Con su quehacer diario, Ramón Ramírez Rivera traslada cuantiosas toneladas de mercancías y contribuye al ahorro de combustible.Ramón Ramírez Rivera, arriero en las montañas de Yateras, está ahora más orgulloso de su oficio porque nunca imaginó que sus mulos recobrarían tanto valor en un mundo de modernidad, marcado por vehículos eléctricos, drones y la 5G.
Con el Plan Turquino, programa de desarrollo de las montañas, que las dotó de tractores, maquinarias especializadas, potentes vehículos y otros adelantos tecnológicos, muchos de sus habitantes, entre ellos productores agrícolas, optaron por echar a un lado los útiles cuadrúpedos, olvidando que nadie camina como ellos en los intrincados parajes.
“Son insustituibles”, asegura Ramón, al referirse a los nobles brutos, animales que recuperan su espacio como medio de transporte de personas y mercancías, en medio de la emergencia energética que vive el país por falta de combustibles.
“Ser arriero es oficio complicado, sobre todo en las actuales condiciones. Yo asumo los requerimientos diarios de la Unidad Básica de Producción Cooperativa (UBPC) José Maceo, a la que pertenezco, y, siempre que es posible, tender la mano a otras que necesitan cooperación.
“En tiempo de cosecha lo principal es el tiro de café desde las plantaciones hasta los puntos de acopio. Les “pego” diariamente seis latas de cerezos a cada uno de los nueve mulos que conforman el arria y, en ocasiones, doy siete viajes en una jornada de trabajo, luego ayudo a la cooperativa más cercana”.
También es tarea de Ramón distribuir cada mes las mercancías de la canasta básica a las bodegas de San Rafael, Raisú y Peña, lugares intrincados a los que no llegan ni las yuntas de buey. “Cuando llueve y los arroyos crecen, la travesía por esos endemoniados trillos resulta escalofriante”, declara.
El arriero –asegura- además de audaz tiene que ser muy sacrificado, porque la mayoría de las veces sale a trabajar y no sabe cuándo regresa. Madruga para preparar los animales, poner el aparejo, la carga, arriarlos… y atenderlos bien al término de cada jornada.
“A mis mulos (cuatro hembras y cinco machos) los baño, doy de comer y los nombro: Corojito, Moreno, Tojosa, Aguardiente, Torcaza, Guayabita…, tal vez por esos detalles nos entendemos bien, aunque en ocasiones alguno se rebela”.
Explica que los animales son propiedad de la UBPC, pero lo tiene y protege como propios desde hace cuatro años. “A ellos les debo las mejoras de mi trabajo y el aumento del salario”, precisa y comenta complacido: “este año me asignaron juegos de herraduras con clavos y ya uno las calza y anda como persona con zapatos nuevos”.
Al tiempo que contribuye al rescate de una tradición prácticamente perdida de los campos guantanameros, Ramón con su arria demuestra que desde cada puesto de trabajo, por sencillo que parezca, es posible encontrar alternativas para ahorrar combustibles y desafiar el inhumano bloqueo mediante el cual el gobierno de los Estados Unidos pretende asfixiar a la economía cubana.