En Cuba, como en buena parte del mundo, el teléfono móvil se ha convertido en el primer gesto del día. Antes de que la casa termine de despertar, ya hay una pantalla encendida, notificaciones acumuladas y un flujo constante de imágenes, videos y mensajes que marcan el ritmo de la mañana. No es un fenómeno nuevo, pero sí uno que se ha intensificado en los últimos años, acompañado por una expansión rápida del acceso a internet y al uso de redes sociales en la isla.
Las cifras ayudan a dimensionar este cambio. Según estimaciones del informe Digital 2026, de DataReportal, en Cuba, más del 70 por ciento de la población tiene acceso a internet y alrededor del 60 utiliza redes sociales de manera activa. En la práctica, el móvil es hoy el principal medio de conexión, comunicación e información.
Sin embargo, el debate no se limita al acceso, sino a la manera en que estas plataformas están diseñadas y consumidas. Las redes sociales actuales se basan en sistemas de recomendación que priorizan que el usuario permanezca el mayor tiempo posible dentro de la aplicación. Para lograr este objetivo, se privilegian contenidos cortos, muy visuales y de reproducción continua, como los Reels o Shorts en plataformas como Instagram, Facebook o YouTube.
Este tipo de contenido está pensado para pasar rápidamente de uno a otro, con pocas pausas y una sensación de flujo constante. En ese recorrido, el usuario interactúa menos de forma consciente con lo que consume
Dicha lógica tiene efectos que comienzan a observarse en los hábitos diarios, sobre todo en niños y adolescentes, que son más sensibles a los cambios en la atención y el comportamiento. Diversas investigaciones en el campo de la ciberpsicología han señalado que el consumo prolongado de videos cortos puede relacionarse con dificultades para mantener la concentración en tareas largas, mayor cansancio mental y una necesidad creciente de estímulos rápidos.
En el contexto cubano, este fenómeno tiene particularidades propias. Las redes sociales no solo funcionan como entretenimiento, sino también como espacio de socialización, comunicación e información. Para muchos jóvenes, buena parte de su vida social transcurre dentro de estas plataformas.
Esto hace que el tiempo de conexión no siempre se perciba como algo separado del resto de la rutina diaria. En ese escenario, el uso intensivo puede normalizarse, porque forma parte del modo en que se relacionan con otras personas.
A esto se suma otro elemento importante: la dificultad para desconectarse. Las plataformas están diseñadas para mantener la atención mediante recomendaciones automáticas y el desplazamiento infinito de contenido. Esto provoca que el usuario pase de un video a otro sin una decisión consciente de detenerse.
En la práctica, el consumo se vuelve más pasivo y prolongado, especialmente en momentos de descanso, aburrimiento o espera. El tiempo frente a la pantalla deja de ser algo planificado y pasa a integrarse de forma automática en la rutina diaria.
El debate, en este punto, no gira en torno a la presencia de la tecnología, que ya es parte irreversible de la vida cotidiana, sino a la calidad del uso y a los efectos que puede tener cuando se convierte en el centro de la atención diaria. En edades tempranas, cuando todavía se están formando hábitos de estudio, concentración y relación social, esta exposición constante puede influir en la manera de aprender y de interactuar con el entorno inmediato.
Más que una advertencia absoluta, lo que plantean distintos estudios es la necesidad de observar con mayor atención una realidad que ya está instalada. Las redes sociales no son neutrales, ni en su diseño ni en sus efectos, y su impacto depende de factores como el tiempo de uso, la edad y el contexto social.
En Cuba, donde la digitalización avanza de forma acelerada, este tema comienza a ocupar un lugar cada vez más relevante en el debate público, especialmente cuando se trata de la infancia y la adolescencia. No se trata solo de limitar el acceso, sino de comprender cómo se está construyendo la relación con estas plataformas.
El reto, en definitiva, no está en decidir si se usan o no estas plataformas, sino en comprender qué tipo de relación se está construyendo con ellas y qué lugar ocupan en la vida cotidiana. Cuando la atención se fragmenta de forma constante y el consumo se vuelve automático, lo que está en juego no es solo el tiempo frente a la pantalla, sino la manera misma en que se organiza la experiencia diaria.
Cada 30 de junio se celebra el Día Mundial de las Redes Sociales, por lo que estando tan cerca de la fecha, vale preguntarse: ¿cómo están cambiando nuestras rutinas digitales la forma en que nos informamos, nos relacionamos y repartimos nuestra atención? Si pasamos tantas horas conectados, ¿realmente usamos las redes o son ellas las que nos usan a nosotros?
Fuentes consultadas
DataReportal (Kepios, We Are Social, Meltwater), Digital 2026: Cuba – Informe de uso de internet, redes sociales y dispositivos móviles.
Organización Mundial de la Salud (OMS), Guidelines on mental health and digital technologies (informes sobre salud mental y uso de tecnologías digitales).
Reuters Institute for the Study of Journalism, Digital News Report 2025. Consumo de información en entornos digitales y redes sociales.




