3portDice que no sabe cómo se le va a quitar esta pesadilla, que todavía la rabia le quema el pecho y la garganta se le apretuja. “Mis compañeros no merecían morir, y mucho menos así, asesinados de manera tan cobarde cuando dormían”.

Mientras rememora lo sucedido, sus pies, ya recuperados, a intervalos golpean el piso con la misma rabia que tantas veces golpearon, ignorando el dolor, los restos de las casitas reducidas a escombros en Fuerte Tiuna, donde él y otros compatriotas recogieron los cuerpos sin vida de sus hermanos.

A veces, en medio del relato, cuando los sentimientos le humedecen los ojos, los cierra por un instante para disimular la amargura, o aprieta las manos, acaso para contener alguna cubanísima palabrota. Pero, aun así, estalla: “¡Malditos los yanquis; solo saben matar a traición!”.

Las lesiones que sufrió fueron leves. Pero a Ramón le duele la herida que lleva por dentro; una que no lo deja tranquilo desde la fatídica madrugada del 3 de enero reciente, cuando los Delta Force gringos, matones de oficio, masacraron a seres que ningún daño hacían.

Dieciocho meses antes del acto vil, Ramón Mendoza Frías había llegado a Caracas como chofer de los cubanos a cargo de la seguridad personal de Nicolás Maduro Moros, legítimo presidente de Venezuela.

Quince meses después empezó a percibir calumnias, amenazas y fanfarronadas de la administración Trump contra Venezuela, y supo de civiles asesinados a bordo de lanchas en aguas venezolanas, a manos de la armada estadunidense. Era el anticipo de la barbarie.

POR SI ACASO

Dice Ramón que, “por si acaso”, en las casitas del Fuerte Tiuna donde él y sus compañeros vivían, empezaron a tomar medidas desde que inició la amenaza. “Abrimos pozos, disimulados en la vegetación, para protegernos de las ondas expansivas en caso de ataque. También, cada cuatro horas, hacíamos guardia nocturna.

“Se establecieron dos puntos alternativos para una posible evacuación de emergencia. Además, en un flanco de las casitas hay como un barranco que lleva directo a un bosque; por ahí abrimos una brecha, a machete, para, de ser necesario, filtrarnos a través de ese atajo”.

AL COMPÁS DE LA MUERTE

Cuenta que, el 3 de enero, sobre las 2:00 de la madrugada, despertó confundido. Sabía que un estruendo lo había hecho saltar de la cama; él se lo achacó a las “balitas” de gas licuado situadas en un rincón del inmueble; percepción fugaz que cambió en ese mismo instante, pues “me di cuenta de que los cables eléctricos hacían “shirriii”, encendidos, y no por efecto de las balitas. Aspirábamos polvo y olía como a pólvora; no se podía respirar.

“¡Coño, nos están atacando!”. Desde algún rincón de la casa en penumbra semidestruida, una voz confirmó lo que sucedía; “¡Vámonos rápido; hay que salir de aquí ahora, sin perder ni un segundo!”, conminaba insistente la misma voz.

“Me vestí a la carrera”, refiere Mendoza Frías, “pero entre la tumbazón y la oscuridad no pude encontrar las botas ni mi teléfono celular; la explosión había volado cristales, ventanas, puertas, muebles; en el aire había mucho polvo y no nos dejaba casi ni abrir los ojos.

“Caminé a tientas. Tropezaba, me iba de lado; los escombros me lastimaban; fragmentos de cristales en el piso me pinchaban los pies; yo andaba descalzo y el dolor era insoportable, pero avancé al igual que mis compañeros; nos ayudábamos a orientar entre sí, con la voz; sabíamos que, o salíamos de allí, o la bomba siguiente nos volaría en pedazos”.

EL OJO DE LA MUERTE “CAZÁNDONOS”

Era como un ojo -describe Ramón-, una luz redonda, rojiiita. No se movía; flotaba encima de las casitas; afuera había algo de claridad. “Yo no había visto esa luz” -admite-; “fue Marcel, compañero de nosotros, el que, al verla desde el portal de enfrente, nos avisó así: ‘¡piiisss!’, con un dedo sobre el tabique de la nariz, y apuntando pa’rriba con la otra mano.

“Ni se muevan” -advirtió Marcel en voz baja-, “un dron nos está cazando”. Ramón y los suyos se detuvieron; permanecieron inmóviles durante dos o quizás tres minutos; de repente vieron que un par de helicópteros se acercaban, volaban bajitico. Yo creí que eran venezolanos, pero observé mejor y me dije: no, son gringos”.

Parece que unos pinos impedían a la tripulación de los aparatos ver bien la posición de cada una de las casas -opina Ramón-; “entonces empezaron a hacer un rodeo, casi seguro para buscar una brecha y reiniciar el ataque.

“¡Ahora!, -dijo Marcel-, y a toda carrera buscaron uno de los cauces de evacuación. Dice Ramón que su grupo también se lanzó de inmediato, “pero en dirección a mi carro, estacionado junto a un camión cisterna de fabricación estadunidense, lleno de combustible.

