2 4Entrevista a uno de los guantanameros beneficiados con la entrega de casas contenedores en San Antonio del Sur, tras ser damnificado por el huracán Óscar.

2 4El sonido del agua aún suena en sus oídos, las paredes cayendo… A un año y tres meses del paso del huracán Oscar por el Este guantanamero, Reinaldo Paz Estévez, vecino del poblado Buena Vista del municipio San Antonio del Sur, recuerda claramente aquellos días de octubre cuando la embestida del mal tiempo pretendió arrasar con su proyecto de vida.

Ahora, su rostro luce mejor desde la comodidad de su nueva vivienda, tipología Casa Contenedor; con serenidad borra de su mente el amargo sabor de ayer. La madera cruje suave bajo sus pasos, el aire corre limpio por las ventanas, comienza otra etapa.

“Yo vivía en Pan de Azúcar. Vine de Guantánamo, pero como soy campesino y me gusta andar con caballos y la cría de ovino-caprina, en la ciudad no podía cumplir mi sueño, así que un día vine de visita a San Antonio del Sur y vi un compañero que vendía su casa, bien barata y cómoda, tenía un ahorrito y la compré. Pensé que iba a envejecer allí tranquilo, con mi familia y mis animales”, rememora Reinaldo.

La mañana en que el huracán comenzó a amenazar recibió la orientación de evacuar tempranamente. Decidió, entonces, asegurar lo que pudiera y quedarse cerca de sus animales.

“Nos dijeron que el río podía crecer porque estaba lloviendo fuerte al Norte y el tiempo se iba a poner peor. Yo levanté todas las cosas y las puse en el falso techo, creí q ahí estarían seguras porque los viejos del lugar decían que el río nunca pasaba de la persiana, que entraba en agua muerta y lo que dejaba era fango. Pensé que después limpiaba y ya. Nunca imaginé lo que venía.”

Ese día, la noche cayó espesa. La lluvia golpeaba sin descanso como si se tratase de un vertimiento a cubos desde del cielo. El ruido que escuchó cerca de la una de la madrugada aún retumba en su memoria.

“Sentí como una explosión. El agua empezó a entrar con una fuerza que yo no había visto jamás. Me pasé para una casa más alta, pero en poco rato el agua llegó a la cintura. Éramos cinco personas. Les dije: señores, hay que irse pa´ la loma, porque aquí no hay otra solución. Subimos bajo el aguacero y nos metimos debajo de un guayacán. Desde las cuatro hasta las siete de la mañana estuvimos allí, cayéndonos agua encima, con el miedo de que la loma se derrumbara. Gracias a Dios libramos. Al amanecer, el paisaje era otro.

“Cuando aclaró y miré para allá, aquello estaba desbaratado. Yo tenía dos casas. Una era mía y la otra la había comprado para mi hijo, para legalizarla y que viviera allí. El río se llevó una completa, con el piso pulido y todo. No dejó nada. De la otra quedó la pared del frente y el piso. Aquello lo dejó limpio, limpio.

“Días de escombros y búsqueda entre el lodo empezaron, para recoger lo que apareciese. Algunas cosas salieron, la mayoría se las llevó el río. Después comenzó a llegar ayuda solidaria, vecinos, gente de otros municipios, incluso del exterior. El Gobierno me dio una carpa que instalé en un batey mientras esperaba solución a mi vivienda. Fueron días duros, porque el país está en una situación económica difícil y uno sabe que no sobra nada.”

La solución llegó con la modalidad experimental de Casa Contenedor. Algunos dudaban. Él decidió acompañar el proceso.

“Yo había visto la estructura por fotos. Nos orientaron que podíamos venir a ver cómo iba la construcción, y yo pasaba casi todos los días. Les traía agua fría a los constructores, conversaba con ellos, miraba cada detalle. Sentía que estaba levantando mi vida otra vez. Cuando me entregaron la casa, yo dije: esto es un sueño. Por eso yo digo que este hogar tiene un valor incalculable para mí y muchos otros”.

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Reinaldo ha puesto su cuño en el interior de la casa. La hornilla, los vasos, los adornos… son indicio de la nueva etapa que inicia allí.

“La casa es comodísima. Tiene dos cuartos, baño, lavadero. Está bien ventilada. Hay gente que decía que eso iba a ser un horno, pero a nosotros nos la entregaron en tiempo de frío y se siente fresca. No la hemos pasado todavía en pleno verano, pero con el revestimiento que tiene yo espero que no sea tan agobiante como algunos piensan.

“La cocina interior funciona, aunque debo hacer otra al fondo del patio para usar leña, porque esa es mi costumbre. Aquí todo está limpio, listo. Algunas cosas las he recuperado, otras me las han donado. El colchón me lo dieron, la mesa también fue donación, el tanque vino con la casa por ayuda solidaria. Cada cosa tiene una historia de solidaridad y empatía que guardo y cuido como tesoro”.

El sanantoniense habla también del cuidado necesario que requerirá el nuevo hogar.

“El agua aquí tiene mucha presión. Hay que cerrar bien las llaves de paso cuando uno sale, porque si falla algo se puede inundar la casa. Eso es responsabilidad de nosotros como moradores. En general el inmueble es seguro, y los vecinos todos nos conocemos, así que uno puede cerrar e irse tranquilo, pero hay que cuidarla”.

El nuevo barrio, erigido en el poblado de Buena Vista, lejos de potenciales riesgos como la inundación, se alinea en hileras ordenadas. Además brinda posibilidades de ampliación, y sobre eso reflexiona con claridad el septuagenario.

“A mí me gustaría que si se amplía, se haga de forma uniforme para todos, que no se vea cada cual por su lado. Sería bueno incorporar ordenanzas para que las fachadas mantengan una línea, que haya reglas para las alturas, para los portales, para las cercas. También pienso que debemos organizar áreas verdes y espacios comunes, sembrar árboles, mantener limpio todo. Este lugar puede convertirse en un barrio bonito si lo cuidamos bien”, afirma y mira alrededor mientras con voz serena concluye:

“Después de ver cómo el río se llevó todo, estar aquí es una bendición. En medio de tantas dificultades y de todo lo que enfrenta el país, la provincia yo tengo un techo firme. Pensé que a mi edad no iba a volver a empezar. Y sin embargo, aquí estoy, empezando otra vez”.

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