
Por un año estuvo en el poblado ecuatoriano, donde trabajó con 62 pequeños, cifra sorprendente porque no estaba acostumbrada a ver tantas criaturas con la grave afectación.
“Logré mucha empatía y familiaridad con mis pacientes, a quienes apoyé siempre, sobre todo mientras se sometían al duro proceso de la diálisis, y en ocasiones al transplante, operación en extremo difícil a tan temprana edad.
“Cuando supe que por razones políticas del gobierno de Ecuador tenía que regresar a Cuba, el corazón se me lleno de tristeza, ello presuponía que muchos de esos infantes inocentes perderían la posibilidad de recibir adecuado tratamiento.
“Recuerdo los rostros al partir: el pueblo agradecido y triste se reunió para despedir a este ejército de batas blancas, que en un año hizo más, que el sistema sanitario nacional durante muchísimo tiempo”.
De vuelta a casa, junto sus compañeros colaboradores, Maribel siente el orgullo del deber cumplido, y está dispuesta a retomar la tarea donde sea, para devolver la esperanza a todo aquel que la necesite.