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 Asociación Española de Consultores de empresas

A simple vista son historias que se pierden en el ajetreo de la guagua, en la cola del pan o en el murmullo de una oficina con el aire acondicionado a media potencia. Pero detrás de esa aparente calma, se esconde una realidad que lacera la dignidad y la integridad de quienes la padecen.

El acoso sexual no es un "piropo" subido de tono ni una "confianza" malinterpretada; es una forma de violencia que hoy sacamos a la luz desde el testimonio.

María, una joven profesional de 24 años, recuerda con nitidez el nudo en el estómago que sentía cada mañana antes de entrar a su centro laboral. Lo que comenzó como un comentario "halagador" de su jefe directo sobre su vestimenta, pronto escaló a roces innecesarios en el pasillo y propuestas que condicionaban su crecimiento profesional.

Llegó un punto en que no quería ni tomar café si él estaba en el salón. Se sentía culpable, se preguntaba si su saya era muy corta o si la amabilidad se había entendido como una invitación. El acoso te roba la paz y, lo peor, intenta convencerte de que tú tienes la culpa. Así se sintió María hasta el final, cuando decididamente solicitó el traslado tras meses de silenciosa angustia.

A unos kilómetros de María, en un aula universitaria, la historia de Elena toma un matiz diferente, pero igualmente amargo. Para ella, el acoso no vino de una autoridad jerárquica, sino de la insistencia asfixiante de un compañero que no aceptó un "no" por respuesta.

Eran mensajes a cualquier hora, "esperarme a la salida del turno", "te estoy mirando", comentarios lascivos frente a los demás que se celebraban como una “perseverancia romántica”. Lo que para el grupo era una broma, para ella era una persecución. Incluso dejó de ir a fiestas para no encontrar a su perseguidor.

María y Elena son apenas dos casos de los que más allá de nuestra voluntad y conocimiento existen por ahí. Dos nombres que pueden ser cualquiera, incluso de otro sexo, porque el acoso cuando se da afecta a quien sea... la pregunta ante este fenómeno es, ¿qué podemos hacer?

Hablemos del asunto

Para entender la magnitud del problema del acoso sexual es preciso acudir a la raíz de la palabra. Según la Real Academia Española (RAE), el acoso se define como la acción de perseguir, sin darle tregua ni reposo, a un animal o a una persona.

Sin embargo, al entrar en el terreno de lo social, el diccionario es tajante: el acoso sexual es aquel que tiene por objeto obtener favores de naturaleza sexual y lo realiza quien prevalece o se aprovecha de una situación de superioridad laboral, docente o análoga.

Por otra parte, en los diccionarios de corte jurídico expanden esta visión, describiendo el acoso como un "asedio". No se trata solo de un acto físico, sino de una presión insistente que busca quebrantar la voluntad del otro.

Desde la sociología se concibe como un comportamiento de imposición basado en relaciones de poder asimétricas, cuyo fin último es subordinar o excluir.

En esencia, la semántica nos advierte que acosar es, ante todo, invadir el espacio vital y emocional de un individuo, transformando la convivencia en un escenario de hostilidad.

"No se da como un hecho aislado. Se manifiesta en todas las esferas de la vida social: la familia, la escuela y el centro laboral. Está marcado por un fuerte componente de la cultura patriarcal y constituye una muestra de desigualdades de género aún no resueltas" -explica Deneisi Rodríguez Cardona, jefa de la carrera de Sociología en la Universidad de Guantánamo (UG).

La pedagoga identifica que este fenómeno opera en distintos niveles, donde el silencio a veces se convierte en cómplice para "no manchar la imagen" de una entidad o donde median el hostigamiento y el chantaje como herramientas de dominación.

En Guantánamo, la Federación de Mujeres Cubanas (FMC) constituye un referente al que acudir ante casos de acoso sexual. Son un puerto seguro a través de las Casas de Orientación a la Mujer y las Familias, y sus especializadas Consejerías contra la Violencia.

"Atendemos a cualquier persona, no solo mujeres, que busquen ayuda. Tristemente lo más común es que no venga la víctima directamente, sino familiares o conocidos que buscan orientación porque saben que algo anda mal" -apunta Yairi Fernández Castellanos, secretaria general de la FMC en la provincia.

Para la líder feminista, sin duda, el miedo al "qué dirán", la dependencia económica o el poder que el agresor ejerce sobre la víctima suelen levantar muros de silencio. Sin embargo, una de las barreras más difíciles de derribar es la naturalización.

Según la dirigente, las víctimas -especialmente las jóvenes y adolescentes- a veces sienten que la situación es "pasajera" o que pueden resolverla solas.

La jefa de la carrera de Sociología en la UG explica que la naturalización del acoso depende de factores arraigados como la socialización inadecuada de patrones desde la infancia, donde se enseña a ver al hombre predominantemente como un "individuo de deseo" y ante ese hecho todo está justificado.

Es preciso mencionar que la FMC y las Casas de Orientación a la Mujer y las Familias trabajan de conjunto con equipos multidisciplinarios que incluyen sicólogos, pedagogos, médicos y asesores jurídicos de la Fiscalía y el Tribunal.

