Felipe Guerra Matos llegó con su barba negra y andar ligero. El edificio circular, de unos 20 000 metros cuadrados al que estaba entrando, le era muy diferente al paraje montañoso y de tupida vegetación, en el cual había vivido y cumplido los últimos tres años de sus entonces 32.
En el espacioso recinto no asumiría una emboscada como la que le ordenó Fidel en Cienaguilla, tampoco la difícil misión de llevar hasta la Sierra Maestra al periodista estadounidense Herbert Matthews, a fin de entrevistarse con el Jefe del Ejército Rebelde para que el 24 de febrero de 1957 el mundo conociera la verdad. El movimiento revolucionario de Cuba estaba vivo, con su líder al frente.
La encomienda que el Comandante en Jefe de la Revolución le dio fue la de ponerse al frente de la Dirección General de Deportes. Se lo anunciaron el 13 de enero de 1959, y al día siguiente estaba en el Coliseo de la Ciudad Deportiva.
Heredaba un movimiento deportivo que, según datos de 1958 del propio Gobierno de turno, solo le daba acceso al 0,25 % de la población a la educación física. De deportes solo el beisbol y el boxeo copaban las expectativas, aunque también existía, en las inmediaciones de lo que hoy conocemos como el municipio de Centro Habana, el jai alai o cesta punta.
Poco, casi nada, se hablaba de la Isla en torneos internacionales, ni en Juegos Olímpicos ni en citas panamericanas; incluso ni en las lides de Centroamérica y el Caribe, salvo raras excepciones como las del bólido Rafael Fortún, un negro camagüeyano que para asistir a eventos fuera del país hubo de hacerse una recolecta de dinero para cubrir sus gastos. Es decir, había que empezar de cero.
Ese 14 de enero, cuando apenas llevaba unos minutos en el Coliseo, un periodista se le acercó y le preguntó, con tono retador e insidioso al verlo enfundado en su verde olivo uniforme, ¿qué sabe usted de deportes?
De deportes no sé nada, pero de guerra no sabíamos nada y la ganamos, así que aquí la Revolución también viene a ganar, fue la respuesta de Guerrita.
Dos semanas después, un día como hoy 29 de enero, hace 67 años, Fidel entraba por primera vez a la Ciudad Deportiva. Allí dejaría clara la misión que iniciaría el capitán Guerra Matos. La convicción expresada era como si en aquella jornada se estuviera plantando en tierra fértil la semilla de una potencia deportiva mundial, cuando nadie era capaz de imaginar tan colosal hazaña.
Venimos decididos a impulsar el deporte a toda costa, llevarlo tan lejos como sea posible, pero para ello es necesario la ayuda de todos: de atletas, de dirigentes, de organismos, de comentaristas deportivos,dijo Fidel.
Tal vez algunos pensaron ¿con qué vamos a hacer eso? Pero el invicto barbudo tenía la respuesta desde la concepción misma que él le veía al deporte. Era en sí mismo un atleta, vio y sintió por su propia experiencia que el deporte no solo ayuda a la salud física, no solo ayuda a formar el carácter, no solo ayuda a forjar hombres de espíritu y cuerpo fuertes, sino que también alienta al pueblo, entretiene al pueblo, hace feliz al pueblo.
De ahí que asentara como máxima la participación, sin exclusivismo, y que legara la definición de la que brotaron los éxitos deportivos más grandes de un país del Tercer Mundo: el deporte es un derecho del pueblo.
La simiente que le entregó a Guerra Matos no era un simple deseo o un sueño, contaba con una sólida estrategia que comenzó por crear la fuerza técnica. Sabía que en la América subordinada a Estados Unidos, mediante su desprestigiada OEA, no hallaría las manos que ese imperio le había amputado para acercarse a Cuba.
Varios entrenadores con experiencia fueron en un primer grupo a capacitarse en cursos de nivel medio a los países socialistas de Europa; luego vinieron técnicos de esas naciones, y más tarde un grupo de jóvenes llegaron al Viejo Continente, ya para estudios superiores.
Con esa fuerza preparada nació la Escuela Superior de Educación Física, el antecedente de la hoy conocida Universidad del Deporte; germinaron los Juegos Escolares. Cuba crecía, y lo hizo tanto, que en 1970 ya dominaba los Juegos Centroamericanos y del Caribe, en 1971 fue segunda en los Panamericanos y hoy ocupa el lugar 16 en la historia de los medalleros olímpicos. Son 15 los deportes con preseas mundiales y bajo los cinco aros.
En el centenario de su nacimiento hay que volver a él, porque si bien predijo hace 65 años, el 19 de noviembre de 1961, que el deporte va a ser una actividad que se va a popularizar y generalizar hasta una dimensión que posiblemente ahora muchos ni se lo imaginen, también vio este momento.
La creciente desigualdad que impera en el mundo, en el cual los ricos son cada vez más rico y los pobres cada vez más pobre, sentenció la frase del 24 de agosto de 2008, en su imprescindible artículo Para el honor medalla de oro: No vivimos hoy las mismas circunstancias de la época en que llegamos a ocupar relativamente pronto el primer lugar del mundo en medallas de oro por habitante, y por supuesto que eso no volverá a repetirse.
Sin embargo, ese mismo día, como hace hoy 67 años, seguía decidido a impulsar el deporte, llevarlo tan lejos como sea posible.
Esa es la razón por la que exigió: revisemos cada disciplina, cada recurso humano y material que dedicamos al deporte. Debemos ser profundos en los análisis, aplicar nuevas ideas, conceptos y conocimientos. Distinguir entre lo que se hace por la salud de los ciudadanos y lo que se hace por la necesidad de competir y divulgar este instrumento de bienestar y de salud. Podemos no competir fuera del país y el mundo no se acabaría por eso. Pienso que lo mejor es competir dentro y fuera, enfrentarnos a todas las dificultades y hacer un uso mejor de todos los recursos humanos y materiales disponibles.
Por esa senda, con colosal esfuerzo, camina hoy el movimiento deportivo. Ya no tiene que empezar de cero, guarda un tesoro de experiencias y cuenta con la sabiduría de sus profesionales, de sus científicos; con el honor de sus deportistas, y con la exigencia de un pueblo de una vasta cultura deportiva, que también demanda que sigamos decididos a impulsar el deporte.
Tomado de JIT




