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reunion de davos 26La reunión del sistema liberal en Davos es uno de los momentos del año en los cuales se definen elementos importantes de la geopolítica. En esta ocasión vimos varios procesos en marcha que evidenciaron que allí se están reacomodando intereses en función de los cambios en política exterior de los Estados Unidos: de las alianzas al excepcionalismo, del globalismo al corolario Donroe. Los que alguna vez propusieron y llevaron adelante un sistema internacional de tratados para regir el mundo bajo los valores culturales anglosajones occidentales ahora se repliegan y reclaman abiertamente territorios de sus propios aliados. El capítulo de Groenlandia con las amenazas de Trump de anexársela por la fuerza lo cambia todo; si bien la atención ha estado en los sucesos de Venezuela. Dinamarca el regente de Groenlandia es un aliado de Estados Unidos desde la segunda guerra mundial y este proceder implica la fractura de la OTAN, lo cual quiere decir que se quiebra una lógica estructural de Occidente. 

En otros análisis hemos dicho que lo que está sucediendo con el nuevo orden internacional y sus choques se inscribe en el fin de los acuerdos territoriales de Yalta y la necesidad de las grandes potencias de cuestionar el viejo orden y de pedir de acuerdo a sus pujantes economías un lugar bajo el sol. La lógica del multilateralismo, hasta ahora, ha sido la de China: comercio, transferencia de tecnologías, desarrollo de los socios, préstamos y cesión de créditos. Eso le ha dado a Beijing una ventaja sustancial en política exterior, convirtiéndola en el principal socio comercial de casi todo el planeta y desplazando de ese lugar a Estados Unidos. Y es que China no solo hace eso porque le otorga ventaja, sino porque puede hacerlo. El excedente de productos elaborados que proceden de sus industrias necesita de mercados capaces de absorber ese volumen. Estados Unidos en cambio pareciera estar mostrando músculo con sus últimas acciones, pero detengámonos a pensar seriamente si eso es así.

Si lo que se impone es un Yalta II, entonces la postura más inteligente de Washington debería ser la de sostener las alianzas, preservar los lazos con los países que constituyen un escudo no solo militar, sino diplomático, cultural, estratégico. En lugar de esto, desde Trump, el Occidente Colectivo se está descomponiendo a partir del accionar impredecible del presidente. El realismo como doctrina de política exterior no consiste en el caos, sino en actuar de forma que se pueda perpetuar el poder, no solo dar una muestra de poder, sino reproducirlo y eso se logra mediante la hegemonía no con la dominación pura y dura. El Occidente Colectivo (Estados Unidos + Europa + la anglosfera: Reino Unido, Canadá, Australia y Nueva Zelanda) es un sistema de alianzas y de afinidades culturales que ha sostenido su poder a partir de la cuota de influencia geopolítica posterior a la segunda guerra mundial que le quedó a Washington como gran potencia beneficiada. La alternativa, la URSS, desapareció en 1991 y con esto se modificó el mundo hacia una Pax Americana que ha durado hasta aproximadamente 2008 cuando explotó la gran crisis que hoy afecta a Estados Unidos, cuestionando su liderazgo y la capacidad de sostenerse como primera potencia en este siglo. Señalo el año 2008 pues fue cuando producto de las invasiones iniciadas por Bush y el costo inmenso de ese presupuesto se produjeron un disparo de la deuda y un estremecimiento de la economía y su credibilidad de cara al mundo, con la transferencia masiva de inversores y capital hacia otras regiones del mundo. La desindustrialización de Estados Unidos y su reconversión en una economía de servicios y de alta tecnología de las comunicaciones y la informatización dejó solo un pilar hegemónico: el poder financiero de la moneda. Llegado a este punto, el sistema de tratados internacionales del Occidente Colectivo comienza a moverse, con realismo político, hacia los nuevos polos económicos y China surge como primer socio comercial del mundo. 

