Intentar señalar una calle de Guantánamo por donde no haya pasado Zulma Ojeda Suárez es, quizás, hablar de una ciudad imaginaria.
Desde el comienzo de nuestro encuentro no paraba de repetir: “Mi niña, no vayas a escribir nada exagerado”. No lo hacía por falsa modestia, sino porque nunca ha necesitado adjetivos desmedidos para validar una obra que se sostiene por sí misma, construida a lo largo de décadas de trabajo silencioso y persistente.
Arquitecta, urbanista, profesora, investigadora. Inquieta, vehemente, imparable. Zulma ha dedicado buena parte de su vida a pensar y transformar la provincia más oriental de Cuba y sigue hablando como si todo estuviera aún por hacerse.
Aprender caminando
“Fui alfabetizadora y es la obra más grande que he hecho, de lo que me siento más orgullosa”, resume, como si la naturalidad de su expresión alcanzara para explicar una experiencia que marcó su vida y la de un país entero.
Recuerda aquellos días en la montaña como un tiempo de andar constante, casi impulsivo. “Caminaba como una loca, sin detenerme. La montaña se adecuaba a mí y yo a ella”, cuenta, y sonríe al decirlo.
Hoy, con los años encima, sigue descubriendo significados de aquella experiencia: “Después, ya mayor, me enteré de que donde yo alfabeticé estuvo ubicado el Rancho de Tavera –tercer campamento donde José Martí, Máximo Gómez y sus expedicionarios acamparon luego del desembarco por Playita de Cajobabo el 11 de abril de 1895. Yo no conocía nada de José Martí en ese momento, pero ¿ahora? Soy una fanática empedernida”.
Habla de la Alfabetización como una proeza colectiva, y se coloca siempre dentro de un nosotros. “Todavía guardo las medallas, y cada vez que se hace alguna actividad relacionada con la Campaña, estoy presente. Fue una proeza del país y de los jóvenes. Por eso siempre afirmo que la juventud sí puede hacer grandes cosas”.
Aquella experiencia también le abrió puertas inesperadas. Tras alfabetizar, el país les ofreció oportunidades de superación a todos los jóvenes brigadistas. “Nos dieron beca para La Habana. Allí comencé un trayecto formativo que pasó primero por un politécnico, y luego me hice Química azucarera".
Fue también en La Habana donde conoció a quien sería su esposo. Se casaron jóvenes, en medio de ese hervidero de oportunidades que se abrió para toda una generación. Él ya estaba inmerso en los caminos de la construcción, y ese vínculo —personal y profesional a la vez— terminó de acercarla a un universo que empezaba a llamarla con fuerza.
De ese modo, la joven que había alfabetizado en la montaña y estudiado química azucarera terminó mirando hacia la arquitectura. A inicios de la década de 1970 llegó a la Universidad de Oriente para formarse como arquitecta, en la especialidad de Urbanismo.
No fue un giro brusco, sino una transición natural, nacida del contacto directo con la construcción y del deseo de entender, desde la raíz, cómo se piensan y se ordenan los espacios donde transcurre la vida de la gente.
Pensar Guantánamo desde dentro
Graduada como arquitecta en 1976 por la Universidad de Oriente, con especialidad en Urbanismo, inició su vida profesional en el sistema de Planificación Física, trabajando en Santiago de Cuba. Posteriormente y a raíz de la división político administrativa de ese año, acerca su quehacer a la más oriental de las provincias.
En 1990 asumió la dirección del Grupo para el Desarrollo Integral de la Ciudad de Guantánamo, responsabilidad que ejerció durante casi cuatro décadas. Desde esa posición impulsó un modelo de gestión centrado en el desarrollo humano sostenible, el uso racional de los recursos y la participación activa de la comunidad en los procesos de transformación y cuidado del patrimonio.
"Cuando me dieron la tarea de ponerme al frente del Grupo... no sentí entusiasmo. No me gustó la idea. En ese momento trabajaba en Planificación Física, como subdirectora técnica, con una estructura organizada, con cierta comodidad profesional. Aun así, acepté No por ambición, sino por responsabilidad", resume.
Una vez dentro, vino el vértigo. “Tuve que empezar a pensar quién me iba a acompañar, qué íbamos a hacer. No había un equipo hecho ni un camino trazado. Todo había que construirlo desde cero. Crear el equipo desde sus inicios fue tremendo", recuerda.
Ella misma se encargó de pensar cada paso, de convocar personas, de organizar un grupo que no quería llamar subordinados, sino colaboradores porque, según dice, lo primero que sintío fue la necesidad de buscar algo que les diera identidad.
Desde entonces, confiesa, empezó a notar con más fuerza una preocupación que la acompaña hasta hoy. “Como guantanamera, quise y quiero que mis coterráneos amen su ciudad, que piensen en ella como un sitio común. Por eso deben involucrarse todos los factores: el Partido, el Gobierno, la Juventud, la población. Hemos avanzado un poco, pero esta es una tarea muy difícil”.
“El ser humano es parte de sus raíces, de lo que ve, de lo que siente, de lo que camina todos los días”, reflexiona. Recuerda épocas duras, previas a 1959, marcadas por la deshumanización y el maltrato. “Todas esas cosas desagradables yo las conocí en mi ciudad, por eso la necesidad de buscar identidad, algo que nos reivindicara era tan grande".
