1 En nombrePadre e hijo, como en un susurro con el cultivo y la tierra.Abiertos al sol de las nueve de la mañana, los repollos, en filas interminables, exhiben un brillo casi metálico examinados in situ por un maestro y un aprendiz, que murmuran algún detalle como en secreto. Otros cultivos amplían las tonalidades del verde: intenso en el cuadrante de yuca; leve en el de tomate; y con vetas como de sangre donde hay berenjena. 

Tiene este paisaje un creador que a la agricultura la conoce del Pi al Pa. A la fauna doméstica la manipula como a juguetes, y a los obstáculos los amarra antes que lo asfixien a él.  

Nadie le dice maestro. Pero en el arado y en eso de manejar el machete y la azada, tanto como en el toreo a la naturaleza irascible, lo es. Lo prueban los hechos que él desencadena todos los días en su finca, un aula diríase que infinita, al aire libre, sin pared ni cobija, y por piso un tapiz vegetal hecho a mano: 22 hectáreas, patrimonio de la Empresa Agroforestal El Salvador, entregadas a él en calidad de usufructo.

El nombre de Eliécer Samón Castañeda (Pachi), resonó entre gente que sabe de “guayar duro en la tierra”. Se fustigaba el lamento acomodaticio que  “Ve a la finca de Pachi”, sugirió alguien.

El productor de esta historia se contrapuso al sedentarismo agrícola. “Ese tipo no pierde tiempo ni lloriquea; trabaja y le saca provecho a un suelo nada bendito¡”, dijo el guajiro de la propuesta. Y allá, a Tumbalabana, se fue Venceremos, en busca de Pachi.  

A CIELO ABIERTO 

2 En nombreLas coles crecen lozanas. Sobre un espejo vegetal enorme pregona el verde su intensidad y su palidez, mientras el termómetro parece haber confundido la mañana de mayo con un mediodía de agosto. 

Algunos dirán que San Pedro resolvió negarle a Tumbalabana sus “asignaciones” lluviosas, que la puso en manos de los dioses de la sequía y la aridez, condenándola a la improductividad de por vida. Y acusarán a Pachi de haber aguado los planes de esas deidades. 

No ha llovido, pero huele a tierra mojada. Unos finísimos hilos de agua, disparados por grifos que se nutren de la piscina excavada “a pulmón y a pecho” en la finca, mantienen la humedad en el suelo.   

De tal, suerte, después de décadas de malezas, lo que fue tierra degradada es ahora lienzo agro-vegetal imponente, “tejido” a mano, y el aula de un agrónomo en formación, como Eliecer Julio, el hijo del “tejedor”.   

3 En nombreEl cuidado aquí, según Pachi, es planta por plantaEse empalme de lo práctico y lo teórico aquí se traduce en variedad y abundancia: tomate, pimiento, lechuga, col, berenjena, frijoles, maíz, pepino, yuca, boniato…”Esto no se parece a lo que era cuando yo vine en el 2022”, dice Pachi, “aquí solo había mala hierba”.

-¿Entonces?

-Comencé a cercar el terreno, a armar un casucho, a chapear, a roturar la tierra y sembrarla. Después escarbamos hasta encontrar agua. Poco a poco empezó a parecerse a una finca.

-¿Cómo decide el área específica de cada cultivo?

-Al principio, según lo que “pintaba” el terreno, y de acuerdo con el clima y la etapa del año. Tuve que identificar variedades idóneas para este lugar, a partir de los rendimientos y de la resistencia a plagas y a la sequía. Igual tengo en cuenta lo que demanda el consumidor; es decir, sus necesidades. 

-Los cultivos los roto; hago siembras escalonadas, cada cosa donde se dé. Variedades de tomate, por ejemplo, he sembrado unas cuantas. La L-49 es la que mejor se comporta en este lugar, la más resistente; rinde mejor y alcanza mayor tamaño.

-¿Los destinos de estas producciones?

-Un momento por favor -solicita mientras busca en unos papeles bien ordenados. 

-Mire esto. Son copias de contratos suscritos, en calidad de suministrador, con entidades guantanameras: Frutas Selectas, Acopio, los hospitales siquiátrico e Infantil… más de 10 organismos e instituciones, entre ellas las FAR, Educación, Izlazul, y Agromercado de El Salvador, sin contar los envíos a la feria dominguera en la ciudad de Guantánamo, ni los donativos a centros sociales. 

FUERZAS, RIESGOS, PLANES, Y DESAFÍOS

-Trabajadores habituales en la finca son cinco “todo terreno”, precisa Pachi y aclara: esa cifra no incluye a la cocinera; tampoco a mi hijo ni a Yamil González Pereira, su mano derecha en este proyecto. “En períodos de campaña he llegado a contratar hasta 25 fuerzas”. 

Sin detener la azada ni apartar la vista del surco Pablo, uno de esos trabajadores, explica: “aquí trabajo y me pagan bien; “cobro 500 pesos diarios por media jornada. Y si se alarga, casi me pagan el doble”. Asegura que le dan merienda y almuerzo gratuitos.

“Quienes trabajamos aquí, además del dinero recibimos otros beneficios; nunca salimos con la mano vacía; a la casa llegamos casi siempre con algo que cocinar”.

Al margen de la piscina, aclara Pachi, “la sequía sigue de enemiga. El agua no llega por gravedad; hay que bombearla con la turbina; eso lleva petróleo y no hay; cosas del bloqueo”.

4 En nombre“A estos los voy a multiplicar”, asegura el dueño.Dice que la misma limitación impide el uso de su tractor para roturar. “Pero lo hago con bueyes; tengo una yunta y ando en trámite pa´ comprar otra, y otro caballo”.

Utilizar paneles solares en la producción no le suena raro a este agricultor; le han hablado de ventajas tributarias para los que asumen esa variante energética, y le parece que encaja en sus nuevos planes.     

“Venga conmigo” -invita-, y en un chiquero rústico deja ver cerdos de capa oscura y disimiles tallas; “mire aquí, el padrote; el par de reproductoras allá. En total ya son 22 porcinos; yo pienso multiplicar la masa; toda su comida sale de aquí, de la finca”.

EL “LIBRO”

¿Quién como Pachi para enseñar los secretos de fecundar la tierra y sacarle frutos?, ¿quién como su hijo para apropiarse de un empirismo ancestral tan vasto, y sazonarlo con ciencia y teoría? Eliecer Julio -el hijo- cursa el primer año de Agronomía en la Universidad de Guantánamo, les dedica tiempo a los textos de su especialidad, y a las orientaciones online que recibe de su Alma Mater. 

“Pero aquí tengo un aula natural y este libro verde grandísimo, desde antes de empezar la carrera”, razona, con un gesto que parece abarcar las 22 hectáreas donde “repaso, comparo, experimento, anoto, me hago preguntas; busco contradicciones y las discuto con mi papá”. 

Hay huellas que parecen insignias en las endurecidas manos del joven. El surco y Pachi le han graficado conceptos, y él ha aprendido a mirar más allá de lo abstracto, a producir en entornos adversos, a entender que la tierra, a quien la cuida, lo recompensa. 

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