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DSC 0474En una gaveta, el guantanamero Orlando Serrano Rodríguez guarda un fajo de papeles con evidencias de casi toda su vida. Certificados de cuando fue Delegado de la Agricultura, el Reconocimiento por su misión en Etiopía, varios diplomas que lo anuncian fundador del Partido, fotos de cuando era un mulato joven y fornido, rodeado de varios ucraniano

Y en su mente, recuerdos frescos, vibrantes, tan exactos que más de una vez me hace buscar una agenda, un texto referencial que no existe en sus manos de hombre casi octagenario, mientras me cuenta sobre las dos ocasiones en las que estuvo, sino cerca del abrazo, en la misma habitación que el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz.

 “Cuando uno vive cosas tan importantes no las olvida -me dice como una sentencia indiscutible- y estar con Fidel, ser testigo de su humildad, de su interés por la región oriental, y su visión de desarrollo tan profunda, es uno de los recuerdos más importantes de mi vida”.

La primera vez que lo vio, en 1971, el guajirito del Realengo 18, el que con 13 años recogía café como obrero agrícola a 15 centavos la lata, y con unos pocos más se pegaba en los campos de caña por 38 centavos al día, era Delegado del Instituto Nacional de la Reforma Agraria, INRA, en la región.

Un año antes, como subdelegado de esa organización que agrupaba las cooperativas cañeras, había logrado que la región fuera de las pocas en cumplir  -con 125 mil toneladas procesadas- el plan de azúcar que debía impulsar la Zafra de los Diez Millones que nunca llegaron a ser.

“Yo casi acabo de ser nombrado y me avisan que tengo que irme, junto con el Secretario del Partido, René Anillo Capote, para Santiago de Cuba, porque el Comandante iba a emprender un recorrido por África y antes quería tocar con las manos cómo andaba la economía del país”.

El quórum de hombres valiosos era grande. Guillermo García Frías, Armando Hart, Juan Almeida. Recuerda.

“Y yo tranquilo, porque se suponía que el Secretario daría el informe, que además, no era solo de la Agricultura. Quién me iba a decir que a la hora de la verdad, Anillo Capote me pediría los resultados de la región ante el Comandante.  Seguía tranquilo, porque tenía los conocimientos, pero ya no tanto”.

Con el punto final, recuerda, el líder de la Revolución Cubana, solo espetó: “Ya tengo una idea”, y siguió con las otras regiones, porque además, nosotros fuimos los primeros.

Más tiempo, aclara, tomó la segunda ocasión de cercanía. “En el año 72, nos citan para la Casa de Visita de San Andrés, en Niceto Pérez, a todos los dirigentes de la región -antes de la División Político-Administrativa de 1976 incluía a Guantánamo y Santiago de Cuba-, para volver a informar sobre cómo marchaba el territorio.

“Lo que no esperamos era que el Comandante nos dijera, así de pronto, que le enumeráramos lo que nos hacía falta en cada sector para lograr más desarrollo”.

Silencio. Miradas. Solo eso sobrevino. Y entonces el líder, que si algo sabía era medirle el pulso a la gente, reacomodó el asombro. “Ustedes no vinieron preparados para pedir, sino para informar. Vamos a tomarnos un café, para que piensen un poco, y luego seguimos”.

Cuando se retomó la reunión, “estábamos en las mismas, y entonces él sacó un papel con su visión de desarrollo. Ese día, en un encuentro que duró desde las nueve de la mañana hasta las tres de la tarde, se perfilaron buena parte de las obras y proyecciones de la región, sobre todo, del Guantánamo en que nos convertiríamos luego.

“De allí salieron las ideas para la construcción del Hospital General Docente Agostinho Neto, proyectado entonces con 800 camas, porque ya el Pedro Agustín Pérez no daba abasto; el Poligráfico, la Formadora de Maestros, la Empresa de Productos Lácteos y la presa Jaibo; se aprobó el completamiento de los equipos para terminar la senda derecha de la autopista hasta Río Frío y el embalse La Yaya, que ya había comenzado, y se asignaron dos brigadas de bacheo para el mejoramiento de las calles”, rememora.

“Él venía preparado con todo aquello, y nosotros solo pudimos aplaudir cada idea, que él exponía con lujo de detalles, y con una sencillez abrumadora, como si fuera uno más. Recuerdo que cuando nos dio las brigadas de bacheo, nos dijo: No se crean que voy a darles cinco o seis, dos por ahora, y con esas vayan tirando”.

Dos encuentros que lo marcarían para siempre, que lo hicieron seguir cada palabra del Comandante, convertirlo en maestro, en guía para ser un mejor dirigente y cabeza de familia. “En todos mis años de trabajo, no tengo una sola llegada tarde, ni una mancha. Eso se lo inculco a mi familia -una prole que lo enorgullece, donde hay obreros, profesionales, gente buena.

“Es un hombre como pocos, que me inspiró en un camino de ética, de servicio al pueblo sin nada a cambio, a pesar de que yo manejaba millones de pesos, tierras, ganado. Que es humilde, disciplinado, tiene palabra, iluminado, admirado sin fronteras. Todavía recuerdo a aquellos primitivos pobladores de Etiopía que no sabían una palabra de español, pero lloraban cuando escuchaban que alguien decía Fidel Castro o Che Guevara, de las conversaciones en la extinta URSS, del ustedes son de la Patria de Fidel, frase que nos perseguía donde estuviéramos”.

De ese día en San Andrés, mientras las perspectivas de un Guantánamo mejor retumbaban en las sienes de los máximos dirigentes locales, Serrano Rodríguez guarda una anécdota que hasta hoy le sirve para medir a un buen dirigente, incluido a él mismo.

“Así, sin más, Fidel se levanta del asiento y va para la cocina, levanta la tapa de un caldero humeante y le pregunta a las cocineras si estaban seguras de que alcanzaría para los choferes. Un presidente, un hombre de su cargo y sus méritos, y aún así pendiente a cada detalle. Y sí, la verdad es que alcanzó para todos, la comida pero también la lección”.

Le doy las gracias, y me marcho. En casa transcribo. Doy forma, aprieto los hechos de una vida plena  en unas pocas líneas -oficio nuestro, tan ingrato a veces-, y solo entonces me doy cuenta de que Fidel, en casa de Orlando Serrano Rodríguez, se menciona en presente.