En el barrio donde creció y aún vive, en Guantánamo, muchos la saludan por su nombre antes que por su cargo. Para ellos es una vecina más, una mujer de trato sencillo que ha hecho del trabajo asiento de prestigio. Para el ámbito jurídico cubano, Marta Ana Casamayor Chacón representa más de tres décadas de entrega constante al notariado; para su comunidad, cercanía, respeto y confianza.
Reconocida con el Premio provincial de Derecho “Por siempre en la memoria”, otorgado Guantánamo a juristas con trayectorias destacadas, el lauro resume una carrera profesional y, a la vez, una forma de reconocer la disciplina, la sensibilidad y el sentido del deber.
Su historia laboral comenzó en 1991, cuando se graduó de la Licenciatura en Derecho. Como muchos jóvenes profesionales de su generación, inició como asesora jurídica, aprendiendo el oficio desde la práctica diaria, el análisis de expedientes, la consulta y la solución de problemas concretos. Aquellos primeros años, afirma, le enseñaron la importancia de escuchar antes de actuar.
En 1999 dio un paso decisivo hacia la notaría en la Dirección provincial de Justicia, espacio donde el Derecho se convierte en un servicio directo a la ciudadanía.
Dos años después, en 2001, asumió la jefatura del Departamento de Notarías, responsabilidad que mantiene hasta hoy. Sin embargo, quienes trabajan con ella destacan que nunca ha dejado de comportarse como “una más del equipo”.
En su manera de dirigir, la exigencia técnica convive con un principio que considera esencial: el respeto por las personas. “El notario no trabaja con papeles, trabaja con vidas”, suele decir. En esa frase se resume una forma de ejercer la profesión en la que cada firma tiene un rostro detrás: una familia, una herencia, un proyecto o una decisión importante.
Además de su labor en la provincia, integra el equipo territorial del Ministerio de Justicia de Cuba para la supervisión de la actividad notarial en la región oriental. Esa responsabilidad la lleva a recorrer oficinas, revisar procesos y acompañar a otros profesionales.
Quienes la conocen aseguran que no llega a “inspeccionar desde arriba”, sino a orientar, corregir y enseñar desde la experiencia.
Su vínculo con la formación es constante. Participa en espacios de superación de la Unión de Juristas de Cuba y también ejerce como profesora a tiempo parcial. Lejos de ver la enseñanza como una tarea adicional, la asume como una extensión natural de su labor: compartir lo aprendido para fortalecer el servicio jurídico.
En su manera de hablar del Derecho, insiste una y otra vez en la necesidad de estudiar siempre. La notaria, explica, no es una especialidad que pueda ejercerse con conocimientos fijos. Cambian las leyes, cambian las realidades sociales, cambian las familias y las formas de economía, y cada transformación exige actualización, lectura y debate.
Por eso, insiste en la capacitación constante de los nuevos juristas. Para llegar a ser notario en Cuba, recuerda, no basta con graduarse en Derecho: es necesario aprobar un examen de oposición exigente, pasar por un proceso de habilitación y asumir una responsabilidad pública de alta sensibilidad. “El estudio no termina nunca”, resume con sencillez.
Esa disciplina no le ha impedido vivir experiencias profesionales fuera del país. En 2014 representó a Cuba en un encuentro sobre registros civiles en Venezuela y en 2022 participó en un curso especializado en Bolivia.
Más allá de los viajes, destaca el aprendizaje humano: “Uno se da cuenta de que los problemas del Derecho, en esencia, son muy parecidos en todas partes”.
Desde 2015 preside el capítulo provincial de la Sociedad Científica del Notariado Cubano, donde impulsa el intercambio entre profesionales y la investigación jurídica.
En 2019 fue reconocida como la jurista más destacada de la provincia y recibió la distinción Enrique J. Dávalos por su trayectoria en la administración pública.
En 2025 sumó otro reconocimiento importante: la Orden del Mérito Notarial de Segundo Grado, otorgada por el Ministerio de Justicia de Cuba.
Estos reconocimientos no han cambiado su forma de ser. Sigue llegando temprano, revisando con cuidado cada documento y preguntando siempre por la mejor manera de ayudar.
Fuera del trabajo, su vida es sencilla. Tiene una familia pequeña: una hija profesional de la salud, una hermana en misión internacionalista y dos sobrinos a quienes considera parte esencial de su mundo. Vive en la misma casa donde nació y creció, en el mismo barrio donde la conocen desde siempre.
Allí, en ese entorno cotidiano, se mueve sin protocolos ni formalidades. Es la misma persona que en la oficina exige rigor, pero también escucha, orienta y conversa con paciencia. “Soy una cubana más”, dice con naturalidad, como quien no necesita adornar su historia, esa que se cuenta en la constancia de cada día, en la confianza de quienes han pasado por su oficina, en la formación de nuevos juristas y en la coherencia entre lo que hace y lo que es.




