La bancarización en Cuba se ha convertido en uno de los temas más tensos del presente nacional por su roce directo con la vida cotidiana en un punto tan neurálgico como el dinero. Aunque en teoría una economía más ordenada, transparente y menos dependiente del efectivo es lógica en cualquier país, en la Isla este proceso avanza sobre un terreno marcado por carencias estructurales, inseguridad económica y otras incertidumbres.
No es un camino nuevo. Desde los años noventa, con la expansión de las tarjetas magnéticas, los bancos en moneda libremente convertible y la informatización de servicios básicos, Cuba intentó reducir el uso del efectivo y organizar sus flujos financieros.
La etapa actual tomó fuerza con la Resolución 111 del Banco Central, que limita los pagos en efectivo entre actores económicos, y con la Resolución 93 del Ministerio de Comercio Interior, que exige al comercio disponer al menos de una pasarela electrónica para operar legalmente. Ambas medidas colocaron a la sociedad ante un cambio profundo en su manera de comprar, vender y administrar recursos.
Versión vs. percepción
Las alternativas digitales para reducir las largas colas para extraer efectivo, son vías útiles que deberían replicarse.Los canales institucionales insisten en que una economía digital es más transparente y menos vulnerable al desvío de recursos o a la evasión fiscal. Señalan que el país cuenta con más de catorce millones de tarjetas activas y con el crecimiento sostenido de plataformas como Transfermóvil y Enzona, que hoy permiten pagar impuestos, servicios públicos, trámites y compras locales. Sobre el papel, el avance es visible.
Pero el proceso no llega a un escenario confiado. Llega a un país con apagones frecuentes que paralizan POS, cajeros y servidores; a comunidades rurales con conectividad limitada; a ciudadanos que enfrentan escasez e inflación y que no ven garantizadas las condiciones mínimas para depender de lo digital. Por eso el proyecto genera más incertidumbre que entusiasmo, se entiende la idea, pero no las garantías para aplicarla.
Las MIPYMES y el efectivo, un dilema que persiste
En la práctica, la retención de efectivo por parte de los nuevos y viejos actores económicos crea una sequía bancaria que golpea directamente a la población. Muchas MIPYMES, surgidas oficialmente en 2021, dependen del dinero físico para operar en un mercado donde gran parte de los proveedores sigue en la informalidad.
Esto provoca que eviten pagos por transferencia mediante excusas recurrentes: códigos QR que no cargan o están deteriorados, jefes que no autorizan transferencias, conexiones que fallan justo al cobrar.
Y aunque estas prácticas pueden ser sancionadas, revelan una economía que no está lista para sostenerse exclusivamente sobre plataformas digitales.
La población, por su parte, percibe el proceso como una complicación añadida en el peor momento posible. Choferes que solo aceptan efectivo, comercios que encarecen los productos para quienes pagan con tarjeta, cajeros sin billetes durante días.
Algunos actores económicos privados advierten que sus acreedores solo aceptan efectivo por los productos que venden, lo que crea una contradicción. "Si cojo las transferencias después es un dilema para extraerlo para poder pagar los productos que luego saco a la venta". Advierte Pedro (se protege la identidad a pedido de la fuente).
Ana, por su parte, explica que si únicamente aceptara transferencia después utilizar ese dinero es casi imposible hoy día, como si su dinero por no estar en billete valiera menos.
El efectivo se convierte así en la única certeza en medio de un sistema inestable. Y esa desconfianza no cambia por decreto: solo cambia cuando la infraestructura demuestra fiabilidad.
Las soluciones nacen desde abajo
Los "Timbiriches" son de los establecimientos que más problemas causan con el pago en transferencia ofreciendo excusas a menudo para evadir el desembolso digital.Para avanzar, la bancarización necesita transformaciones estructurales, no presiones. Garantizar estabilidad eléctrica para que POS, cajeros y servidores funcionen es esencial. Sin ello, el sistema seguirá fallando en los momentos críticos.
Estos aseguramientos son complejos dada la crisis existente en el país pero habrá que buscar alternativas como base para las operaciones bancarias.
También se requiere invertir en conectividad real en zonas rurales, flexibilizar temporalmente normas para permitir el uso de efectivo en operaciones menores, reducir comisiones a quienes aceptan pagos digitales y ofrecer formación en cultura financiera para que la ciudadanía se apropie de las herramientas sin miedo ni frustración.
Las provincias deben contar con autonomía para adaptar el proceso a su realidad porque no es igual bancarizar La Habana que bancarizar Yateras o Maisí, donde llegar a un banco puede significar horas de camino. En regiones envejecidas como Guantánamo es necesario acompañar la digitalización con personal capacitado, asistencia comunitaria y mecanismos alternativos para quienes no dominan estas tecnologías.
Las MIPYMES también necesitan un marco regulatorio estable, cadenas de suministro que operen con pagos electrónicos y garantías de que sus operaciones no quedarán detenidas por un apagón. Sin ese sustento, la bancarización será para ellas una camisa de fuerza más que una herramienta útil.
Y al final…
La bancarización no es el enemigo, es un destino lógico. Puede ordenar parte de la economía, reducir la corrupción y agilizar servicios públicos. Pero solo funcionará si se aplica de manera gradual, realista y humana, entendiendo que la resistencia ciudadana no es al progreso sino a la incertidumbre.
Cuba puede avanzar, pero necesita un mejor respaldo institucional, control, infraestructura sólida y un sistema que ofrezca alternativas para atender a todos eficazmente.
La bancarización no debe ser un salto al vacío, sino un puente firme hacia una economía funcional y justa. Un proceso que reconozca los dolores del presente para repararlos y permita que el país avance, al fin, hacia una modernidad equitativa.