Con 53 años de trabajo ininterrumpidos, Miguelina es referente en el Servicio de Enfermería en Guantánamo, maestra de generaciones.
Son las 3:30 de la madrugada. Afuera aún es noche cerrada, pero Miguelina Brooks Revé ya está despierta. No es insomnio. Es consagración. Es entrega.
Antes de salir de su casa atiende a su esposo enfermo, deja todo listo en el hogar y, a las 6:30 ya está en la puerta de la Sala de Terapia Intensiva del Hospital Pediátrico Pedro Agustín Pérez, de Guantánamo.
“Aquí nadie tiene que saber los problemas que tenemos, porque el padre que llega con su niño grave no tiene por qué cargar con ellos. Esos se quedan en la puerta”, dice.
Con 53 años de trabajo ininterrumpido, una maestría en Urgencia y Emergencia Médica y el título de Licenciada en Enfermería, Miguelina es jefa del servicio de enfermería de la Terapia Intensiva, la unidad que ella misma ayudó a fundar.
Su historia comenzó cuando era una adolescente, en la antigua Escuela de Enfermería de la calle Calixto García entre Jesús del Sol y Prado. Ella podía haberse ido a Santiago de Cuba a estudiar para enfermera general o pediatra. Pero era joven. Le daba miedo viajar lejos, no conocer, apartarse de la familia.
“Entonces hicimos la especialidad de Auxiliar de Enfermería” -recuerda-. “En ese tiempo era con sexto grado aprobado. Y mire, ya ha llovido bastante”.
Se graduó en 1972. Era el tercer expediente de aquella época. Empezó a trabajar en el “viejo espigón” , el único hospital que había en toda la provincia de Guantánamo. La pusieron en la sala de Respiratorio. Tenía 17 años recién cumplidos, en el umbral de la edad laboral.
“Ahí nos hicimos enfermeras”, dice con una sonrisa que se le nota hasta en la voz. Han pasado cinco décadas. Miguelina ha visto de todo. Fue jefa de Gastro, hizo cursos convertidores en Enfermería Pediátrica, se adiestró en Terapia Intensiva en Santiago de Cuba, con el profesor Ricardo Morales -“un anestesiólogo muy bueno”-, y luego en Villa Clara. Fundó la primera Sala de Terapia de ese hospital, con apenas seis camas.
“Aquí, en el ‘83 del pasado siglo, hubo un virus terrible. Murieron tres niños en una guardia. El doctor Juan García decía: ‘Si se me muere el cuarto muchacho dejo de ser médico’. Era una pelea contra la muerte. Eso es duro. Muy duro”.
Ella lo recuerda y se le quiebra la voz, pero no se permite llorar. Baja la mirada, como si viera a esos niños que se le fueron, y susurra: “Cuando estamos en el proceder de reanimación, y yo digo ‘dále, reanima, reanima, reanima’, y no sale… eso se te queda dentro.
Es difícil. Bastante difícil”. Pero también hay alegrías. “Lo más feliz para mí es devolver recuperados a los niños que entran al servicio, verlos resultados de la sala, los elogios, saber que el trabajo está bien hecho”. Y especialmente, ver a sus estudiantes convertirse en buenos enfermeros.
“Muchos me dicen: ‘Si salí bien con Miguelina en Terapia, ya soy enfermero’. Y yo no soy extremista. Es que me gusta que aprendan y lo hagan bien. Porque si les enseño valores, ellos aprenden valores. Si les enseño a trabajar con el enfermo, aprenden a trabajar”.
Sin enfermera, no hay obra completa
“La primera actividad del día del personal de enfermería es el recibo de pacientes, que debe ser impecable para que todo fl uya”, asegura Miguelina.
Para Miguelina, el papel de la enfermera es irremplazable. Ella lo repite como un credo: “Sin enfermera, no hay obra completa en el sector de la Salud”. No lo dice por soberbia. Lo dice por convicción. Porque ha visto a sus compañeras quedarse con tres o cuatro pacientes críticos porque no hay más personal. Porque ha tenido que inventar estrategias para que cada niño ventilado tenga dos enfermeras, aunque eso signifique que otra tenga que atender a tres menos graves.
Y al lado del médico, siempre. “A veces los regañamos” -admite con una media sonrisa-. “Con todo respeto, claro. Y ellos nos escuchan. Los nuevos también se dejan guiar”.
De 2004 a 2010, Miguelina cumplió Misión internacionalista en Venezuela. Estuvo en el Estado Carabobo, parroquia Belén, al frente de un Centro de Diagnóstico Con 53 años de trabajo ininterrumpidos, Miguelina es referente en el Servicio de Enfermería en Guantánamo, maestra de generaciones. Integral. Allí los venezolanos la llamaban “doctora”, aunque ella aclaraba: “No, no, licenciada”.
Su versatilidad estuvo presente en la Misión Milagro, en Barrio Adentro, y en otras tantas que recuerda con mucho cariño y que, asegura, le sirvieron de superación.
La exigencia como principio
Hoy, con más de siete décadas de vida, sigue exigiendo. “Yo exijo, pero no peleo por gusto. El que pelea por gusto está loco, y yo no estoy loca”, dice con picardía.
Asegura que en el concepto de Revolución, proclamado por el Comandante en Jefe, está todo lo que hace que el trabajo sea mejor. Considera que la primera actividad del día del personal de enfermería es el recibo de pacientes, que debe ser impecable, para que todo fluya.
“Para exigir, primero tienes que ganarte el derecho. Yo no puedo pedir que lleguen temprano si llego tarde, si no hago las cosas bien”. Y lo ha ganado. Ha sido vanguardia nacional durante ocho años consecutivos, Premio a la Excelencia (1998), delegada al VIII Congreso de Salud, en La Habana, y recibió La Fama, símbolo de la ciudad de Guantánamo. Pero ella lo aclara: “Uno no hace esto por reconocimiento, sino porque me gusta mi profesión”.
Afuera, el sol ya salió sobre Guantánamo. Adentro, en la Terapia Intensiva, las enfermeras continúan con su cotidianidad. Los monitores pitan. Un niño llora débilmente. Otro respira con ayuda de un ventilador pulmonar. Miguelina Brooks camina entre ellos como quien lo hace por su propia casa. Saluda, pregunta, toca una frente, ajusta una vía, corrige un procedimiento con la misma firmeza de siempre. Y en medio de tanto ruido y silencio a la vez, ella sonríe. Es la sonrisa de quien ha entregado 53 años a esta sala y no cambiaría ni uno solo.
“¿Que cuándo me retiro?” -pregunta, y se ríe-. Estoy en eso… pero aún no. Todavía puedo dar pelea”. Y se va hacia la cama número 4, don de un niño la espera. Como siempre. Como cuando tenía 17 años.