“Pasamos al lado de uno de los pozos de protección y, sin detenernos, a unos compañeros que estaban allí le recomendamos irse; estaba cerca el camión cisterna; podía explotar y alcanzarlos”.

EL INFIERNO; UN MISTERIO, Y EN LA MENTE LO MÁS QUERIDO

Mientras Ramón y otros tres cubanos se internaban cuesta arriba entre las malezas, sobre las casitas retumbó de nuevo la muerte. “Los helicópteros habían encontrado la posición que buscaban”. Seres circunstancialmente indefensos quedaron envueltos en “un infierno de fuego y metralla”.

Las espinas de marabú se nos metían en la piel a los que íbamos loma arriba     -detalla Ramón Mendoza- “nos detuvimos debajo de una vegetación más tupida; el bombardeo, que cada vez era más fuerte, duró unos 40-50 minutos, y al parecer activó los faroles del camión fabricado en los EE.UU.

“Nadie de nosotros tocó esos faroles”, asegura Mendoza Frías, “estaban apagados cuando pasamos; después se encendieron solos (¿programada artimaña gringa?), y los helicópteros empezaron a disparar hacia donde se proyectaba la luz; fue algo misterioso; al amanecer los apagamos a golpes.

“Se lo juro, no sentí miedo cuando nos atacaban. Incertidumbre sí, y rabia y tristeza. Mientras esos aparatos despedazaban el lugar donde residíamos, me preguntaba qué había sido de mis demás compañeros. Entendí que aquella podía ser mi última madrugada; pensé en mi mamá, en mis hijos Jaddiel y Adianelis, y en Yudeka, mi esposa”.

ANTE LA MUERTE, CORAJE

Sobre las 6:00 de aquella mañana, de regreso a las que habían sido sus residencias, “en el terreno vimos dos huecos enormes, abiertos por los misiles”, refiere, y agrega que las casas eran fragmentos esparcidos en completo desorden. “Fuego, humo, silencio, destrozos”, Ramón describe un paisaje desolador que había superado todas sus conjeturas.

Dice que el jefe recibió heridas de importancia en las piernas, y el segundo al mando ocupó su lugar. Por orden de este último revisaron las pertenencias personales; “pudimos salvar muy pocas.

“Luego se organizaron dos grupos; entonces ya teníamos dos fusiles. Desagregados, volvimos al bosque para hacerle frente a un posible asalto por tierra; si los yanquis aparecían, los recibiríamos a tiros; estábamos dispuestos a pelear hasta la última bala, si se realizaba el ataque”.

Recuerda que, pasadas las 7:00 de la mañana, cuando vieron subir unos jeeps, “ocupamos posición defensiva; ellos no nos veían; nosotros a ellos sí. Al acercarse supimos que eran de los nuestros; venían a saber qué suerte habíamos corrido; de inmediato evacuaron a los heridos.

“De vuelta al escenario del crimen, aunque abrumados por los que no habían llegado aún, teníamos la esperanza de que estuvieran cerca en otro flanco del bosque, y esperábamos verlos aparecer en cualquier momento”.

Cuenta que el jefe en funciones designó, para que salieran de exploración, a los dos compañeros que tenían fusiles. Partieron ambos. Y en breve, “¡aquí, vengan, hay uno, y está muerto!”. Los otros 10 ausentes también aparecieron sin vida bajo los escombros y a orillas del bosque.

“Yo no puedo explicarle la tristeza y el dolor de nosotros en ese momento; golpeábamos los escombros con los pies y los puños; nos entró rabia, impotencia; habían asesinado a compañeros valiosos; hermanos internacionalistas que estaban allí cumpliendo una misión solidaria.

“Óigame, ¡11 muertes! (sin contar las 21 registradas en el desigual combate que tuvo lugar en el sitio donde se encontraba Maduro). Nos sentimos destrozados. Lloramos. Recogimos los cuerpos de nuestros hermanos; nunca los voy a olvidar; es lo más doloroso que yo he vivido; este dolor a nosotros nos va a durar mucho tiempo. Ese día sentí odio por primera vez en mi vida”.

De haber tenido un fusil cada uno cuando el enemigo los atacó, asegura Ramón, “hubiéramos hecho lo mismo que hicieron nuestros hermanos contra los secuestradores del presidente Maduro: recibirlos a plomo limpio; hacerles una pila de bajas, y morir como lo que somos: patriotas cubanos.

“Ya usted ve, ahora resulta que los gringos nos amenazan. Pero saben que nosotros sabemos que aún, con todas sus armas, ellos son unos cobardes oportunistas, no los superhombres que quieren aparentar. No hay asesino valiente.

“Si esos ‘hijueputas’ se atreven a venir de aquí se van a llevar la derrota y un burujón de cadáveres. Yo no faltaré a ese combate para defender a mi país y vengar a mis hermanos asesinados”.

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