empatia¿Mala la botella? Pregunté al llegar a 9 Norte esquina a Cuartel  a una señora que secaba el sudor de su cara mientras esperaba por algún piadoso que detuviera su carro. Su rostro, marcado por los años, muestra el agobio por los tiempos que vivimos.

Por respuesta levantó las cejas y apretó los labios. Mímica suficiente: "mala no, malísima".

"Desde que estoy aquí hace una hora y  algo más -se decidió a hablar-  pasan triciclos, cuyos conductores te dicen diferentes precios, imposible de pagar por mi bolsillo de jubilada. También han pasado unos tres o cuatro  carros particulares que no me molesto en mirar y como cinco estatales, hasta con el responsable del auto adentro, y ni siquiera miran el brazo que se te quiere partir haciendo señas para que te den un adelanto.

“Hace unos instantes esto estaba lleno de personas que han tenido que irse caminando poco a poco -comenta decepcionada- porque lo poco que circula cuando les parece se solidariza. Sabemos la situación del combustible como está, pero el que se mueve debería ayudar al pueblo, a sus semejantes

La pregunta inicial destapó su sed de opinar, de hacerse oír aunque son muchos, muchísimos los que padecen de sordera:

"La indolencia es lo que más daño nos hace en estos tiempos difíciles. Aquí se ve en el caso de la “botella”, pero hay tantos lugares y ejemplos similares donde se hacen de la vista gorda, o por determinada posición y cargo hasta te maltratan… mejor no te cuento”,  prefirió aquella mujer, dudosa de seguir hablando, mientras con paso lento, cansada de esperar,  decidió emprender la marcha.

La veía alejarse y tras el monólogo de aquella, quedé sola en la espera y meditaba: además de indolencia nos falta empatía, esa palabrita que parece estar de moda, al menos de forma oral, pero que no todos ponen en práctica.

Y me preguntaba ¿acaso sabemos qué es la  empatía? ¿Cuántos y cómo somos empáticos? ¿En casa con la familia, en el trabajo, en la calle, en instituciones públicas y de servicio, somos capaces de mira con los ojos de otro y sentir con el corazón de otro, ponernos en su lugar o como popularmente se dice: en los zapatos del otro?

No perdamos de vista que cada persona está viviendo una historia que no siempre comparte. Que carga con ella, tal vez tristezas que se acumulan, culpas y preocupaciones que laten.

La realidad cotidiana marcada por apagones que te roban el sueño y trastocan los horarios de vida; que llenan de tizne y humo hasta el alma; la escasez de recursos básicos; la falta de alimentos en la mesa familiar; salarios insuficientes y precios abusivamente elevados; condiciones laborales complicadas…, pesan demasiado sobre el cubano de estos tiempos, pero aun así se sobrepone.

Quienes frente al asedio imperial ponemos el escudo del patriotismo, la resistencia, resiliencia y creatividad, trememos también que combatir las actitudes egoísta de transportistas entre cubanos, guantanameros, baracoenses, maisienses, imienses, sanantonienses, caimanerenses, nicetenses, salvadoreños, yateranos y tamenses, todos los cuales muchas veces dependen de la solidaridad cuando obligados por circunstancias disímiles tienen que hacer transito intermunicipal.

Ser empáticos ayuda a solucionar, mejorar y aliviar problemas o conflictos latentes. No ignoremos el cansancio y necesidades de otros, recordemos que, incluso quien mantiene una postura egoísta, no escapa a dificultades muy similares a las de otros en algún momento.

Un acto de gentileza y bondad en cualquier circunstancia, distingue a la empatía como una de las cualidades esenciales en el mundo real que compartimos, unos con más posibilidades que otros, unos en mejores condiciones que otros, pero un mundo convulso e injusto para todos.

Elegir ser empático no es una debilidad, es conciencia. Es mirar más allá, es ser más profundo, más amable, más humano.

“Seamos un tilín mejores y mucho menos egoístas” como reclama Silvio en una de sus canciones. “… Revolución es ser tratado y tratar a los demás como seres humanos”, nos lo legó Fidel, o hace falta más.

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