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Otto y EmilyLa Cruzada Teatral Guantánamo–Baracoa no es simple evento; es travesía, termómetro humano donde el teatro deja de ser escenario para convertirse en abrazo, resistencia y comunidad. En ese camino, Otto Daniel Ramírez Cairo y Emily Rosales Quesada, estudiantes de la Academia de Títeres de Bayamo, llegan no solo a mostrar un espectáculo, sino a medirse como artistas y crecer como personas. Venceremos conversó con ellos en medio del polvodel camino sobre esta experiencia.

Otto Daniel, desde la academia se debe hablar mucho de la Cruzada, ¿qué significa vivirla en carne propia?

Para mí la Cruzada Teatral siempre fue algo raro de lo que los profesores nos hablaban en la escuela. Estar aquí fue otra cosa, el público logra una conexión especial con los artistas, más allá de ser audiencia son familia: te esperan, te arropan, te acogen, porque saben que les vas a alegrar la vida.

Ese es un sentir que compartimos todos los que afrontamos esta travesía. Cuando ves la alegría de los niños que te reciben con poemas y canciones, entiendes que vale la pena todo el camino.

Además, se comparte con maestros y artistas de otras regiones. Recuerdo que en ediciones anteriores coincidimos con miembros de la Escuela Nacional de Teatro de Títeres de La Habana. Son experiencias que uno busca y disfruta porque enriquecen la vida profesional.

Emily, tú ya habías participado antes. ¿Cómo describirías esta experiencia desde lo humano?

Profundamente enriquecedora. El año pasado estuvimos aquí después del huracán Oscar, que había afectado bastante la zona, y aun así te brindaban todo. Ahora pasa algo parecido, el trato sigue siendo el mismo.

Son personas humildes materialmente, pero ricas en espíritu. Desde el punto de vista del estudiante, la Cruzada te prepara para algo completamente distinto. He participado en otros eventos y este no se parece a ninguno: aquí vives en campaña, convives con el pueblo y eso transforma tu manera de ver el teatro y la vida.

Comparando con el año anterior, Otto Daniel, ¿qué diferencias han notado en esta edición?

Las cosas están un poco más difíciles que el año pasado, sobre todo por el tema de la electricidad y el combustible. No ha sido posible llegar a todos los poblados y las funciones nocturnas, que suelen ser de las más esperadas, se han visto afectadas.

El año anterior fue más enriquecedor en ese sentido, pero aun así la experiencia sigue siendo muy necesaria.

Otto Daniel hablemos del espectáculo. ¿Qué obra traen a la Cruzada y cómo nace este montaje?

La obra se llama Los Ibeyis y el Diablo, del maestro René Fernández Santana, uno de los titiriteros más importantes del país. Este espectáculo formó parte de nuestra evaluación de segundo año, en las asignaturas de títeres de mesa y de piso.

El montaje fue un proceso muy rico, dirigido por la maestra Mileydis Jiménez Fife, actriz de Teatro Andante y profesora de la Academia. Trabajamos mucho la técnica, ya teníamos claro el formato: algo minimalista, pero con cierta grandilocuencia en los personajes y en algunos elementos escenográficos.

Emily, ¿cómo ha respondido el público a esta puesta?

El año pasado la presentamos en la segunda etapa de la Cruzada, por eso decidimos traerla ahora en la primera. Ha tenido muy buena repercusión, sobre todo en el público infantil, porque permite jugar mucho con los títeres y los niños conectan enseguida con los personajes.

Hemos tenido experiencias muy lindas con adultos y jóvenes que también disfrutan la puesta. En circuitos más citadinos funciona bien, pero aquí los infantes se involucran mucho más, quizás porque no están limitados por un escenario o un tabloncillo, algo que sí ocurre en la ciudad.

Volverían a la Cruzada…

Emily:

Yo volvería los 33 o 34 días sin pensarlo. 

En la Cruzada Teatral no hay camerinos ni alfombras rojas. Hay polvo, oscuridad, frío, lluvia... pero también tantas manos que ofrecen café y amor al artista que suplen con creces cualquier carencia.

Para Otto, Emily y sus títeres la Cruzada ofrece la forma más genuina de ser útil en el mundo. Es por eso que este evento se mantiene y mientras existan artistas dispuestos a vivirlo, el teatro cubano seguirá vivo y llegando siempre donde más falta hace.