Imprimir

0413 ailime semanat2Cuando conocí a Ailime Semanat Gabely iba disfrazada de abeja, en un encuentro literario en el portal de la escuela especial Héroes del Moncada, de la ciudad de Guantánamo, y mientras los niños escuchaban a la escritora invitada, ella parecía una más de ellos, contagiaba su ternura con cada gesto, en tanto repetía: esto es una profesión de sublime amor.

Ailime tiene 28 años de edad y solo dos en esa institución —la segunda escuela especial creada en el territorio tras el triunfo revolucionario— pero habla con la Agencia Cubana de Noticias como si llevara muchos más.

No oculta que al principio le daba pena disfrazarse, animar, exagerar para captar una mirada, hasta que una maestra llamada Rosalía Osoria se vistió de payasita un día de curso y le susurró: "Hazlo por amor, ellos lo merecen."

Esa lección la marcó y aprendió a vencer ese temor y a convertir cada gesto en un puente, porque sus pequeños no siempre entienden las palabras, pero sí los abrazos, los colores, la paciencia.

"Mi mamá también es logopeda, y me gustaba lo que veía hasta el punto que me licencié en Educación Primaria, y cuando llegó la oportunidad de especializarme en atención inclusiva a trastornos de la comunicación y el lenguaje, de la mano de la profesora María Lidia, lo aproveché", dice y agradece a todos los que la formaron.

Fue entonces que cruzó al otro lado: la enseñanza especial, un mundo donde cada pequeño es un universo distinto y no hay fórmulas mágicas, sino perseverancia.

"Algunos logran corregir el trastorno, otros lo compensan —explica—pero siempre resulta una semillita que sembramos para que sean de bien".

Su voz cambia cuando añade: "Formamos valores, sentimientos patrios, autonomía, eso antes y ahora con 34 pupilos de 6 a 10 años: cinco con autismo, una de ellos con síndrome de Down y el resto con discapacidad intelectual leve y moderada”.

En su consulta como logopeda, en los matutinos pioneriles o en las actividades complementarias, Ailime no solo enseña a hablar mejor, enseña a vivir, porque un niño autista que aprende a escribir no solo traza letras: está dejando una huella en el orbe, y los de discapacidad intelectual moderada aprenden habilidades: barrer, vestirse u organizar la casa.

Pone un ejemplo que la llena de orgullo: "Melani, una niña con síndrome de Down, es maravillosa —dice con una sonrisa- y su mamá colabora en todo, en la escuela aprende; en casa, Melani reafirma, barre, se viste sola, es muy laboriosa", por eso dice "trabajamos la independencia, porque los padres están hoy, pero mañana no. ¿Y entonces con quién se queda la niña?"

Esa pregunta la persigue, por eso insiste tanto en la familia, "el maestro da, pero si la familia no retribuye, no se ve el trabajo, ni el avance en los niños", no constituye una queja sino un hecho. En las reuniones de progenitores orienta ejercicios concretos: por ejemplo, si un niño tiene dislalia —dificultad para articular las palabras— les enseña a practicar frente al espejo, para que el infante observe cómo coloca la lengua al intentar el fonema.

También les muestra otros ejercicios que deben realizar en casa, así, la familia se convierte en extensión del aula y se ven los resultados.

Lejos de sentir que la escuela le ha quitado algo, Ailime asegura que le regaló creatividad, ser guía base, organizar actividades en espacios abiertos, coordinar con sus compañeros de trabajo, todo ha sido un aprendizaje difícil pero hermoso.

"Al principio me apenaba hacer actividades con adultos mirando —confiesa— pero ellos se lo merecen", y esa frase se convierte en su constante, por eso se sacrifica, es puntual y va a las casas cuando un niño falta.

"Ellos observan todo —dice— y cuando saben que la seño los espera, no quieren faltar", entonces el niño que se ausentaba vuelve, y el contenido perdido se recupera con una sonrisa.

Ailime terminó la entrevista como la empezó: apurada, porque las actividades creativas no esperaban, ese día --la celebración del 4 de abril-- les harían un asalto a las aulas con marcadores y pequeños regalos.

"Hay que festejar su día —dijo mientras se alejaba— ellos se lo merecen", y no hablaba de una fecha en el calendario, sino de cada jornada en que un infante descubre que puede más de lo que imaginaba.

En Guantánamo, muchas como ella cargan con problemas sobre sus hombros, pero llegan al trabajo con los niños con una sonrisa enorme, porque han entendido algo que Ailime repite hasta el cansancio: la enseñanza especial no es una carrera, es un acto de sublime amor; y ese amor, aunque un poco invisible, cambia vidas cada día.