De ahí nació la idea de convocar a otros. “Llamé a personal de la cultura, del periódico, arquitectos, amigos. Personas distintas, unidas por una convicción común: hablar de su ciudad y creer que debíamos defenderla", evoca.
La faena era constante, casi artesanal, y también colectiva, pensada para que no fuera solo la opinión de un grupo reducido.
Cuando llegó el momento de pensar el símbolo de la ciudad, la apuesta fue clara. “Buscamos diversas propuestas que representaran a Guantánamo y lo que este significa, hasta que reunimos cinco. Luego, hicimos una exposición en blanco y negro. Nada de colores que distrajeran porque queríamos resaltar el mensaje”.
Prepararon papeletas, organizaron votaciones, fueron a escuelas y centros de trabajo, para que no fuera solo su opinión. Contaron votos con honradez, discutieron, volvieron a reunirse. Y ganó La Fama.
Luego vinieron las reglas, los criterios para convertirla en un premio. “Dijimos que tenía que entregarse a personas que hicieran bien a la ciudad. Se definieron requisitos, formas, tamaños, ceremonias. Exigimos que tuviera fundamento y valor”. Para ella, cada detalle debía sostener el sentido profundo del símbolo y su vínculo con la historia de Guantánamo.
Bajo su liderazgo se elaboraron y aprobaron las Ordenanzas de la ciudad, en 2013, un instrumento clave para el ordenamiento urbano y la protección del entorno construido. Asimismo, su trabajo estuvo vinculado a la renovación de espacios emblemáticos como el parque José Martí y al avance del Proyecto Origen, concebido para rescatar áreas donde se asentaron las primeras poblaciones de la ciudad.
Otra de sus líneas de trabajo fue el Programa de Reanimación Urbana, que en los últimos años benefició a varias de edificaciones en la provincia, contribuyendo a mejorar la imagen de la ciudad y las condiciones de vida de sus habitantes. Estas acciones se articularon con iniciativas de desarrollo local que transformaron de manera gradual la fisonomía urbana de Guantánamo.
Su labor ha estado marcada por una concepción de la ciudad como organismo vivo, idea que ha sostenido en espacios académicos y profesionales. En ponencias y talleres ha insistido en que cada ciudad exhibe el patrimonio intangible de sus habitantes y debe proyectar una imagen capaz de atraer tanto al ciudadano como al visitante, sin perder autenticidad ni memoria histórica.
Pensar, soñar y luego actuar.
Zulma no concibe la vida desde la quietud. Jubilada solo en los papeles, continúa vinculada al trabajo cotidiano con la misma naturalidad de siempre. “Mis hijos y mis nietos me dicen: mamá, deberías descansar más y yo les respondo: déjenme trabajar. Cuando mi cabeza se llena de cosas de esas, se me olvidan todos los problemas”. Y así, trabajando, la dejaron por imposible.
Hoy es profesora universitaria y asume la docencia como un intercambio vivo. “Doy clases en la Universidad y lo aprovecho, porque aprendo de los estudiantes, investigo con ellos, no me quedo quieta”. Desde 2005 se reconoce además como educadora popular, una práctica que defiende con entusiasmo. “Me encanta porque atrae a las personas, y tiene técnicas que te ayudan a relacionarte, a insertarte en esta visión de ciudad”.
Caminar es, literalmente, una de sus maneras de estar en el mundo. “Yo soy caminadora”, dice y se ríe, pícara. Incluso ahora, contratada a distancia por el Gobierno, rehúye los cargos ostentosos. “Ellos dicen que soy su asesora… y yo me pregunto: ¿asesora de qué?, ¿de la ciudad?, ¿de la gente?”. Las palabras no la definen; la acción sí.
Su manera de pensar y de actuar viene de lejos. Recuerda a su madre como una mujer “tremenda”, de enseñanzas firmes, de respeto profundo por la diversidad. De ahí nace una ética que sostiene hasta hoy: “Cuando algo te preocupa, plantéalo. Y si no te convence, sigue tu camino, sin ofender a nadie. No siempre es fácil. A veces duele no ser comprendida", pero insiste. El respeto cuesta trabajo, reconoce.
Los reconocimientos, para ella, son apenas señales de que el camino no ha sido en vano. Ha sido condecorada, entre otros, con el Premio Vida y Obra de la Unión Nacional de Arquitectos e Ingenieros de la Construcción de Cuba (UNAICC); la Distinción por la Cultura Nacional; la medalla Jesús Menéndez; el Escudo de la Ciudad; la Fama y, por último, el título de Hija Ilustre de la Ciudad de Guantánamo, que se otorgó por primera vez, como si a ella hubiera que crearle un premio propio.
“Los lauros tiene lo suyo, sí, pero no hay mejor reconocimiento que el cariño del pueblo”, afirma. Y quizá por eso sigue caminando, trabajando, pensando la ciudad como si aún quedara todo por hacer. Guantánamo no es solo el lugar donde vive: es el espacio donde ha sembrado ideas, afectos y obras. Su proyecto de vida. Su casa.
Pie de foto: Zulma Ojeda Suárez, primera Hija Ilustre de la Ciudad de Guantánamo, reconocimiento a una vida dedicada a pensar y hacer ciudad.