Yalta II es una realidad y a Estados Unidos le ha tocado elegir entre negociar con los rivales o huir hacia adelante con mayor presión militar. Quizás el hecho de la alternancia de poder en este país le haya pasado factura al necesario realismo que deberían poseer las élites de poder. El vaivén entre republicanos y demócratas y la polarización de la sociedad en guerras culturales identitarias han dividido la opinión pública y el voto y por eso el juego electoral impide una posición única y predecible de la gran potencia frente al resto del mundo. La postura de Trump de insinuar una eliminación de las elecciones no solo habla de su talante autoritario, sino de que una parte de esa élite percibe que en efecto esa alternancia les impide adueñarse de la totalidad de la agenda internacional para así perpetuar intereses. Borrar las elecciones no conducirá a nada en una sociedad que se basa en valores de corte liberal, ya que existe el peligro de que se rompa el contrato social y se vaya a una guerra civil. Ya se está viendo con los sucesos de Minnesota. ¿Cuál pudiera ser la alternativa de Estados Unidos? Durante el gobierno de Obama vimos cómo el liderazgo no renunció a guerras (se dio la invasión aérea a Libia y la caída de Gadafi). En ese administración no obstante, sobre todo a nivel discursivo, se intentó implementar con algún éxito un poder inteligente que privilegiaba más la hegemonía cultural y de valores que el uso de la fuerza para lo cual las alianzas occidentales eran cruciales. Pareciera que los asesores de Trump no están siendo realmente concretos y objetivos y en sus consejos existen visiones que no tienen en cuenta los costos a mediano y largo plazo de las decisiones que se han tomado. Y eso aplica tanto hacia la política interna como la exterior. Estados Unidos está demoliendo la confianza en su modelo y ese daño puede resultar irreversible en materia de poder inteligente, arrasando toda posibilidad de reconstrucción de sus alianzas en una era post Trump.

Antes de la llegada de Trump a la Casa Blanca, la campaña republicana habló del rescate de los valores liberales, del respeto a las instituciones, de ponderar los estamentos fundacionales de la nación. Todo ese discurso, al menos en teoría, se dirigió contra la agenda cultural erosionadora del globalismo. Eso le valió un impacto transversal y por ende el triunfo en las elecciones, ya que los votantes estaban agotados de las promesas y de las agendas identitarias divisorias y absurdas del oficialismo. Pero el voto castigo trajo a una persona que luego ha querido actuar con un falso realismo, en el cual se aspira a desconocer lo que ha sido la política exterior en el último siglo y que es la base del poder de los propios Estados Unidos. ¿A qué puede conducir el fin de la OTAN? Aunque Trump asegure que no la necesitan y que se puede llevar adelante una política aislacionista, esa organización ha sido el brazo exterior del hegemonismo militar de Occidente. Eso quiere decir que no se puede proyectar poder global sin la combinación siguiente: alianzas + fuerza + economía. Estados Unidos, en un mundo en el cual las alianzas ya no lo beneficien, solo podría sostenerse con la acción constante de sus fuerzas en todas partes. Justo lo que estamos viendo ahora, lo que en un periodo de tiempo indefinido. La inestabilidad encierra un núcleo impredecible. ¿Será por eso que Trump aspira al mayor presupuesto militar jamás imaginado?

Esta administración ha declarado varias veces su cuestionamiento al viejo orden liberal de las leyes y las formas, su realismo se basa solamente en resultados. Pero es que eso obvia que el juego fue creado para obtener más que metas cortas. El globalismo como expresión suma del liberalismo es una doctrina total del mercado y sus élites que contiene las estrategias a largo plazo para lograr la perpetuidad del poder y su reproducción y está en marcha desde hace siglos. Entonces es como si el todo se estuviera poniendo en juego por la parte. El sistema por el poder de Trump, el modelo por la eficacia de una administración en la cual hay muchos componentes irracionales de uso de la fuerza que no conducen a posturas claras en geopolítica. 

Las reclamaciones de Groenlandia a Dinamarca no solo rompieron las alianzas del Occidente Colectivo, sino que evidenciaron la debilidad europea. Esto envía un mensaje favorable a los enemigos de ese grupo occidental. El saldo final es que se está rompiendo la alianza de naciones imperialistas y que se impone un nuevo Yalta. Cuando hablo de este último aspecto no me refiero a que las grandes potencias se sienten a hablar como en esa ocasión y vean hasta dónde llegarán sus influencias, sino que el realismo de las relaciones internacionales está determinando un nuevo orden para que la especie siga funcionando. Trump con su crítica a la ONU y la formación de grupos de presión con gobiernos afines está tratando de evitar este paso, pero ello solo conduce al aislacionismo, la debilidad y el fin de las grandes estrategias. 

Yalta II es una realidad, el juego está centrado en ver cómo se dan los movimientos. Las demostraciones abiertas de fuerza no implican necesariamente fuerza, las agresiones no conducen a sostener posiciones geopolíticas, la invasión de un país soberano solo rompe el mismo orden que beneficia al liberalismo. La ONU no se creó solamente, como lo declara su carta, para proteger los derechos humanos; siempre fue una agencia de Occidente para el sostén de intereses. Yalta II es sobrepasar ese mundo, crear otro, establecer un multilateralismo desde las potencias emergentes. El reloj hacia ese nuevo escenario está en marcha y su mecanismo no depende de lo que desee Trump, es la historia con su propia esencia interna, es el movimiento de lo real.

Tomado de Cubasi