cuidar a las personas de la precariedad de la edificación, las arroja a la calle, a merced de los carros.