El 4 de agosto de 1871 en Limonar de Monte Ruz podían escucharse los disparos de las armas de los dos bandos que combatían en el cercano cafetal La Indiana, en las montañas guantanameras.
En el primero de esos sitios habían quedado acampados los familiares de los combatientes, dirigidos por Máximo Gómez Báez quien encabezaba la fuerza del Ejército Libertador que iniciaba así la Invasión a Guantánamo.
Se trataba de activar la guerra por la independencia cubana, iniciada el 10 de octubre de 1868, que no había prendido aún en el Alto Oriente, donde los factores colonialistas prohispánicos se beneficiaban con el florecimiento de la riqueza cafetalera intocada por la contienda.
En Limonar, Mariana Grajales Cuello sabía que sus hijos Antonio y José combatían en La Indiana. La esposa y madre había seguido a la familia a la manigua tras convocarla en su finca de Majaguabo a unirse a la lucha por la libertad de Cuba.
Efectivamente. José fue uno de los crudamente heridos en el feroz e histórico combate, donde la tropa de Gómez, en particular los Maceo Grajales, derrochó coraje. Entre las mujeres, hermanas e hijas de los mambises también estaban las esposas respectivas del ilustre dominicano, Bernarda Toro Pelegrín, y María Cabrales Fernández, de Antonio.
Monte Ruz fue el primer escenario de lucha por la independencia en las montañas guantanameras para esas “matronas de la Patria”, como las llama el historiador José Sánchez Guerra. Partícipes de la vida azarosa en campaña, marchas, campamentos improvisados, hambre, frío, lluvias, enfermedades e incertidumbre.
A la santiaguera nacida el 12 de junio de 1815 no le bastó dar 12 de sus 14 hijos y el esposo como mambises a la contienda de 10 años contra el dominio colonial español, sino que con sus manos de sexagenaria curó heridos, envió mensajes, atendió correspondencia, ayudó en la preparación de alimentos y otras labores –no se descarta que asistiera nacimientos- en cuevas y demás sitios del monte.
Por eso, tras protagonizar su hijo Antonio la viril Protesta de Baraguá, Mariana está de nuevo, junto a María, en los montes de Guantánamo y Baracoa. En aquellos peores momentos en que decae la lucha, la familia del Titán de Bronce es “protegida por una escolta del Regimiento Guantánamo, que comandaba el coronel Pedro Martínez Freyre”.
Recomendaciones sobre cómo proteger a su madre y esposa, envía Antonio a su amigo el capitán Manuel Romero que las escolta con un pelotón en la zona de Yateras. La carta, fechada en Piloto el 30 de abril de 1878, expone que “mamá debe preparar la manera fácil de alejarse de Cuba. El 8 a más tardar deben estar en Baracoa” y que “El enemigo sabe que la familia estará en el Toa”.
La madre de los Maceo partió al exilio desde los montes guantanameros, donde desarrolló destacada contribución en la Guerra de los Diez Años. Falleció en Kingston, Jamaica, el 27 de noviembre de 1893, no el 28, como entre otros, confirmó la desaparecida investigadora guantanamera Magdalena (Maday) Cantillo Frómeta, quien visitó la vecina isla tras las huellas de la egregia mujer.
Mariana mostró en su estancia en campaña los mismos valores cívicos y patrióticos que transmitió a sus hijos desde el hogar, los cuales son paradigmas para todas las generaciones de cubanos. Por ellos es considerada Madre de la Patria. Tales valores y hechos merecen la más amplia y constante divulgación.
“Amaba, como los mejores de su vida, los tiempos de hambre y sed, en que cada hombre que llegaba a su puerta de yaguas, podía traerle la noticia de la muerte de uno de sus hijos”, escribió José Martí en el periódico Patria a propósito de la desaparición física de Mariana.
“Los cubanos todos (…) acudieron al entierro, porque no hay corazón de Cuba que deje de sentir todo lo que debe a esa viejita querida, a esa viejita que le acariciaba a usted las manos con tanta ternura”, dice el Apóstol al reportar su fallecimiento, recordando cuando la visitó en Jamaica en septiembre de 1892.
El Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, al reseñar la contribución de las mujeres en el proceso revolucionario cubano, precisamente en la constitución de la Federación de Mujeres Cubanas, el 23 de agosto de 1960, dijo: “Y no es nuevo, ya la historia nos hablaba de grandes mujeres en nuestras luchas por la independencia, y una de ellas las simboliza a todas: Mariana Grajales”.
Porque, como se ha destacado, ella representa la rebeldía y el patriotismo de la mujer cubana y su extraordinaria vida constituye ejemplo y estímulo para los combatientes y madres cubanas que a través del tiempo han dedicado sus fuerzas y tesón a la causa revolucionaria del pueblo cubano.
Los guantanameros le rinden permanente tributo consagrándola en su Plaza de la Revolución Mariana Grajales Cuello, inaugurada el 26 de julio de 1985, centro de grandes eventos políticos y culturales, y en otras obras económicas y sociales.
En los montes donde actuó deberían abundar más señalizaciones de su huella. Debe continuarse dando a conocer su vida y obra y relacionarla también con el escenario físico en que actuó. Porque desde que Mariana habitó las montañas guantanameras también ella es la Madre en el lomerío.