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1Carmen Hernández Sabouren está indisolublemente ligada al mayúsculo aporte de Martha Rojas en la preservación de la memoria del Juicio del Moncada.No fue hasta muchos años después, que Carmen Hernández Sabourín advirtió el peligro de aquellos días cuando ayudó a transcribir notas que luego se convertirían en El Juicio del Moncada, título definitivo del libro de la periodista Marta Rojas Rodríguez, que se considera el documento más completo escrito sobre esos sucesos, prologado por Alejo Carpentier, junto a Melba Hernández y Haydée Santamaría.

Mientras las incidencias de la Causa 37 del Tribunal de Urgencia –entre el 21 de septiembre y el 16 de octubre de 1953-, llegaban a sus manos, Carmen no era todavía la luchadora clandestina en que se convirtió luego, llevando y trayendo mensajes para la Columna 18 Antonio López Fernández, sino una estudiante pobre de la Escuela Normal para Maestros de Oriente, en Santiago de Cuba.

Algún fabulador, incluso, podría advertir como un guiño del destino sus encuentros con Frank País (también estudiante de la Normal) desde entonces despuntando por sus dotes como líder, y a quien todavía hoy agradece haberse titulado como Maestra:

“Yo empecé la Normal en Guantánamo y tuve que trasladarme a Santiago porque la cerraron. En ese tránsito, se perdieron mis notas escolares, y la Secretaría me llamaba constantemente para informarme que no podía continuar en la escuela. Ahí entra el sentido de justicia y la preocupación de Frank, quien, al abordarlo un día en busca de ayuda, casi sin dejarme hablar me dijo: “Tranquila, que por donde sale uno, tienen que salir todos”, en alusión a otros dos estudiantes con una situación parecida, pero de familias influyentes.

Insistimos en las coincidencias, pero Carmitica –como la conocen de siempre, desde los tiempos de la Normal y casi 60 años después, en el poblado de Jamaica, en el municipio guantanamero de Manuel Tames, donde vive- se mantiene en su papel de protagonista, de quien hizo lo que debía hacer en el momento justo, sin entender necesariamente la dimensión exacta de aquellas palabras que ayudó a salvar para el futuro.

Papeles no son papeles

“Yo era muy amiga de Mirta Rojas, la hermana de Marta, quien con 23 años (Marta) acababa de graduarse como periodista. En los días siguientes al Asalto, incluso, le había preguntado por ella y me había dicho: Esa está loca, con lo revuelto que está todo y dice que va a entrar al juicio del Moncada”, recuerda.

En efecto, así fue. “Los días del juicio eran complicados, así que aceptamos cuando Marta nos pidió ayuda para, rápidamente, transcribir sus notas, que escribía en pedazos de papel, con letra muy pequeña y muchos garabatos, que a ella se le antojaban taquigrafía.

3Martha Rojas relee los originales escritos en 1953.

“Era muy trabajoso. Salíamos de la Normal y nos íbamos, junto a Marta, a la casa de sus padres o de un tío de ambas en el Entronque de Boniato, tecleábamos toda la tarde con una maquinita de escribir portátil, y al otro día Escuela Normal.

“Todos los viajes a Boniato, por cierto, lo hacíamos en guaguas llenas de soldados, que iban y venían de la cárcel. En una ocasión, uno de esos militares tuvo un encontronazo con Marta, pero ella tenía una facilidad tremenda para convencer y salir de los aprietos, sabía hablar, y al final no pasó nada”, precisa la guantanamera.

De Marta, en específico, recuerda su rigor como periodista. “Era rápida con la máquina de escribir, por eso a veces le dictábamos, otras veces lo transcribíamos nosotras y ella lo verificaba. A cada rato nos decía, paren ahí, léanme lo que está escrito en máquina. En ocasiones nos mandaba a virar para atrás, cambiar palabra, porque para agilizar ya ella iba ordenando las ideas…”.

Al testimoniar especialmente para estas reporteras, la escritora Marta Rojas Rodríguez, quien trabaja desde su fundación en el periódico Granma (antes Revolución) confirma y precisa algunos detalles:

“El juicio fue largo y complejo y no se permitió –dada la censura de prensa— llevar ni cámaras fotográficas, ni grabadoras. Yo, que me estrenaba como periodista, tomé todas las incidencias a mano, con notas que escribía de forma rápida en papel gaceta, que doblaba como un acordeón para poder disimular el papel en mis ropas, en caso de que a la salida de la sala decidieran quitármelo. Así lo hice dada la vigilancia extrema con los periodistas acreditados.

