droga portadaDesde que tengo memoria he vivido en el reparto Caribe. En los parques de la zona aprendí a jugar trompo, balina, fútbol y pelota; una infancia como la que todo niño merece. Alguna que otra trifulca se convertía en el chisme semanal y lo más violento que recuerdo eran los gritos de los jugadores de dominó en las habituales discusiones sobre si Messi era mejor que Cristiano. La droga y los asaltos parecían cosas de novelas mexicanas.

Entonces la calle podía ser aula, estadio o escenario de batalla imaginaria; incluso, por la noche, podía convertirse en un “Escriba y Lea” sobre por qué Martí y Maceo eran “duros”. La ingenuidad se permitía. Cada persona mayor sabía quién era hijo de quién y el llamado de una madre desde un balcón podía ser advertencia de regaño o la satisfacción de la comida lista.

Quizá algunas cosas ya existían y yo, por niño, no las veía. La memoria también selecciona, embellece, protege. Pero sí puedo afirmar que el clima que se respiraba era otro.

Por aquellos tiempos todo parecía simple. Lo agridulce de la vida es que a veces es carretera recta y otras veces se bifurca sin previo aviso.

Primero fueron rumores en la cola del pan: la hija de fulano, el hijo de mengano. Confieso que no hacía caso. Como no veía nada, reducía esos comentarios a exageraciones de jubilados paranoicos. Pensaba que veían partidas de guerra en las nubes. Estaba equivocado.

Empecé a mirar con detenimiento. Comprendí entonces los susurros en las esquinas y los comportamientos extraños de algunos con los que antes jugué fútbol. El país estaba cambiando; mi barrio también. Y aunque mi mirada nace desde mi zona y sé que no todo el país se reduce a esta esquina, hay algunas que sí. Y en esas esquinas el cambio se siente.

Las cosas comenzaron a verse más agrietadas: jardineras antes brillantes hoy están deterioradas, con muros caídos y hierba creciendo a montón. Los murales se retocan hacia la calle para que desde afuera todo parezca en orden; si entras, te reciben basureros imponentes en cada cuadra o grupos permanentes de dominó y baraja.

Más adentro hay negocios privados donde se concentra todo tipo de personas, música muy por encima de los decibeles permitidos, molestando a más de un niño, embarazada o anciano. Malas lenguas. Un tono social más áspero. La educación que siempre se elogió al cubano parece opacada por chusmería y comportamientos que recuerdan series de narcos.

En segundo grado discutíamos sobre lo bueno de Cuba. Dormir en la calle sin que pasara nada era argumento contundente. En 2026 ese ejemplo suena anacrónico. No porque el país se haya convertido en un territorio sin ley, sino porque la sensación de invulnerabilidad ya no es la misma.

En de todo el panorama, los medios de comunicación y autoridades de la provincia en sus declaraciones mostraban la crisis como una de las más complejas en décadas. Uno podría pensar que exagera hasta que ve, en su propio parque, jóvenes consumiendo con una naturalidad que asusta.

La conducta es reconocible: habla pastosa, movimientos erráticos, jerga que circula en reuniones de presuntos consumidores. Se menciona el “químico”, pero también se escuchan nombres más duros. No afirmo que todo sea lo mismo ni que cada joven perdido sea un caso sin retorno. Pero el fenómeno está ahí.

Y sería ingenuo reducirlo todo a la droga. El deterioro material, las carencias económicas, la pérdida de referentes, la falta de espacios para los jóvenes también pesan. La droga no es causa única, pero sí catalizador. Potencia asaltos, intimidación, miseria. Pudre desde dentro.

El trabajo de las instituciones no ha quedado al margen. La política de tolerancia cero se refleja en redadas y decomisos reportados por Juventud Rebelde, Granma y Venceremos, así como en informes de las Tropas Guardafronteras de Cuba sobre incautaciones en la costa guantanamera. Las cifras muestran enfrentamiento real.

Pero el contraste es inevitable: si los decomisos aumentan y las capturas se anuncian, ¿por qué en el parque la percepción es otra? ¿Por qué la sensación de deterioro persiste?

Tal vez porque esta no es solo una batalla policial. También es cultural, económica, familiar, comunitaria. Cada trifulca que no se denuncia, cada consumo que se normaliza, cada silencio cómodo, es parte del problema. No todo puede cargarse a una patrulla.

Los aspectos que rodean hoy la situación del país cumplen un rol crucial. Cuanto más duro se vuelve el día a día, más terreno ganan quienes lucran con el vicio. No parece que la guerra esté perdida. Pero quizá no la estamos mirando desde el ángulo correcto.

Y mientras tanto, el parque sigue ahí. Ya no es exactamente el de mi infancia. Pero tampoco está condenado. Todavía es territorio en disputa.

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar

feed-image RSS