20260115 194844La historia de Illovis Fernández Betancourt comienza en la montaña, entre madrugadas de trabajo y largas horas de viaje, con la única certeza de que la ciencia puede ser semilla para un futuro superior. Su voz, pausada y firme, revela más de una década de sacrificio y esperanza.

Graduada en la Universidad de Pinar del Río en 1998, su primer destino fue el Centro de Desarrollo de la Montaña, un espacio que devino escuela y forja para ella y una importante representación de los investigadores de la provincia.

“Mi primera tutora fue Georgina Berroa, una gran investigadora. Ella me enseñó cómo hacer un artículo científico, cómo investigar, cómo proyectar”, relata la entrevistada quien entre nombres y memorias compartidas recuerda aquel primer equipo de jóvenes científicos que impulsaron proyectos de plantas medicinales y vivieron largas jornadas en Limonal de Monterrús, El Salvador.

“Formamos un equipo llamado JoCien, Jóvenes de Ciencia de la Montaña. Hicimos decenas de proyectos juntos, éramos un buen team. Fue una etapa de mucho aprendizaje.”

La montaña fue la raíz, sin dudas de ese amor de Illovis por la investigación. Allí aprendió que la ciencia es una herramienta fundamental para la supervivencia de los ecosistemas y desde entonces se consagró a su desarrollo.

De la montaña al suelo

En 2011, Illovis se vinculó al Instituto de Suelo de Guantánamo, donde hoy es jefa de departamento e investigadora auxiliar. Su voz se ilumina al hablar de proyectos que trascienden la teoría.

“En el 2019 me hice máster en ciencia forestal con una propuesta de restauración en el ecosistema matorral seromorfo costero. Propusimos la recuperación de especies como el guayacán y la vacona, este último es la pseudosamanea cubana endémico de Cuba en Peligro Crítico de extinción; ambos son resistentes a la sequía y la salinidad pero víctimas de la acción indiscriminada del hombre que usa su madera por las propiedades que tiene.

“El trabajo no se limitó a los laboratorios: la restauración se convirtió en un proyecto de seis años con impacto social en comunidades como Los Cerezos y Cajobabo.

“Trabajamos con escuelas primarias, con círculos de interés para los niños, capacitamos a la población. La regeneración natural aumentó, la fertilidad del suelo mejoró. El ecosistema se ve que está cambiando.”

El relato de Illovis es preciso, como si de armar un informe se tratase. Cada palabra es como un mapa de acciones: conservación de suelos, monitoreo de salinidad, proyectos internacionales de manejo sostenible de tierras. Y lo mejor es que el resultado lo han visto los propios pobladores y campesinos dueños de los suelos transformados para bien gracias a la ciencia.

Frutos y más frutos

El reconocimiento a estos años de esfuerzo de Illovis Fernández Betancourt llegó en 2024 con el Premio CITMA, otorgado por la implementación de acciones de restauración en áreas degradadas. El premio, insiste es importante porque detrás de él, hay madrugadas de trabajo y desafíos superados, sobre todo al ser madre y científica a la vez.

“A veces tengo que trabajar de madrugada sin dejar de ayudar a mis hijos con sus tareas. Mi niña estudia psicología y el varón está en 11 grado, o sea que necesitan de su madre tanto como la tierra necesita la ciencia. Todo cambia cuando uno es madre, pero no he dejado de crecer personal y profesionalmente.”

Con su voz segura, mezcla de cansancio y orgullo. Illovis habla de la presencia creciente de mujeres en la ciencia, de la necesidad de educar a los productores, de la urgencia de que la técnica se convierta en hábito.

“Hay que conservar más, proteger y aprender. No basta con usar el suelo, hay que saber cómo manejarlo. Si no lo manejas bien, no tendrás buenos rendimientos.”

Lo dice una mujer que ha hecho de la ciencia un acto de resistencia y de amor. Entre bosques semiáridos, manglares y suelos salinos, Illovis Fernández Betancourt ha demostrado que la investigación puede ser raíz, tronco y fruto para un Guantánamo mejor.

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar

feed-image RSS