La realidad que llega a las consultas de Salud Mental en la provincia es desgarradora. Según Claudia Lídice Feliú Pérez, jefa del Departamento del Centro de Salud Mental en Guantánamo, quien forma parte de los especialistas de este equipo multidisciplinario, es muy raro que una persona busque ayuda solo por acoso en sus etapas iniciales.

"Casi siempre llegan cuando ya ocurrió algo traumático, cuando ya no pudieron más. En su mayoría son mujeres jóvenes, adolescentes e incluso niños. Los síntomas más frecuentes son la ansiedad, la depresión, el insomnio y una baja autoestima que paraliza", revela la jefa del Departamento.

"Depende mucho del nivel cultural, pero también del vínculo. Muchas veces el acosador es un familiar, un vecino o una persona allegada. El niño o el adolescente no siempre interpreta que ese maltrato verbal o esa insistencia es acoso; simplemente sienten miedo por las amenazas del victimario", señala Claudia Lídice.

La ley y el acoso: ¿con qué contamos?

Sobre el marco legal que sostiene la lucha contra este flagelo, conversamos con Adolfo Rodríguez Fernández Rubio, director de la Organización Nacional de Bufetes Colectivos (ONBC) en Guantánamo, quien desglosa el rigor del actual Código Penal (Ley 151 de 2022).

Explica que, en términos generales, el acoso se concibe como una conducta indeseada y agresiva, muchas veces reiterada, que produce un efecto denigrante u ofensivo, lo cual constituye un delito contra la libertad e identidad sexual de las personas, un derecho blindado en el artículo 397 de la norma vigente.

Este artículo sanciona con seis meses a dos años de privación de libertad o multa a quien, de forma directa o por cualquier medio de comunicación, acose a otro con requerimientos sexuales. Por suerte, el marco sancionador se vuelve más severo ante la desigualdad de condiciones.

"La escala se agrava de uno a tres años de prisión cuando el comisor se aprovecha de la vulnerabilidad de la víctima, o del poder y autoridad que ostenta sobre ella, ya sea en el ámbito laboral o docente, condicionando sus expectativas bajo el rechazo de la propuesta sexual", puntualiza el especialista.

El director de la ONBC destaca que la ley es implacable con el abuso desde el cargo público. Se prevén penas de dos a cinco años para funcionarios o autoridades que propongan relaciones sexuales a personas bajo su custodia (detenidos o sancionados) o en el curso de procesos judiciales y administrativos.

¿Entonces por qué la escasez de denuncias por acoso?

A pesar de la existencia de artículos específicos, la aplicación de la justicia en Cuba enfrenta un muro conceptual que, en la práctica, suele dejar las conductas de acoso en un limbo legal hasta que el daño es irreversible. La clave de esta parálisis reside en la propia definición de "delito" que establece nuestra norma jurídica.

Según el artículo 7 del Código Penal (Ley 151/2022), un delito no es simplemente una conducta molesta o éticamente reprochable; es una "acción u omisión socialmente lesiva y culpable". Para que los tribunales actúen debe existir una lesión real o un peligro inminente sobre un bien jurídico protegido, como la integridad física o la libertad.

Si bien el acoso es una violación a la dignidad, la interpretación legal a menudo exige que esa "lesividad social" sea tangible y demostrable. Indirectamente, esto sugiere que muchas formas de asedio -miradas, comentarios, insistencias sicológicas- podrían no ser consideradas "suficientemente lesivas" bajo el prisma del artículo 7, a menos que el acosador cruce la línea hacia la agresión física o la amenaza explícita.

Si la ley exige una "lesión social" para actuar, el acosador inteligente se mueve en los bordes de esa definición, sabiendo que, mientras no deje marcas físicas o evidencias irrefutables de violencia, su conducta podría ser ignorada por el radar del Derecho Penal, quedando reducida a una simple "indisciplina" o, peor aún, a un problema personal.

Esta estructura legal, aunque robusta en el papel, plantea una interrogante incómoda para la sociedad guantanamera:

¿Estamos protegidos ante el acoso?

Claudia Lídice parece tener una respuesta ante ello o, al menos, una alternativa. Lo primero es saber que no estamos solos, no dudar, ni culparnos.

"El acosador agrede porque quiere, no porque la víctima ‘se lo mereciera'. La responsabilidad es ciento por ciento de quien maltrata" -afirma Claudia.

Además, ante cualquier indicio, insiste, se puede recurrir a la Casa de Orientación a la Mujer y las Familias. Allí cuentan con todo un programa que guía, escucha y atiende al o la acosada, incluso si decide denunciar, protegiendo siempre la identidad.

"Aún nos falta mucho para enfrentar ese mal social que termina culpando a la víctima por cómo se viste o actúa. Son prejuicios que duelen y que debemos combatir desde la educación y la familia. La solución es clara: no hay que esperar a que el problema ‘pase solo’ -afirma la secretaria general de la FMC en Guantánamo.