“Por el amor se ve. Con el amor se ve. El amor es quien ve. Espíritu sin amor, no puede ver”, escribía la apasionada pluma de José Martí. Héroe, poeta, pero también joven con el corazón abierto y la intensa capacidad de dar y recibir amor hasta el cansancio.
En abril de 1873, Pepe llegó a Zaragoza con los libros bajo el brazo y el teatro en los ojos.
Allí conoció a Blanca Montalvo, la cuarta de seis hermanos. Fue un amor joven, intenso, que prometía durar hasta que la vida lo obligó a partir hacia México.
Blanca le escribió desde la distancia con una ternura que toda vía emociona:
“(…) El día 25 recibí tus dos cariñosas y tristes cartas, pero, a pesar de lo tristes que son, y lo que lloro cuando las recibo, me parece que me dan vida, que respiro cuando veo carta tuya (…). Adiós, Pepe del alma.
Cuídate mucho y no sufras por mí. Ya basta que sufra uno de los dos (…)”.
Ese amor quedó en la memoria de Martí y en la vida de Blanca: su hijo, José, nombrado en homenaje al Apóstol, nacería poco después de su muerte.
Desde Madrid, otra mujer, firmada solo con una M, también le escribía con la urgencia de un corazón que no puede esperar:
“(…) Acabo de leer y de besar con toda la pasión de mi alma otra carta con fecha 22 de diciembre que anoche me envió Fermín. En ella veo el estado de tu alma, por eso yo te idolatro y eternamente seré tuya… ¡Ah, Pepe de mi vida!
Me muero, y lo que solo siento es no verte, no volver a verte más (…)”.
En México, Martí se estrenó como dramaturgo con Amor con amor se paga. Entre palcos y camerinos conoció a Eloísa Agüero, mujer madura y separada de un matrimonio doloroso. La atracción fue inmediata:
“(…) Es un delirio este amor que sin darme cuenta de cuándo empezó lo siento en mí poderoso, ya inmenso! (…) ¡Te amo, mi bien, te amo con locura, como yo soy capaz de amar!”.
Pero la mujer que finalmente conquistó su corazón fue María del Carmen Zayas Bazán. Entre tertulias, caminatas y partidas de ajedrez con su padre, su noviazgo se fue construyendo con delicadeza, a pesar de la pobreza de Martí y la posición acomodada de ella:
“(…) Pepe, esta es la primera vez que tomo la pluma para decirte lo mucho que te amo, y tiemblo solamente al considerar que quizás es insuficiente para poder interpretar la nobleza de mis sentimientos (…)”.
Antes de partir hacia Guatemala, Martí obtuvo la mano de Carmen, cumpliendo la promesa que le había hecho a su corazón. Allí también conoció a María García Granados, la adolescente que inspiraría su Poema IX, de los Versos Sencillos. Su carta, llena de afecto contenido, decía:
“Hace seis días que llegaste a Guatemala, y no has venido a verme. ¿Por qué eludes tu visita? Yo no tengo resentimiento contigo, porque tú siempre me hablaste con sinceridad respecto a tu situación moral de compromiso de matrimonio con la señorita Zayas Bazán. Te suplico que vengas pronto. Tu niña”.
Amar, entendió Martí, también implica contenerse. Amar es sentir sin romper la palabra, es saber que un corazón puede latir para varios lugares a la vez. Lo plasmó en versos y despedidas:
-¡Un beso!/ -¡Espera! Aquel día/ Al despedirse se amaron.
-¡Un beso!/ -¡Toma! Aquel día/ Al despedirse lloraron.
Este 14 de febrero, leer estas cartas es acercarse al joven que se enamoró, que esperó, que desveló su corazón. Conocer a Martí desde sus amores es entender mejor al hombre detrás del héroe y sentir que su corazón todavía late, atravesando el tiempo y las palabras.
Cuba fue su gran amor, pero también supo amar cerca, con pasión, con ternura y con intensidad. Y eso, quizás, lo hace más cercano, más humano y más vivo que nunca.