No es solo cuando se gana que se debe ponderar a un deportista o a un equipo. Hay que ser capaz de reconocer, aun en el momento más difícil, el del revés. Y si se hace desde el conocimiento de que en el grupo clasificatorio no era favorito, entonces es obligatorio.
Aplaudo este equipo Cuba, que quedó eliminado este miércoles en la primera ronda del VI Clásico Mundial de Beisbol, su ímpetu sobre el terreno, la manera en que sus jugadores defendieron cada pelota, y la unidad que apreciamos en el dogaut. Pero también el cómo emprendieron un reto, sabiéndose una plantilla con deudas, pero jamás vencida.
No podríamos cerrar las cortinas de esta corta puesta en escena sin hablar de la vergüenza de esos peloteros. Vi consternado a Julio Robaina el día que no pudo cumplir como abridor ante Puerto Rico; fue impresionante apreciar al experimentado Alfredo Despaigne correr a más no poder para romper un dobleplay, o ganar una base desplazando su voluminosa anatomía hasta el tercer cojín y llegar a ella por el piso, como si fuera un juvenil. Por eso comparto con la dirección que, ni en la peor de sus circunstancias, debía estar en el banco
Cómo no destacar a Yoan Moncada, visiblemente resentido en el último partido y, sin embargo, no salió del juego. Ni que decir del lanzador Yariel Rodríguez, quien dijo que no quisiera dejar de lanzar un inning con su equipo.
Tras la dolorosa derrota ante Canadá, no porque se perdió sino por cómo se cayó, Yoel Yanqui dio la cara. No hay que echarle la culpa a nadie. No estuvimos bien en ese partido, distó mucho de lo que veníamos haciendo como equipo. Cada uno se entregó con todo, aunque comprendo que la afición no se sienta satisfecha.
Es cierto que con esos atributos por sí solos no se gana, pero son las premisas para dar pelea, y ese grupo la dio. Creo, además, que ese ambiente es un mérito de la dirección, encabezada por Germán Mesa, a quien le tocó conducir, tal vez, el conjunto menos fuerte que la Mayor de las Antillas ha presentado en estas lides.
Asumió una escuadra que estuvo completa solo tres días antes del evento beisbolero más grande a nivel de selecciones. Lo hizo casi sin staff de aseguramiento, por las negativas de visas del país anfitrión del certamen.
Los seres humanos no somos perfectos, y por supuesto los peloteros y sus directivos no son la excepción. Entiendo que Mesa quería buscar más fortaleza ofensiva ante un picheo como el canadiense, de una inmaculada disciplina táctica. Mas, lo que es difícil comprender es que tratáramos de usar el arma del enemigo para enfrentarlos, es decir, la ofensiva.
El elenco cubano fue dirigido acertadamente en los dos primeros choques, incluso cuando caímos ante Puerto Rico, en la tercera salida. Los argumentos fueron excelente comportamiento del picheo y certero manejo de este, y una custodia del campo que mostró al equipo con posibilidades, aun cuando era anémica su producción ofensiva.
Por eso sorprendieron los cambios en la alineación, justamente en el choque decisivo. La salida de Arruebarruena, la entrada de Yanqui en primera, que obligó a que Ariel Martínez fuera al jardín izquierdo, y la sustitución de Omar Hernández por Andrys Pérez en la receptoría no mejoraban sustancialmente el poder de los maderos, pero si deterioraba considerablemente la defensa, que en el beisbol de alta calidad, gana juegos de pelota.
Si nos ajustamos a todo lo sucedido en el juego, la Mayor de las Antillas hubiera ganado 2-1.
La carrera del tercer capítulo entra por la pifia del receptor, al poner en la antesala a un corredor que luego anotó con elevado de sacrificio. La segunda llegó por un jonrón, pero las tres del sexto se escaparon del guion de ese capítulo.
Elevado de foul al que el máscara no llega, era el primer out; elevado a segunda que se cae, el segundo; y otro foul que Pérez se pasó en su búsqueda, era el tercero. Hubo un cuarto out, un ponche, declarado interferencia porque el hombre detrás del plato uso su careta para detener la pelota.
Las otras dos marcas canadienses en la pizarra se producen porque Ariel Martínez no pone out a dos inofensivos elevados a la pradera izquierda.
En resumen, las dos carreras cubanas bastaban, porque en la pelota de máximo nivel se gana con lo justo, si hay buen picheo, que lo hubo, y si se defiende certeramente: el out, tiene que ser out. Si no, se paga caro.
No condeno a Andrys y mucho menos a Ariel, el mejor bateador cubano, como tampoco a Germán Mesa. Al que calza los arreos, porque lo sabemos gran receptor, no como lo vimos ayer; a Ariel, porque no es jardinero, y a Mesa, porque no se dió por perdido. Lo que creemos es que el juego decisivo no era el indicado para el cambio de alineación.
Se sabía de antemano que el bateo estaba herido y la realidad fue aplastante: 20 jits en cuatro desafíos arroja un promedio de cinco en cada uno. De hecho, en dos se dieron esa cantidad, en otro solo dos, y únicamente frente a Colombia (8) se rebasó esa media. Los 41 ponches recibidos dan a más de diez por partido.
Por eso la defensa era primordial. Ponerla en peligro por buscar ofensiva, aunque entendible, significaba un altísimo riesgo. El alto mando lo tomó, valientemente, aun cuando no dejaba de ser una decisión temeraria, tanto que le costó el juego y la clasificación.
Pero como dice el refrán, de los cobardes no se ha escrito nada. Aquí escribimos de los valientes que se propusieron avanzar, con vientos y mareas en contra, de los que formaron el plantel que se tuvo al alcance, de quienes vistieron con orgullo el uniforme de su Patria.
Tomado de JIT




