“El café tiene un misterioso comercio con el alma (...) limpia de humanidades el espíritu; aguza y adereza las potencias; ilumina las profundidades interiores, y las envía en fogosos y preciosos conceptos a los labios”
José Martí, “Guatemala”, 1877.
Las provincias de Santiago de Cuba y Guantánamo comparten un paisaje cultural cafetalero, con características únicas, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco desde el año 2020, dada la existencia de “un valor universal excepcional”. Bajo el nombre de Paisaje Arqueológico de las Primeras Plantaciones Cafetaleras del Sudeste de Cuba, su gestación respondió a un fenómeno socio-productivo y cultural que se desarrolló en ambos territorios bajo coincidencias epocales.
En este sitio, portador de bienes patrimoniales mixtos -naturales y culturales-, destacan los vestigios arqueológicos de antiguas haciendas cafetaleras, consolidadas, fundamentalmente, en la primera mitad del siglo XIX. Los investigadores, fundamentan su materialización a partir de procesos migratorios suscitados por determinadas condicionantes contextuales, entre las que destaca la Revolución de Haití.
La declaratoria otorgada por la UNESCO responde a un área geográfica o polígono, definido a partir de los valores declarados en las investigaciones precedentes. En el caso específico de Guantánamo, se incluyen puntos específicos en la geografía montañosa de los municipios de Yateras, Manuel Tames, El Salvador y Niceto Pérez.
Como versa en la normativa cubana, y con el objetivo de dotar de respaldo jurídico a este paisaje cultural cafetalero, se confeccionó un expediente para la declaratoria como Monumento Nacional de la República de Cuba a 31 antiguos cafetales, distribuidos de la siguiente forma: de ellos 16 en Yateras, ocho en Manuel Tames, seis en El Salvador y uno en Niceto Pérez.

Este paisaje cultural cafetalero se generó en escenarios geográficos que destacan por sus bondades desde el punto de vista geofísico e hidrometeorológico. De ahí que se localizaran los territorios más fértiles para la explotación cafetalera, ubicados, fundamentalmente, en lo que hoy se identifica como la Meseta del Guaso.
Así se establecía, en pleno siglo XIX, el escenario económico-productivo de las zonas referenciadas. La preferencia por territorios predominantemente montañosos al norte, utilizados para cultivar fundamentalmente el café; con valles, de mayor o menor extensión, desplegados hacia el sur, y que constituyeron el sustento de la industria azucarera y de otros productos menores.
Los referidos municipios de Yateras, Manuel Tames, El Salvador y Niceto Pérez, acumulan además en su historia páginas que se desarrollaron bajo el influjo del mestizaje. Sus raíces aborígenes se entremezclaron con la severidad europea, francesa o española, y la pujanza esclava llegada a partir de sucesivos procesos migratorios según avanzaba el siglo XIX. De igual forma constituyeron, en determinados momentos epocales, territorios mambises, de irreverencia campesina, o de intransigencia rebelde.

El arribo de los franceses significó repoblar estas zonas, por lo que los cafetales devinieron centro de vida cultural y socioeconómica. Las haciendas cafetaleras, respondían mayoritariamente a una composición similar en cuanto a los elementos constructivos. De ahí que fueran concebidas a partir de tres zonas bien definidas:
-La zona doméstica compuesta por la casa vivienda, el sentrú y en las cercanías los barracones para los esclavos.
-La zona o subsistema productivo que incluía la despulpadora, los tanques de fermentación, la tahona, los secaderos y almacenes.
-El acueducto, que constituía un sistema articulado con el batardó, la alberca, los canales de distribución, y los tanques que aseguraban el abasto de agua y la materialización del proceso de beneficio húmedo del café.
Las haciendas cafetaleras estaban intercomunicadas por una red de caminos empedrados que favorecían el tránsito de mercancías, superando las exigencias de la abrupta geografía. Desde el siglo XIX, estos trazados se constituyeron, paulatinamente, como principales vías de comunicación y desarrollo económico-comercial en las serranías guantanameras.
Algunos cafetales poseían además sus propios cementerios, dotados de tumbas que daban fe del conocimiento constructivo y el arraigo confeso de los propietarios, ya que muchos concibieron con anterioridad un descanso eterno en sus feudos. El paso del tiempo y las decisiones de los descendientes provocaron la desaparición casi en su totalidad de estos camposantos cafetaleros. A esto agregar el vandalismo empleado por lugareños y visitantes en una fantasiosa búsqueda de “tesoros franceses”, destruyendo, casi en su totalidad, estos cementerios.

Estas montañas fueron el escenario fortuito de un proceso de transculturación que exhibe hoy, más allá de la distancia, marcadas señales de apropiación intergeneracional. La exigente y constante interacción de las labores agrarias y domésticas con la riqueza del entorno, diversificó y consolidó paulatinamente, lo siguiente:
-Los vestigios constructivos de antiguas haciendas cafetaleras, como flagrantes reflejos de una industria que trazó el destino de estas regiones.
-La oralidad como vehículo efectivo y dinamizador en la transmisión de experiencias y sabiduría popular.
-La especialización en las técnicas artesanales y el el empleo de la medicina natural, como alternativas objetivas ante las rudezas del sistema de plantación.
-La elaboración, degustación y demás usos de las comidas y bebidas, típicos y tradicionales, como referentes identitarios. Entre los más reconocidos se encuentran el café, colado de forma tradicional; el guarapo; los vinos de maíz, cereza, arroz o caña; los postres en almíbar; las frutas; las especies típicas para sazonar la comida, y el tradicional cerdo asado en púa con viandas, constituyen además referentes patrimoniales importantes en estos territorios.
-La riqueza músico-danzaria, como legado transculturado a partir del desigual intercambio socio-cultural entre el opresor y el oprimido y/o de la incorporación progresiva de diversas oleadas migratorias foráneas. Mención especial para el Changüí, declarado Patrimonio Cultural de la nación cubana.
-Las prácticas asociadas a tradiciones de fuerte arraigo religioso, como el Vudú o los Altares de Cruz, con sus correspondientes componentes sincréticos y transculturados, y que constituyen, hoy día, práctica común en zonas específicas de estos municipios.
El arraigo franco-haitiano e hispano-africano que heredó el campesino cubano de estas serranías, se ha constituido como lo más genuino de las tradiciones locales, componente importante de su patrimonio cultural inmaterial. Aquí radica la esencia de la idiosincrasia que caracteriza a las personas que habitan estas zonas, entre los que abunda el respeto y las más tradicionales normas de cortesía.
Lo antes referido, ilustra los principales valores inherentes a este paisaje cultural cafetalero. Entre ellos, el ambiental, histórico, artístico, cultural y estético, industrial, arqueológico, simbólico y social, material, o su estimación como recurso económico. Estos valores, dan fe de sus potencialidades en la época más contemporánea, y los posicionan como un recurso importante para el desarrollo local integral. Lo que amerita además de una consciente y constante gestión sostenible como un legado a las presentes y futuras generaciones.





