Hay nombres que no envejecen. José Martí es uno de ellos.
Cada 28 de enero Cuba vuelve a pronunciarlo en voz alta, como si decir Martí fuera una forma de regresar a casa, de mirarnos en un espejo antiguo que todavía devuelve preguntas incómodas.
Se le suele recordar desde el mármol y la estatua, desde la frase aprendida de memoria, desde el apóstol intocable. Pero Martí fue, antes que todo eso, un hombre que escribió con urgencia. Un periodista que creyó que la palabra podía ser trinchera y puente a la vez. Un poeta que entendió que la ternura también es una forma de la verdad. Un revolucionario que no separó jamás la ética de la política.
Martí escribió como quien sabe que no hay tiempo que perder. Escribió desde el destierro, desde la pobreza, desde la enfermedad, desde la nostalgia feroz por una isla que dolía más cuanto más lejos estaba. Escribió para que Cuba existiera incluso cuando parecía imposible.
En su prosa hay calles, rostros, gestos mínimos. Por eso sus textos no envejecen: porque no informan solamente, interpelan. Porque entendió que narrar no es adornar la realidad, sino asumir la responsabilidad de mirarla de frente.
Tal vez por eso conmueve tanto volver a su última carta.
La carta inconclusa a Manuel Mercado no fue pensada para la historia, sino para la amistad. Martí no estaba escribiendo para un archivo ni para una posteridad solemne. Estaba escribiendo desde la urgencia y desde el afecto, desde la certeza de que podía morir…y murió.
Quedó la carta abierta. Quedó la frase suspendida. “Hay afectos de tan delicada honestidad…”
Ahí se detuvo la mano. Ahí terminó la tinta. Ahí quedó la última palabra que alcanzó a escribir: honestidad. No es un final literario. Es un final profundamente martiano.
Porque toda su vida fue una defensa obstinada de esa palabra. Honestidad como forma de amar. Honestidad como forma de hacer política. Honestidad como manera de escribir. Honestidad como Patria.
Hoy, la prisa empuja a simplificarlo todo, y el ruido intenta sustituir al pensamiento, pero Martí vuelve a incomodar. Nos recuerda que no basta con decir: hay que decir con decencia. Hay que hacerlo con responsabilidad.
El Apóstol nació un 28 de enero, pero sigue naciendo cada vez vivimos sin traicionarnos. Cada vez que decidimos no mirar hacia otro lado. Cada vez que la palabra se usa no para herir, sino para comprender.
Su última palabra escrita no fue patria, ni guerra, ni victoria.
Fue honestidad.
Y tal vez ahí esté su herencia más urgente.