Guantánamo es una tierra con voz propia que, al ritmo de maracas, bongó, tres y güiro revela en cada palabra las letras de un buen changüí. El tiempo lo envejece, pero no pierde el sabor cubano, basta pasar por las nocturnas calles guantanameras para viajar décadas tiempo atrás.
Hoy la tradición changüicera late en las familias que de generación en generación educan a sus descendientes por los caminos de la música. También están aquellos que se enamoran del ritmo y lo hacen su musa y pasión de vida. Es el ADN de la tierra que crece entre ríos y lenguaje de las montañas.

Yateras fue la cuna en el siglo XIX de este hermano del son y no fue hasta el pasado siglo que se dio a conocer como género cultural. Un sinnúmero de parientes y amigos armaba sus “piquetes” y daban vida a sus fiestas campesinas, la fama movió a esos que crecieron en las montañas y vinieron a la ciudad.
La historia nombra a algunos como Chito Latamblet, Eduardo Goulet (conocido como Pipi) y Roberto Bauta, conocido por su canción “El Guararey de Pastora”. Además de otras agrupaciones como El Changüí de Guantánamo y Los Morenos del Changüí, ecos de la música en la más oriental de Cuba.

Es Patrimonio Cultural de la Nación Cubana hace casi una década. Representa una reliquia folclórica que se consolida e inspira el respeto a la diversidad cultural y creatividad humana.


Hoy es latido de una cultura que resiste a la nueva colonización cultural de otros géneros no cubanos; no es un espectáculo, sino una invitación a conocer las historias que antes salían de cafetales y cañaverales, pero ya tienen una nueva casa en “la Loma del Chivo” y en todo el territorio guantanamero.