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La Ciudad Primada de Cuba conoce dos himnos locales: uno, oficial, civil, patriótico, de la autoría (música y texto) de Sinesio Villanueva de la Quintana y estrenado el 12 de diciembre de 1940 por el Orfeón de la Sociedad Coral de Baracoa, y otro muy amoroso, dedicado a la mujer autóctona, todo encanto, como su tierra, única, maravillosa.

Estelvina junto a Sindo Garay

El primero es tan conocido como querido en la comarca; el segundo trasciende marcos geográficos y esconde una historia juglar, bohemia, que salta tiempos hasta alcanzar la leyenda:  Baracoa es la escena; Antonio Gumersindo Garay García y Estelvina Pineda los protagonistas. Él es un caso extraordinario en la historia musical cubana; bautizado por Federico García Lorca como “El Gran Faraón de Cuba”, y reconocido como “Trovador Nacional”. Ella una sencilla mujer despertando a la vida, que lo impresionó sumamente por su bondad, belleza y hospitalidad.

Cuentan que el Bardo santiaguero, donde nació el 12 de abril de 1867, no escapó al hechizo de Baracoa, su geografía, gente, cultura..., y allí cumplía regresos obligados. Durante uno de ellos vio a Estelvina, una atractiva joven de 16 años de edad.

Fue en 1918, pero no se sabe a ciencia cierta si al descender una tarde crepuscular del vapor Glenda; o desde la puerta del modesto hospital, hoy sede del Comité municipal del Partido.

La versión más reiterada es la segunda. Sindo, patriota de cuna, quien tuvo el alto honor de servir a Antonio Maceo como mensajero y estrechar la mano de José Martí en Dajabón, República Dominicana en 1895, poco tiempo antes del desembarco por Playitas de Cajobabo, tenía por costumbre inscribir a sus hijos con nombres indígenas: Hatuey, Guarina y Guarionex.

Estelvina en sus años mozosEste último hijo condicionó la leyenda al ser ingresado en el hospital de Baracoa. Fue entonces que se suscitaron los hechos: Sindo, quien asistía al hijo internado, “descubrió” a Estelvina en el umbral de la casa número 14 de la calle Martí. Había ido a pedir un vaso de agua y lo atendió la bella esposa del carpintero Manuel Estévez.

Norkis Tey Piedra, sobrina-nieta de Estelvina, repite la historia mil veces contada por la inolvidable tía-abuela que la crió: “Sindo regresó al hospital, junto a su hijo, pero muy pronto volvió. Esta vez con inusitada petición al esposo: un serrucho y ese fue el instrumento musical para materializar la repentina inspiración: La Baracoesa.

“Sostuvieron una relación de amistad muy respetuosa, así lo refería y recordaba mi abuela. Al partir entregó la canción a Juan Manuel Toirac, uno de los trovadores con los que compartía las jornadas juglares en el barrio La Playa”.

Sindo murió el 17 de julio de 1968 a los 101 años de edad. Durante 91 creó incesantemente, desde 1877, cuando con solo 10 años destapó el genio creativo y compuso Quiéreme trigueña, su primera obra.

Su vida habla de pobreza y humildad: fue aprendiz de talabartero, payaso y maromero de circo. Aprendió a leer y escribir de manera elemental y con Pepe Sánchez, en Santiago de Cuba, conoció la guitarra y se hizo a la música.

Pero era un genio: su franco analfabetismo musical no le impidió lograr secuencias armónicas que sorprendieron a eruditos estudiosos al romper cánones establecidos por las grandes escuelas de música.

Fijó residencia en La Habana en 1906, pero cantó por toda Cuba y el extranjero: Santo Domingo, Puerto Rico...; Francia lo conoció en gira artística con Rita Montaner, tan grande como el bardo oriental, cuyos restos descansan en la necrópolis de Bayamo, donde cada 17 de julio recibe flores, acordes y canciones.

En la Ciudad Primada no se espera tanto, Sindo latió en la sangre de Estelvina, hasta 1989, cuando ella murió, y desde entonces viven en el recuerdo y orgullo de quienes cada noche piden a sus músicos y juglares La Baracoesa, la apasionada obra que los mantiene unidos en la posteridad: “Si Dios me mandara, buscar con certeza, yo solo quisiera, la mujer baracoesa, la baracoesa".

La Baracoesa

Ella lleva en su alma

un inmenso tesoro,

y más dulce que ella

es el agua del Toa.

La cacique más pura

que le queda a mi Cuba.

Las de las verdes montañas

de Baracoa.

Tiene en su alma

eterna pureza

que yo ligaría

que yo ligaría

con toda mi vida,

si Dios me mandara

a buscar con certeza,

yo solo quisiera

la mujer baracoesa

la baracoesa.