“Es en ese punto donde tuvieron que ver Carmitica y mi hermana Mirta, pues en aras de realizar el trabajo rápidamente, me ayudaban mucho, dictándome las notas que yo había tomado en la sesión o transcribiendo ellas, pues, aunque yo no usaba taquigrafía, escribía con signos y abreviaturas que solo yo entendía”.

Reitera la prestigiosa periodista cubana, que las transcripciones se hacían fundamentalmente en la casa de sus padres, en la hoy Ciudad Héroe de Santiago de Cuba, aunque cuando las cosas se ponían malas, que era casi siempre, iban hasta el Entronque, a la casa de su tío Manuel. Es un lugar que está camino a la cárcel de Boniato, donde permanecían los asaltantes del Moncada”.

4En diálogo con el coronel Chaviano, durante la conferencia de prensa el 26 de julio de 1953.

Aunque sabía de la censura de prensa reinante, la recién estrenada reportera escribía con la premura de quien va a publicar mañana, y el cuidado de quien entiende la importancia de los hechos de los que es testigo. “Si no hubiera creído que el Moncada marcó un antes y un después en la Revolución cubana, me hubiera ido de allí como la mayoría de los periodistas”, ha dicho la escritora y periodista.

Una sensación a la que tampoco pudo escapar Carmen. Carmitica: “Nosotras no estuvimos, pero ese trabajo con el que colaboramos, nos trasladaba al juicio, tal era el nivel de detalle que logró captar Marta. A mí me emocionó mucho la parte en que Fidel comenzó su alegato de autodefensa –el 16 de octubre, en la Sala de Enfermeras del Saturnino- y cómo con cada palabra, con cada denuncia, los guardias se iban desplomando. Esa fue la primera vez que supe de él, y me impresionó desde entonces”.

Un alegato que fue reconstruido por Fidel Castro durante su estancia en la prisión de Isla de Pinos, y publicado clandestinamente por medio de las heroínas Melba Hernández y Haydée Santamaría bajo el título de La Historia me Absolverá, “en un chinchal de imprenta en la calle Benjumeda, cerca de la Avenida Ayestarán, en el hoy municipio capitalino Plaza de la Revolución, de La Habana”, esclarece una de las más reconocidas firmas de la prensa escrita cubana.

De lo vivido y lo contado

Los detalles van y vienen en la mente de Carmitica. Lo que sentía con cada palabra que escribía, ante las narraciones de los hechos del Moncada, algún esbozo sobre la actuación de los magistrados y la urgencia con que deliberaron antes de dictar la sentencia ominosa de 15 años de prisión, ante las convicciones de aquellos jóvenes casi tan jóvenes como ella misma.

“Uno entiende mejor la historia cuando te toca, cuando la conoces de primera mano, y eso fue lo que pasó conmigo, con nosotras. Tuvimos ese texto trascendental en nuestras manos, en el que se retrató la Cuba de entonces, los desmanes de la tiranía, pero también el país al que aspiraba la Generación del Centenario, Fidel, sobre todo”, confirma la educadora.

Mucho ha pasado desde entonces. Una vida entera dedicada al magisterio, al que se entregó en cuerpo, alma y sin medias tintas, sus ires y venires en la clandestinidad junto a parte de su familia, el dolor por el hermano que perdió un ojo durante la lucha y de los muchos que conoció que perdieron la vida.

Pero la admiración por los protagonistas de esos días, por los asaltantes, por Marta que puso en riesgo tantas cosas para preservar esa historia, y sobre todo por Fidel, sigue intacta.

“Ustedes me preguntan si creo que la Historia absolvió a Fidel, y yo creo que sí. Con los años, he pensado mucho al respecto, he vuelto a leer el libro, y entiendo que cada cosa prometida, enunciada por Fidel como necesaria para el país, fue cumplida por la Revolución. Lo que queda por hacer, eso ya nos toca a nosotros”.

2Carmen agradece a Frank País, su permanencia en la Normal y haberse graduado como Maestra.