“Quién dijo que todo está perdido, yo vengo a ofrecer mi corazón”. La canción de Fito Páez, nacida en 1985 como un canto a la resistencia y al amor en tiempos difíciles, resuena hoy con una fuerza que su autor quizá no imaginó.
Esta semana, mientras Venezuela intenta ponerse de pie tras el doble terremoto más fuerte que ha sufrido en estos tiempos, el mundo no ha respondido con indiferencia, sino ofreciendo su corazón.
El pasado miércoles 24 de junio, dos sismos sacudieron el norte de Venezuela, con apenas 39 segundos de diferencia. Un “doblete sísmico” que dejó edificios enteros reducidos a escombros en Caracas y, sobre todo, en La Guaira, el estado costero declarado zona de desastre.
Las cifras son escalofriantes: más de 2 mil muertos, miles de heridos, por encima de los 15 mil damnificados, y otros tantos edificios afectados.
La ONU estima que hasta 6,76 millones de personas pudieron verse afectadas de una u otra manera. Es, sin duda, la peor catástrofe natural del siglo en el país.
Pero en medio de la tragedia, ha pasado algo que merece ser reconocido. La comunidad internacional no se quedó de brazos cruzados.
Más de una veintena de países han enviado ayuda: toneladas de insumos, equipos caninos y rescatistas se han desplegado en las zonas más afectadas. Equipos de búsqueda y rescate llegaron desde Virginia y Los Ángeles. México, movilizó a Los Topos, ese legendario grupo de rescatistas que ha estado en los peores desastres del mundo.
Chile, con su larga experiencia en sismos, también ofreció ayuda. Colombia, Argentina, Paraguay, Perú, Ecuador, El Salvador, República Dominicana, Brasil, Cuba, España, Italia, Países Bajos, Turquía, Vietnam y hasta naciones como Qatar y Emiratos Árabes se han sumado de una forma u otra a esta lucha contra el tiempo para salvar vidas.
Y no solo los gobiernos. Miles de voluntarios se han inscrito para ayudar en las labores de rescate y en la recolección de donaciones. La solidaridad, esa palabra que a veces parece desgastada, ha vuelto a mostrar su cara más genuina.
El camino hacia la recuperación será largo y difícil, pero frente a la devastación, el mundo nos enseña una lección de empatía y bondad, alimentando la esperanza de un mañana mejor para Venezuela.