No hay carretera que llegue hasta aquí. Tampoco un sendero que se deje caminar sin que el pie resbale entre piedras y raíces. En este rincón agreste del poblado de Vertientes, conocido como la Jalda del Macho en el municipio de Maisí, la topografía juega a desafiar cualquier intento de civilización y la electricidad empieza a llegar poco a poco.
Pero desde hace algunas semanas, una brigada de la Unión Nacional Eléctrica (UNE) carga sobre sus hombros la promesa de luz. No en cables ni postes, sino en paneles fotovoltaicos que van subiendo, uno por uno, por la falda indómita de la montaña.
El trabajo es lento, minucioso, casi un ritual. Cada equipo —frágil como un secreto— debe ser transportado con extremo cuidado. Los vehículos no pasan, las bestias de carga tampoco; entonces no queda otra que el esfuerzo humano. A cuestas, los hombres y mujeres de la brigada avanzan en fila india, con las espaldas tensas y la mirada fija en el horizonte.
No es solo una instalación eléctrica lo que llevan: es la posibilidad de encender un foco, de cargar un teléfono, de conservar alimentos... En zonas de difícil acceso como esta, la energía no llega por gravedad. Se gana gota a gota, paso a paso.
Pero la brigada no está sola. Los campesinos de Jalda del Macho, esos que conocen cada vereda y cada atajo, se convirtieron en guías y brazos indispensables. Con ellos, el tránsito se volvió menos hostil: señalan la piedra que cede, el árbol del que hay que colgarse, la hora del día en que la humedad no vuelve el barro una trampa.
“Sin ellos”, confiesa uno de los técnicos, “esto sería imposible”. La colaboración es un símbolo de lo que ocurre en los márgenes del mapa: cuando el Estado llega con su infraestructura, los pobladores responden con su territorio, su saber y su sudor compartido.
Al final de la jornada, cuando los últimos paneles quedan asegurados y se escucha el primer zumbido del inversor, la luz comienza a ser otra cosa.
Ya no es solo la del sol que se oculta tras las montañas. Allí, en ese instante mínimo, una fotogalería de rostros cansados pero sonrientes lo documenta todo. No es una inauguración solemne, pero es un parte de guerra ganado. Contra la distancia, contra la geografía, contra la oscuridad. Y la crónica queda escrita con la luz a cuestas.









